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De Salamanca a Lima, del campo al avión, desde dentro, el faraónico traslado de los toros de El Puerto de San Lorenzo para Acho

Esta historia comienza por el desenlace. Por ocho toros subidos a un avión con destino a Lima después de un buen puñado de horas de trabajo para decenas de personas, de cientos de kilómetros devorados, de mil y un contratiempos -solventados todos con pericia-, de esa emoción que sólo inocula el latido bravo del toro y de la tensión a raudales del tiempo, ora aliado ora enemigo, que pende cual espada de Damocles. Porque el Omega de esta historia es un avión, el vuelo de pasajeros AEA175, surcando el cielo en la madrugada española rumbo a Perú, con ocho toros de lidia dentro de su bodega, cinco de El Puerto de San Lorenzo, dos de La Ventana de El Puerto y un colorado de Montalvo, que debían ser lidiados -tan sólo serán tres, al fallecer en el vuelo cinco– este domingo en Acho por El Juli, Roca Rey y el toricantano Arturo Gilio, después de una aventura faraónica -que a punto estuvo de acabar con los toros en tierra- que merece ser contada. Una epopeya que quien escribe tuvo el privilegio -y el humilde orgullo- de vivir este miércoles en primera persona junto a dos veterinarios: Julio Fernández y José Luis Algora.

Con este último, reciente cabeza visible de los ‘toros guapos’ de Partido de Resina, empezó todo a la hora H, las 8 de la mañana, en el centro de un Madrid aletargado en calles vacías por la paz festiva de la Almudena. Julio Fernández, bendito y metódico maníaco -en el mejor de los sentidos- del toro, se une al equipo en Las Rozas. Guadarrama, Segovia, Ávila, Salamanca… van cayendo en animada y jugosa charla de toros, que desemboca acechando Matilla de los Caños, en el corazón del campo charro. En una vereda de tierra con un horizonte que hubiera pintado el mismísimo Alfonso Navalón en su ‘Viaje a los toros del sol’.

A la izquierda, al fondo del cercado, el único puñado de vacas que aún quedan impertérritas del célebre Antonio Pérez. Más allá, al fondo, en la loma, los ‘gracilianos‘ de Juan Luis Fraile. Esos ‘Santacolomas’ en convivencia con los ‘lisardos‘ de María Cascón, segundo hierro de la casa. Al frente, en la arboleda, la finca ‘Linejo‘ recibe al visitante. Montalvo mediante. Un precioso colorado, bien hecho y de generoso cuello, aguarda para ser embarcado. A priori, debía ser el segundo sobrero de la corrida que cierra el domingo la Feria del Señor de los Milagros, pero desafortunadamente fue uno de los toros que murió en el vuelo.

 

Pero antes de subir al burel al camión, hay que acondicionarlo. Porque viajar a Perú no es, ni de broma, como recorrer la Piel de Toro. Para empezar, se trata de un viaje de 9.500 kilómetros y casi doce horas a bordo. Además, el protocolo sanitario es estricto, severo incluso después de declararse activos varios brotes de lengua azul por Salamanca, Extremadura y con Andalucía al filo.

Por ello, se descargan sacos y sacos de sepiolita en el interior de cada uno de los cajones -de 818 kilos de peso cada uno de ellos- que albergarán los toros. Dichos contenedores forman parte de una estructura de hierro y madera importada de ¡Finlandia! super reforzada, invulnerable a las embestidas y coces de los toros -en Barajas por la noche se dio buena fe de ello-. Asimismo, se procede a rociar con ‘Biozul‘, un potente repelente para insectos, mosquitos especialmente, cada uno de los compartimentos. Dicho producto se aplicará también sobre los toros segundos antes de ser embarcados al camión. Su poder como desparasitador va en collera con un constatado efecto relajante para los animales. En un momento de tanto estrés como el de subirle al camión, los veterinarios coinciden en que tranquiliza a los astados.

UNA FARRAGOSA CUARENTENA DE 30 DÍAS 

Todo este manojo de precauciones no es más que la continuación de una farragosa cuarentena que arrancó el pasado 10 de octubre. La ley obliga a 30 días de aislamiento en un cercado apartado del resto de la explotación ganadera y con manejo diferenciado. Diez días antes, comenzó el interminable rosario de pruebas de sangre, tratamientos y vacunas a las que debe someterse a cada toro. Y es que para su importación no sólo están sujetos a criterios de edad -no pueden tener más de 60 meses, cinco años, el día del embarque en Barajas– sino también a dichas condiciones zoosanitarias.

Para entonces, mientras todas las miradas se aúnan en la puesta a punto del camión, de puntillas, ya ha surgido el primer contratiempo de la mañana. El veterinario oficial de la Junta de Castilla y León que debe firmar el traslado del pupilo de Juan Ignacio Pérez Tabernero se retrasa. Llega más de media hora tarde. El tiempo empieza a correr en contra, porque los toros deben estar en la terminal de carga de Barajas a las 18 horas para proceder a su pesaje y revisión de la mercancia, puesto que los ingenieros deben calcular la cantidad de combustible necesaria para el vuelo -insisto, comercial- y el reparto de los pesos del aeroplano.

A la llegada del veterinario, se cumplimenta todo el papeleo y, desparasitado, se carga al de procedencia Daniel Ruiz. Una vez cerrado su cajón, se procede a precintar cada lado del mismo con una brida identificadora e intransferible, que lleva los datos del animal. El camión se pone en marcha. Rumbo a Tamames. El veedor Alberto Encinas se une a la expedición. El destino es uno de los pilares del campo charro, bastión del encaste Atanasio y de los ‘Lisardos‘: El Puerto de San Lorenzo.

Nada más llegar se atisba otro problema, Pablo Chopera y su hijo Manuel están allí con Manolo Sánchez para ver los posibles toros a reseñar para Bilbao. Toca esperar. Una vez atendidos, José Juan Fraile, junto a sus hermanos Lorenzo y Maite, vuelve a ejercer de anfitrión de lujo. Los animales esperan en su cercado. Han esperado nuestra llegada para poder grabar su entrada en los corrales escoltados por los caballos. Entre los jinetes, llama poderosamente la atención el futuro de la ganadería salmantina. Los hijos de José Juan, Carla y otro José Juan de 6 y 7 años, le acompañan en el manejo de los siete toros y la parada de mansos hasta encerrarlos. La estampa añeja es evocadora. Preciosa.

 

Minutos después, el patriarca de la casa, Lorenzo Fraile Martín, se incorpora al embarque. Una delicia verle manejar puertas, mansos y corraletas a pesar del paso de los años. Idéntico modus operandi que en Montalvo, apartado y desparasitado de los animales, uno por uno, antes de introducirlos en cada uno de los cajones para el viaje. Bridas a ambos lados. Se vertebra el papeleo, firma del veterinario y el camión, ya con los ocho astados y algo de tiempo recuperado pone rumbo a Madrid. Tras despedirnos de la familia Fraile y de Encinas, los dos veterinarios y el periodista también cogen la carretera.

Para dar tiempo al camión, más pesado y lento, la expedición decide coger fuerzas en Peñaranda de Bracamonte y, de paso, Julio Fernández y José Luis Algora, encienden sus portátiles para preparar las actas de cada uno de los toros, que deberán presentar en el aeropuerto de Barajas tanto a aduanas como a la compañía aérea, en este caso, Air Europa.

LA AVERÍA DEL CAMIÓN QUE ESTUVO A PUNTO DE DEJAR LOS TOROS EN TIERRA

En estas, a Julio, le entra una llamada. El rictus de su cara, ya más relajado, cambia en décimas de segundo. Es Rubén Resino, el conductor -de afamada saga- del transporte de los astados. Ha tenido una avería. La manguera que insufla el aire para elevar el remolque y desplazar la carga ha hecho contacto y ha saltado. El peso de los toros y la estructura de los cajones es excesivo. Los frenazos de las ruedas -sobrecogedoramente tatuados en el asfalto durante 50 metros cuando pasamos minutos más tarde- evitaron una tragedia. Los veterinarios acaban el papeleo en tiempo récord y emprendemos la persecución del camión a toda velocidad.

El 4×4 de Algora prácticamente vuela por la autovía. Julio, nervioso, pero con la mente despejada y tremendamente resolutivo, no se separa del teléfono. Llamadas y llamadas. Aduanas, compañía aérea, empresarios de Lima, más llamadas a Rubén para comprobar cómo evoluciona la avería… Sin parar. El objetivo, ganar tiempo, como sea. Son casi las seis de la tarde.

Desde Barajas nos dan, incluyendo una posible penalización económica por supuesto, una moratoria hasta las 20 horas. Ni un minuto más, porque es imprescindible ese tiempo para pesar los cajones y que los ingenieros de AENA puedan calcular la cantidad de combustible necesaria para el viaje y distribuir los pesos de manera equilibrada en la aeronave. Contemplan tres opciones: tratar de improvisar un arreglo como buenamente se pueda con el instrumental del camión, acudir a un taller pensando que pueda solucionarlo cuanto antes o, incluso, movilizar un segundo camión y trasladar los contenedores de los toros con una grúa contratada a contrarreloj. Una quimera.

Mientras, todavía un poco más delante, Rubén detiene el camión a un lado de la carretera, de doble sentido, a la altura de Sanchidrián y para a un compañero. Este, generoso, le acerca en su vehículo a una gravera que se ve en el camino que sale a la izquierda, a unos 200 metros. Allí, le consiguen improvisar una abrazadera para el tubo, que queda milagrosamente encajado. Avisa a los veterinarios y reemprende la marcha todo lo rápido que puede. Le alcanzamos ya en tierras segovianas. Todo en orden. Ni un atisbo de la avería, así que le escoltamos hasta la terminal de carga de la de T1 de Madrid Barajas. Llegamos pasadas las 19 horas. Objetivo cumplido… Por ahora.

Los animales son descargados en sendos toros hidráulicos e introducidos de cuatro en cuatro en los almacenes de aduanas. Van medianamente tranquilos. Se coloca la pegatina de facturación y comprobamos que el destino fijado es ¡¡México!! No Perú. Subsanado el error, brota otro, las tarjetas tramitadas para poder acceder los tres a aduanas, están en el hangar 3 en lugar del nuestro: el 1. Toca reclamarlas y esperarlas. Cuando llegan, pasamos el arco de seguridad y un férreo control de aduanas, como si fuéramos un pasajero más que vaya a abandonar el país.

 

EL COLORADO DE MONTALVO DA PROBLEMAS A PIE DE PISTA

Pasamos a un hangar grande, a pie de pista, rodeados de cargas de todo tipo y muchos toros… pero de los hidráulicos. Los aviones, a 50, quizás 100 metros. No más. En ese momento, se procede a cubrir la parte baja de los compartimentos de los animales con una lona azul. Por encima, se echa una potente red sujeta con ganchos para amarrar con mayor sujeción a los astados. Este procedimiento altera unos minutos a los toros. Todos recobran la calma menos uno: el colorado de Montalvo.

Muy estresado, alterado, golpea con los cuartos traseros, ensañado, la madera finlandesa -reforzada con chapa por dentro- que demuestra que, efectivamente, es irrompible. Los controladores aéreos, ojipláticos, alucinan, mientras graban el golpeo del burel y el movimiento de los cajones. Llega el controlador del vuelo de los toros y comunica a los veterinarios que no se puede embarcar a ese toro así.

En anteriores traslados de astados, los pasajeros ya se han quejado de los ruidos, es más, los golpes de un animal de esta fortaleza incluso podrían poner en riesgo la estabilidad del vuelo. Con los otros cuatro ya en la bodega, estos cuatro permanecen más de una hora en tierra. Julio Fernández y José Luis Algora, ángeles de la guarda de los toros, no se separan un minuto de ellos. El animal precisó de dos sedaciones hasta que, por fin, al filo de las 23 horas, los veterinarios, consiguen que se eche y son también embarcados.

Ya de madrugada, con la noche en plena incursión en el jueves 10, los animales despegan en ese vuelo AEA175 rumbo a Lima, donde han llegado este jueves al mediodía, hora española, seis de la mañana peruana. Ahora sí, objetivo cumplido. El círculo se ha cerrado. Como el final era el principio, ahora el inicio es el colofón de una historia apasionante. De película. Que merece ser difundida. Única, pero que con diferentes actores, con escenarios distintos, es el pan nuestro de cada día para estos dos veterinarios taurinos. Porque Julio Fernández y José Luis Algora se despidieron en Barajas con la satisfacción que da el deber cumplido. Pero sabeedores de que, el día después del faraónico embarque de los toros para Lima, toca viajar a Sevilla. Otro día en la oficina. Su enésima y callada lección de ecología. Pero esa, ya es otra historia.

 

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