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Allá donde muere la muerte, Morante y la eternidad

Morante de la Puebla borda el toreo de flor a raíces, erigiéndose muy por encima de la mala corrida de D. Juan Pedro Domecq. Ortega no redondeó por fallar con la espada. No fue la tarde de Roca Rey

A ver cómo les explico que el toreo no se explica. Que esto, por efímero que pueda parecer, no hay quien lo abarque ni en letra, o lienzo, o mármol o bronce, o acorde o palabra. Para mí el toreo es lo que hizo hoy Morante de la Puebla, y sin toro por ningún maldito lado. Bendita locura, que diría mi amigo Santiago. Hay que estar muy loco para torear así de bien. Hay que ser un genio para dejar a tantas almas temblando estremecidamente. Esto no es un escrito en favor del beneficio de una persona. Esto es una oda a lo más grande que tienen la verdad y el arte, y eso, damas y caballeros, es el toreo. Hoy intenté abarcar lo inabarcable. Ya me dirán ustedes. Yo quiero estar igual de loco.

Y Dios repartiera la suerte. El primero de la tarde iba ligero pero fuerte de carnes, de finas y bien formadas puntas, negro bragado y listón. En lo que entró en la capa de Morante, este se puso a pies juntos, pintándolo en lances sueltos que bien perpetraron el ole en el ladrillo. No iba muy largo de fuerzas el animal, perdía las manos llegando a clavar pitones en tierra. Una entrada al caballo sirvió de manifiesto en el puntapié que ya pedían los tendidos, saliendo de él trastocado, haciendo patente su invalidez, arrastrando las manos. Palmas de tango inundaron el aire, y se asomó el pañuelo verde.

Salió en su lugar un toro del mismo hierro, castaño, menor de pitones, más alto y algo más musculado que su anterior hermano. Suelto de salida, nada atendió, andurreando por el redondel sin más. Sendo volteretón se autorrecetó en los mismos medios, levantándose sin aparentes magulladuras. Nulo de casta en el caballo, se desplomó en ambas entradas sin apenas recomponer la flojísima pelea. En la salida del mismo, cayó repetidamente, mostrando su falta de fuerzas en las manos de adelante. Se le hizo el sesgo desde cerca en banderillas por no evidenciarlo más, en un intento por evitar una segunda devolución consecutiva. Surtió efecto, y se llegó a la muleta. Haciéndole por arriba comenzó Morante, ayudado con la espada, repitiendo al animal aprovechando las inercias y el rebrinco que acometía si se le subía la mano, llegando a los tendidos. Es innegable que le quedó pinturero. Pero ahí quedó prácticamente todo. El toro se defendía más que embestía, y Morante no le lograba componer más que muletazos sueltos. Tampoco era como para andarle de nuevo en inercias, ya que ahora se metía por dentro en ocasiones. Por la izquierda se le cantaron más de dos y tres notables naturales. Pero no hubo más. Nacían protestas, a lo que tomó el estoque de matar. Muy de cerca y con mano diestra baja se postuló el cigarrero. Pinchó dos veces y puso media después, no muy efectiva, teniendo que descabellar. Acertó a la primera. Pitos al toro, silencio para el torero.

El segundo de la tarde era de buen cuajo, de capa colorada y fino y ancho de serpientes. Muy suelto y por tanto deslucido anduvo en el capote de Juan Ortega, yéndose cada dos por tres del lance, sin vérsele recibo capotero aparte del mero pasar. Se empleó en el caballo, dejando dos buenos encuentros entrando pronto e intenso desde la media distancia, peleando y manteniendo la compostura al salir del peto. Quitó Roca Rey con notables chicuelinas, rematando primero de revolera y luego por lo alto a una mano. Se calló el quite Ortega, algo le sabría. Le costó a sus hombres el pareo, perdiéndose palos por el camino. Pañosa ahora. Componía Ortega, y a las bocas se les quería derramar ese mismo ole que se escapaba antes con el de La Puebla. Partía a navegar y en los primeros ya se dejó por escrito. Y así prosiguió. Despacio. Haciéndose por la derecha, pulverizó el cuarzo. Le ligaba dándole un instante previo al toque, obligándole pero dándole un ápice de respiración, que bien le hacía falta por estar ahora más justo de fondo. Una estatua de cintura para arriba, las muñecas los pinceles. Grabó a fuego los que mejor pegó, entre ellos uno de pecho con la muleta al natural que todavía dura, incrédulas las gentes. El toro se rajó rápido, y en los terrenos del 8 el sevillano se adornó frente a la cansada tez del animal. El final restó vuelo. Tocaba matar. Pinchó. Puso de segundas una estocada un punto atrás, arriba sin embargo, que terminó por echarlo. Sonora la ovación.

Salía ahora un toro negro, justito de cuerna que no de badana. Salió bravucón de primeras, repitiendo y encelado. Le apretaba a Roca Rey, a lo que tuvo que caminarle bregando a los medios, donde al fin lo paró. Discreto fue al caballo el burel, sin más ni menos. Gran labor en banderillas de los del peruano, plantando Juan José Domínguez un gran segundo par que le obligó a desmonterarse para saludar la ovación maestrante. Se iba a la guerra Roca Rey, de rodillas y cambiando por la espalda. Más de un aplauso arrancó, pero ahí comenzó a diluirse el cara a cara. El toro, teniendo sus teclas, no tenía el aliciente de transmisión que hace a uno engancharse a una faena. Y Roca Rey hoy no estaba calando en La Maestranza, que le pitaba su forma de citar y componer los muletazos. Ligó, ganando la acción en algunos, atropellado el toro en otros. A unos gustó, y a otros no tanto. Era hora de cerrar debates con la espada, pero puso una estocada algo baja que no le levantó los vuelos a aquello. Palmas de unos, pitos de otros.

Torear verdaderamente de capote es algo que muy pocos tienen al alcance. Veo a Morante y no puedo evitar acordarme de un loco pelusón que también habitó esta bendita ciudad, y que por capote tenía un balón que llevaba cosido al pie. Si no es esto el arte, ¿qué lo será entonces? Puede que igual que el Diego no ganó la Champions, Morante no ostente el título de conquistador de muchas puertas. Su toreo es la puerta en sí, y por eso quien lo entiende no pide más. Y no es fácil entenderlo. Pero cuando se alinea en sus tréboles, Dios mío de mi vida. Sembró la antología en su recibo con la esclavina flotándole entre las palmas de las manos. Arremolinándose genuflexo y después… ay si no hubiera un después, y uno pudiera quedarse a morir en lo que Morante pega un capotazo. No pediría uno más. La plaza, echando el alma por la boca. Y sonó el ruido para la música que ya llevaba un rato sonando. No acababa ahí la buganvilla de ambos torero y capa, fundidas en el cobre de la fragua. Galleó reiventando la tijerilla, cortando en distancias para coserle en caminos. Así llegó, pero le costaba al toro el caballo. Le costaba mantenerse en pie. Y hasta un tercer ramillete con el capote quiso lloverle, Verónicas con mayúscula. Banderillas, bien puestas, pero hubiera agradecido la afición que hubiera tomado los palos el cigarrero, que hoy tampoco quiso. Pero quiso de muleta, y sin brindar. Madre del Amor Hermoso, la que formó. Sevilla era un caldero a punto de estallar, y su toreo el fuego, el arrebato desmelenado. El toro valía entre poco y nada, flojo y de poco fuelle, muy cortito de casta y nulo de raza por supuesto. Pero no fue excusa para Morante, que se irguió sobre la calima haciendo la sombra en la piedra y la luz en el ruedo. Primero repitiéndolo más, por abajo, haciendo al toro mejor de lo que era por buen rato. Y la plaza se desgañitaba a pedir música, pero no se enteraba de que los acordes estaban entre las telas de Morante, y ya estaban ellas buleriando. A deshora, quiso hacerse Tejera con parte de aquello, mandándoles el torero a callar, y con razón. Acortó distancias y le sentó algunos de los mejores naturales que habrá visto este albero. Morante puso la bravura que el toro no tenía, que embestía a la defensiva trapichera. En una de estas, saliendo de un muletazo, elevó a Morante a los Cielos con el marfil, sin cornear pero apalizando. Y no se quitó el torero, más enrabietado que nunca. Cogió la espada y le arrancó los últimos muletazos a un toro que si antes poco tenía, ahora era la nada. A matarlo… ole. Ole y ole de verdad. Plantó la Tizona en el hoyo de las agujas. Y Sevilla era un mar de pañuelos. Dos orejas dos, señoras y señores. Qué grande es el toreo si lo hace Morante de la Puebla.

Resaca en los tendidos de Sevilla. Abandonaba toriles el quinto, negro, este del hierro de Parladé. Sopló buen soniquete Ortega con la capa en sus lances más crecidos, pero sin ser capaz de desprenderse del enganchón, que no le permitió redondear. Tras el primer puyazo, apretado y sin hacer mucho ruido el toro, perdía las manos el animal, lo que imposibilitó a su matador realizarle quite debidamente en lo que se buscaba con él. Entró por segunda vez al caballo, pegándosele más, un punto en exceso, lo que medró aún más las cualidades de este toro. Banderillas bien puestas, excelsa la lidia de la cuadrilla del trianero. Turno de la muleta. Juan Ortega, genuflexo, quería aprovechar el poco toro que tenía delante. En inicios y por inercias se movió con algo más de ritmo y recorrido, pero pronto se apagaría. Escasísimo era el toro de profundidad, corto en prontitud. Al menos Ortega pudo volver a poner por manifiesto su buen concepto, escribiendo poco pero con muy buena letra con la poca tinta que desprendía su pluma. Estaba el toro rajado desde bien pronto, y no se andó por las ramas su matador. Puso una buena estocada, llevándose un topetazo al enterrarla, sin consecuencias, y cayendo el toro rápidamente. Ovación con saludos.

Y para cerrar tarde, ya pasada de rosca esta, salió el colorado sexto, de nuevo del hierro titular, el mejor presentado de la tarde, imponente de marfiles y bien hecho de cuerpo. Algo bruscas fueron las maneras de Roca Rey al recibirlo, mezclando lances y rematando de rodillas con el capote, sin templar demasiado que se pueda decir. Al caballo fue de picotazo el burel, pues no iba sobrado de fuerzas, pero no se le picó. Perdía las manos a pesar de galopar el animal, lo que no terminaba de definirlo, viéndosele muy irregular. Se lidió y pareó bien, viniéndose ciertamente arriba el animal por momentos. Llegaba el momento de faenar. Buscaba el peruano mano baja y aprovechar lo que el animal tuviera. No era mucho, y por ahí no era el camino. Anduvo frente al distraído burel insistiendo sin cesar por ambas manos, tocando sin respuesta, con algún amago de susto. Distrajo también a las gentes el hacer de Roca Rey, falto de transmisión y más aún en una tarde como esta. Buen rato estuvo debatiéndose con él, hasta que finalmente optó por tomar la espada. Pinchó y finalmente la puso. Silencio.

El encierro de Don Juan Pedro Domecq, de nuevo, fue un petardo, hablándoles pronto y en la mano. Si algo se vio fue por los toreros, y si hubo hoy un torero fue José Antonio Morante Camacho, dígase El Morante de la Puebla del Río. Dejó temblando mis adentros y los de los que estábamos allí, hasta los de la piedra por insensible que digan que es. Torero. Juan Ortega dejó altos detalles, pero no redondeó con la espada y su lote no propició gran cosa. Y Roca Rey no pudo más que andar ante un lote con escasas opciones. El ambiente fue de tarde grande, así como la entrada, de “No hay billetes”. Se salió borracho de la plaza, no les miento. Como para no estarlo tras de lo que aconteció.

Y si lo de antes era una oda, lo de ahora será una elegía a la tarde que ya ha muerto dejando como legado la máxima eternidad, que es la que por mucho que se cuente no se gasta, por mucho que se cante no se aburre, y por mucho que el tiempo pase no se olvida. Honor al Sol, que hizo por no querer irse hasta vestirse del color que iba vestida hoy la vida. Descanse en paz la calima, así como los septiembres, los cuales se los ha llevado hoy Morante en el esportón junto con dos peludas. Y permítanme nombrarle una última vez en mi verso:

La locura es el alma del genio,
Es el agua que su boca sacie,
Es el pulso eterno del toreo,
Es todo lo que nace en Morante.

RESEÑA

Viernes, 1 de octubre de 2021. Plaza de Toros de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla. 12ª de abono de la Feria de San Miguel. 6 Toros 6, de D. Juan Pedro Domecq y Parladé para:
Morante de la Puebla, de buganvilla, oro y azabache, silencio y dos orejas; Juan Ortega, de frambuesa y azabache, ovación con saludos en ambos; Roca Rey, de negro y oro, división de opiniones y silencio.

Incidencias: Juan José Domínguez saludó una ovación tras banderillear al tercer toro de la tarde.

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