Sangre y clavel en el mano a mano de Vistalegre

Caen heridos Juan José Domínguez y Pablo Aguado en un festejo en el que sólo brilló un toro de Garcigrande, “Semillero”, que estuvo por encima de Roca Rey. Disposición de Aguado ante un lote sin opciones, siendo prendido en su último toro.

 

La expectativa crea la duda, la duda sacia a la razón. Miles han sido los mediodías en los que todos hemos tenido mariposas en la barriga tras una buena comida, relamiéndonos ante el cartel de toros que luciese ese mismo día en el tablón.

Pues bien, hoy es una de esas tardes. Llegó, ¡por fin! el público a San Isidro, que andaba tras de los matorrales, sin atreverse a asomar cabeza por los tendidos.

Los otros días no sé, pero hoy no faltaban motivos para abarrotar las gradas de Vistalegre. Y por fin, aunque sin agotar el papel, se vieron medianamente llenas según el aforo que a día de hoy permite la Comunidad de Madrid. Tras la confusión que suscitaba la no-oficialidad de ganado hoy a lidiar, más allá de un insulso “Diversas Ganaderías”, que fuera de cartel pero ya sabidas por los mentideros, eran Jandilla, Domingo Hernández y Núñez del Cuvillo, venían los dos bandos, las “dos Españas” del toreo.

Andrés Roca Rey y Pablo Aguado. Odiosas son las comparaciones que les encuadran como los nuevos Joselito y Belmonte, Camino y Linares, como quieran verlos. Nada tienen que ver, sin más bien o mal, pues lejos están aún de ser figuras veteranamente consagradas por los años de alternativa y el cuajo que otorgan. No juguemos a los símiles, son distintos a todos ellos. Pero a la vez, algo vuelve al toreo de la mano de ambos: la rivalidad. Más allá del colegueo que suscitan otros, entre estos dos diestros se masca la tensión, al menos cuando pisan el ruedo. Y eso es algo ante lo que hay que contribuir en el toreo a día de hoy. Que vuelvan los rifirrafes, entre partidarios de uno, partidarios de otro. Que se les proclame Sol y Luna, que se acartelen juntos para dejarse los dientes largos el uno al otro, tarde sí y tarde también. Ganas tiene el público, y sobre todo el aficionado. Y no podía ser de otra forma: los tendidos casi llenos. Hoy, por esa parte, chapó.

 

Bajo y cuajado era el primero de la tarde, de pitones serenos, del hierro de Vegahermosa. Roca Rey lo recibió intentando lancearlo por verónicas, lo que no fue muy posible debido a la salida suelta del animal, embestida luego apretada que obligaba a la mera brega. Escarbaba, acometiendo con celo a veces, pero rajado en lo general. Pasó sin más por la puya en una ocasión, a lo que, en la prueba de fuerzas, se cayó un par de veces. Palmas de tango brotaban de los tendidos, caso omiso. Cuando parecía que la cuadrilla iba a parear al toro, se abrió paso capote en mano Aguado, que se fue a buscar al toro, perdido en el ruedo. Ante un frío público, le soltó verónicas primero genuflexo y luego erguido, en las que algún enganchón se llevó, pero supo venir arriba en cierto modo al animal, derramando temple a su paso. Replicó por lo tanto Roca Rey, que lo esperó en los medios haciéndole su típico quite, ceñido y quieto. En el ahora sí iniciado pareo, resultó prendido de forma muy fea Juan José Domínguez, ante una incomprensible parsimonia e inefectividad a la hora del quite, ensañándose con su cuerpo la bestia en diversas ocasiones, levantándolo del suelo para luego tirarlo de nuevo a él. Parece que la lleva, puede que en el tórax. Angustia. Dios quiera que no sea nada grave. Ante todo este panorama, reinaba la calma en el torero peruano, que se fue a la distancia a esperarlo para comenzar por estatuarios de rayas hacia afuera. Venía, algo desacompasado en ciertos envites. No calaron mucho los muletazos posteriores al inicio, debido a las repetidas caídas que acusó el toro. Ya en una tercera serie, a pesar de no salir muy toreado de los lances por cierta falta de fijeza, Roca Rey consiguió encelarlo en la tela una vez metido en ella, a pesar de su disparidad en el embestir. A partir de ese punto de la faena, el toro fue a más, dejando de caerse y con mejor motor en su acometer. No obstante, seguía teniendo un punto de distraído, que algunas veces asomaba cabeza. En los mismos medios seguía, buscando sacar lo bueno de un toro notablemente dispar. Llegó a los tendidos, y tras una larga faena, sonando un aviso antes del volapié algo caído que hizo rápida muerte, se le pidió una oreja, que no fue concedida, saludando una ovación tras ello.

 

Del hierro titular de Jandilla era el segundo, toro negro, musculado, acodadas y finas puntas, fino y terciado. Su salida fue un tanto suelta, y en su búsqueda de los vuelos no posibilitaba las luces, por lo que poco se hizo más que pasarlo por ambos lados. Suelto seguía, requiriendo de una gran atención y colocación de los lidiadores. Un picotazo se llevó del picador que guardaba la puerta. Por fin parado, entró en el caballo que le correspondía, dormido en el peto en su único encuentro. Quiso hacerle quite Andrés Roca Rey, de largo, por apretadas chicuelinas desde los medios, con una resuelta revolera de remate en el que el toro le midió. Y corriendo se fue a replicarle Pablo Aguado a su término, en las que el toro salía suelto, pero a base de buscarlo lo encontró de veras, por Chicuelo de nuevo, midiendo de nuevo el burel en el remate, media verónica de trago, saliendo con poder de la cara, todo un “aquí estoy yo”. Bendita rivalidad. No muy acertada la colocación de los pares por parte de la cuadrilla del sevillano a pesar de la buena ejecución de la suerte del sesgo, con distancia y pies. Brindó Pablo Aguado a Juan José Domínguez, que estaba siendo operado, montera en la puerta de la enfermería. Parándose y midiendo el toro en los comienzos de la faena, el diestro sevillano tuvo que tragarle en lo que su rival le atestaba miradas al cuerpo. Tres series personalísimas con la diestra arrancaron olés del público, que parecían auspiciar una venida a más del toro. Pero se salió al término de la tercera. Y no se volvió a meter. Rajado estuvo el toro en todo momento desde ahí, ante las manos templadas que le hacían todo para él, sin darle el toro absolutamente nada de vuelta, acusada y aburrida mansedumbre. Bajo metisaca le propinó Aguado en un primer lugar. Se paseaba el bovino por la plaza, buscándose en la nada a boca abierta. Sonó un aviso, pinchazo y un segundo agarrado que le valdría el descabello, con el que tuvo ardua labor pinchando repetidamente a un toro que se defendía molestamente. Justo tras el segundo aviso, mató por fin Aguado. Silencio.

 

Bello era el tercero de la tarde, de plano techo y largas ramas, negro, del hierro de Domingo Hernández. Templado y suave, repitiendo, embestía en el capote de Roca Rey, quien lo toreó como si estuviera en el campo, verónicas, lento. Bien entró y mejor tomó la única puya que se le puso, empleándose en buena pelea. Bien se le pusieron los palos, bien se le bregó. De nuevo en los medios, el péndulo hizo acto de presencia. Ante su salida diagonal, le cambió el toro terrenos, y paralelo ahora a las rayas, el de Lima se puso de rodillas con él, llegando a las gradas. El toro era de lío; embistiendo largo, acompasado y bonito, con destacable prontitud y fondo. Exposición le ofrecía el diestro, no mucho orden, aburriéndose el toro llegado a un punto. Embestía por abajo, pero no terminaba de romper en las manos de Roca Rey, que hartó de recursos a un toro de cortijos del que estuvo por debajo. Si hubo palmas, fueron a su excelso valor, muy destacado en su fin de faena por ceñidísimas y cruzadas bernadinas con la espada. Pero faltó pellizco. Gran estocada firmó la larga faena en cuyo tercio de muerte sonó un aviso. Generosas dos orejas, del público. Ovación cerrada, eso sí, a un grandísimo toro de Garcigrande que mereció una vuelta al ruedo que ni tan siquiera fue reclamada por el público. Al menos lento se lo llevaron las mulillas.

 

Un tío el que hacía cuarto, fino de largas agujas, cuajado y fuerte, castaño, de Domingo Hernández. Aguado, a ojos cerrados, le contó la vida. Le cantó por fandangos. Muerto Cronos, se hizo con los segundos, las horas y los días, pintándose el cuerpo de oles que caían del Cielo aun estando cubierto. Quedaron solos, abandonados, en el mundo, el hombre y el toro. En el tercio de varas, respondió bravamente el toro en el caballo de Juan Carlos Sánchez, que fue ovacionado tras un gran puyazo. Se desmonteraron luego Diego Ramón Jiménez y Pascual Mellinas tras espléndidos pareos al burel. A las manos de la bestia se fue en el inicio de faena Pablo Aguado tras brindar al público, clavando la rodilla en la tierra como quien saluda al Sagrario, irguiéndose luego. Ganaba la acción a veces el ahora menos templado toro, que arreaba en sus acometidas por el lado derecho, tropezando la muleta. Se vino abajo el toro, que reculaba, embistiendo tan despacio como ásperamente, tal y como se le venía en gana. No entraba en verea, y no por falta de intenciones. Poco más que algún muletazo dejó la franela del sevillano ante un desagradecido toro del hierro salmantino. Abrevió y lo mató de una estocada en todo el sitio, ante la que el toro vendió cara su muerte, cayendo como debe de morir un toro bravo, cosa que no fue en la muleta, tras dialogar con Caronte. Palmas.

 

Bajo y de muy floja presencia el quinto toro, de Núñez del Cuvillo, castaño. Más bien parecía de la novillada del lunes, y eso que hubo algunos de los del Juli que le pasaron sobradamente en hechuras. Somnoliento estuvo en el capote de Roca Rey, desperezándose estuvo. Parecía que se despertaba en el caballo, empujando desde abajo en el puyazo que se le puso, baja la cara. Por tafalleras y gaoneras a pies juntos, remate de revolera que poco calaron le hizo quite el matador peruano. Buenos pares puso su cuadrilla, en especial los de José Chacón, que fue aplaudido hasta desmonterarse.  Brindó a Juan José Domínguez, también la muerte de este toro. Tras breve inicio para cuadrar terrenos, parado estuvo el toro ante los cites del diestro limeño. Embestía, tras pensárselo bastante, con la cara baja, pero sin compás o transmisión, cayéndose a veces incluso ante las manos que le pedían. Sosón era, y no servía para hacer faena, pues se mostraba reacio ante todo lo que se le pedía. Tuvo que abreviar Roca Rey, que le puso media estocada que echó rápidamente al animal. Palmas.

 

Lamentable la actitud de numerosos espectadores, porque de aficionados poco, que antes de la salida del último toro, caminaron hacia las salidas de la plaza. Nada, absolutamente nada, tenía que ver más allá de la capa el bien presentado sexto con su hermano el quinto, de Núñez del Cuvillo también. Calculador, seco estuvo en el saludo capotero. Puyazo algo caído le fue puesto, ante su efigie completamente inerte en el peto. Buen tercio de banderillas dieron los hombres del sevillano. Genuflexo se fue a buscarlo, y despacio lo fue mandando. El toro se movía, embistiendo a una media altura, pero que fue subiendo en ritmo y por ello en transmisión. No tenía igual codicia por el lado izquierdo, saliendo más desentendido, casi sin pasar a pesar de la risueña torería que lo envolvía. Había que citarle con fuerza, llevarlo toreado. Y Aguado estuvo grande a la vez que medido, ante un toro que nada tenía. En lo que quiso darle acero, el desagradecido animal le prendió haciéndose con su muslo derecho, enganchándolo hacia arriba de manera feísima, siendo llevado en volandas a la enfermería, que no tuvo descanso hoy. Palmas de honor al herido, que plantó media estocada que mató a su enemigo.

 

Tarde de presentación dispar, con serios toros como el 3º, el 4º, ambos de Garcigrande, dos toros adecuados de Vegahermosa,1º y 2º de Jandilla, y desequilibrados los de Núñez del Cuvillo en su conjunto, con un remarcablemente falto de trapío 5º, que bien podría ser eral, y un notablemente serio 6º. Nulo juego de los animales, a excepción del muy buen 4º toro, del hierro de Domingo Hernández, codicioso, enclasado, con ritmo, bravo y con fijeza y recorrido, de nombre “Semillero”, nacido el 11/15, herrado con el nº86. Fue incomprensiblemente premiado únicamente con el arrastre lento, ya que el público no pidió la vuelta al ruedo.

 

Los toreros se mostraron cada uno en su línea en medio de la sombra. Roca Rey, a quien la suerte le otorgó en su lote a la única luz cornúpeta de la tarde, cortó dos orejas que poco tenían que ver con lo que pasó en el ruedo; se le fue, posiblemente, el mejor toro de la Feria hasta el momento. No pareció importarle al público, a quien le gustó su labor que poco más que su valor tuvo, y eso sí, una gran estocada que le abrió las puertas a la petición, excesiva y concedida. No se le vio con sus otros dos oponentes. Aguado se vio en medio de la sombra; su lote era de nada y menos. Ninguno de sus tres toros redondeó su comportamiento. Pero no fue poco lo que dio: dejó, a pesar de algunos enganchones, el mejor toreo de capote de este San Isidro a falta de cuatro festejos. Con la muleta estuvo sereno y medido con tres toros que fueron enemigos, cada uno a su manera. No pudo irse ni con buen sabor de boca, maldita la suerte, que quiso rasgar su carne por si acaso no le había sido suficiente la mala suerte del sorteo.

 

Pero bueno, no todo van a ser penas. Cosas muy positivas se pueden sacar de la tarde de hoy, en las que la primera, sin duda, es la hoy fortalecida rivalidad entre dos toreros que dan que hablar a los aficionados. Que generan disputa en los bares y cafés, en las tertulias, en la ciudad así como en el campo. Agradecidamente dispuestos se mostraron ambos a fortalecerla, destacando los duelos de quites que se batieron en la primera mitad de la corrida. Positiva también la entrada de hoy, a pesar del griterío que albergaron ciertos integrantes del público, que si viva esto, que si viva lo otro. En fin. No cabe duda de que, si otro hubiera sido el devenir de los bureles, otras palabras saldrían de mi cabeza. Pero la sangre ha querido venir hoy a vernos, como si con la sombra no tuviéramos bastante. Honor, y Gloria, a todos aquellos que caen con bravura. Y pronta recuperación a Juan José Domínguez y a Pablo Aguado, que la venda les sea leve. Llega la Luna, y con ella mi verso:

El Sol y la Luna

Si bajan se baten

En duelos de historia

Que en los pechos laten.

 

RESEÑA

Miércoles, 12 de mayo de 2021. Plaza de Toros del Palacio Vistalegre (Madrid). 6 Toros 6, de VegahermosaJandillaDomingo Hernández y Núñez del Cuvillo para Roca Rey y Pablo Aguado, en mano a mano. Actúa Enrique Martínez “Chapurra” como sobresaliente. Roca Rey, de nieve y oro, ovación con saludos tras petición, dos orejas tras aviso y palmas, y Pablo Aguado, de noche y plata, silencio tras dos avisos, ovación con saludos y ovación que no pudo saludar al encontrarse en la enfermería.

Incidencias: al finalizar el paseíllo, sonó el Himno Nacional. Se desmonteraron: Diego Ramón Jiménez y Pascual Mellinas en el cuarto, y José Chacón en el quinto. Fue ovacionado Juan Carlos Sánchez tras picar al cuarto.

PARTE MÉDICO DE JUAN JOSÉ DOMÍNGUEZ: “(…) Herida por asta de toro en hemitórax izquierdo en zona infraclavicular con un agujero de entrada de unos 15 por 20 cm. Presenta 4 trayectos: uno hacia arriba de unos 16 cm que llega a región supraclavicular, otro hacia afuera de unos 10 cm que llega a hueco axilar sin penetrar en él, otro hacia dentro de 20 cm que provoca fractura de 3ª costilla con luxación condro-costal y otro hacia arriba y adentro de 15 cm que alcanza espacio supraesternal. Graves lesiones musculares en pectoral mayor. Bajo anestesia general se interviene quirúrgicamente. Se traslada a Hospital de Nuestra Señora del Rosario. Pronóstico: muy grave.

PARTE MÉDICO DE PABLO AGUADO:“(…) Herida por asta de toro en cara interna, tercio medio, del muslo derecho. Presenta 2 trayectos: uno hacia arriba de aproximadamente 20 cm que desgarra músculo vasto interno y contunde arteria femoral en unos 5 cm; otro hacia afuera y adentro que unos 14 cm alcanza diáfasis de fémur provocando lesiones musculares en vasto interno, recto anterior y crural. Bajo anestesia regional se interviene quirúrgicamente. Se traslada a Hospital de Nuestra Señora del Rosario, Pronóstico: grave.

Firma ambos partes médicos el Dr. Enrique Crespo Rubio.

Ricardo Pineda

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