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De Aldeanueva a El Pilar, o la evolución del toro de lidia

Imagen: Plaza 1 - ALFREDO ARÉVALO

No entiendo por qué los toros han de ser tan descomunales, pero dicho esto es admirable la creación de los ganaderos de lidia. Hace tres décadas Curro Romero mataba los toros de Aldeanueva en Madrid. Tenían menos cara pero eran casi tan grandes como éstos que se han lidiado hoy de El Pilar, y exactamente del mismo origen, pero embestían pastueños, sin el temperamento del toro actual. ¿Tenían más clase aquellos? En absoluto: sólo, menos fuerza.

Sucede que su escasez de poder les otorgaba un buen aire a las embestidas que era suficiente por ejemplo para el Faraón, que los acompañaba con prestancia y armonía. Pero la clase es otra cosa, una manera de meter la cara que exige una entrega especial. Antiguamente se le llamaba «hacer el avión», y yo lo he visto hoy en algunos toros de la ganadería salmantina.

El toro de clase no es un toro que pasa, sino que quiere coger la muleta; y por eso no basta con pegarle pases, sino que hay que torearlo. Fue admirable cómo entendió Javier Cortés a su primer toro, con esa frescura de ideas, disposición y quietud, como si nada malo hubiera pasado en su vida. Y ya lo creo que había pasado. El toro fue bravo y tuvo recorrido y galope, pero el que tuvo clase fue su segundo, más por el pitón izquierdo. Por desgracia, cuando de verdad le cogió el sitio se dejó condicionar por los «técnicos» del tendido, y cuando iba a enganchar las embestidas, se lo recriminaban y volvía a corregir la posición. Hizo mal. De la otra forma quizá tampoco le hubiesen dejado triunfar, pero desde luego hubiera toreado mejor.

Lo malo del toro fuerte es que si tiene mala condición, entonces genera más problemas. O sea, el lote de Tomás Campos sin agresividad hubiera pasado por manejable. Campos siempre intenta un toreo difícil, sin apenas recursos, y por eso es muy difícil que le salga. Su lote no me gustó nada y en cambio me pareció interesantísimo el primer enemigo de Francisco José Espada, porque huyó como un manso y embistió como un bravo. El otro, más flojo, me recordó a los toros antiguos de Aldeanueva pero con más bravura. Quiso el animal más que pudo. Espadas estuvo tan de verdad toda la tarde, tan entregado con esos torazos, que creo que lo justo es aplaudirle los aciertos y perdonarle los errores. Y esperarle, porque creo que se lo ha ganado.

Y a Moisés Fraile hay que darle la enhorabuena: criar toros gigantescos que embistan con la movilidad y flexibilidad de los utreros es un milagro, y él lo consigue casi todos los días.

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