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Pablo Aguado, a hombros entre el lodazal y la pobredumbre ganadera

Imagen: Manolo Navarro & Toros Castellón

El sevillano cuaja una bella faena al tercero y abre la puerta grande en otro fiasco de Juan Pedro Domecq; Oreja al esfuerzo y a una estocada de Morante

Escribía el compañero Acevedo hace unos días, a colación de la pésima juampedrada de Valencia, aquello del toro del primer tercio. Pues en Castellón ni eso, Álvaro. Un lance y una media de Morante, otro por allí de Aguado…. Un quite por chicuelinas de De Justo, un galleo para poner en suerte al cuarto… Salían uno a uno los torillos de Juan Pedro Domecq al ruedo y ninguno de los tres espadas pudo cuajarlo de verdad con el capote. Por si eso no era ya una decepción en sí misma, sin pujanza alguna, la corrida llegó a la muleta prácticamente muerta y solo el lote de Pablo Aguado, especialmente su primero, se salvó de la quema. O del aguacero. Porque la corrida se dio de puro milagro gracias a la lona y a que a las cinco en punto apenas llovía. Sí lo hizo con cierta intensidad a partir del segundo de la función y conforme avanzaba la tarde la media entrada que presentaba el coso pareció una multitud por su aguante bajo paraguas, chubasqueros y por su buena predisposición hacia los toreros siempre. Que se acabe ya este marzo de infame climatología, por Dios.

Con ese juampedro que hizo tercero, anduvo Pablo Aguado muy inteligente (y muy torero también) para sacar a relucir su buen momento y amarrar el triunfo. La frescura, la naturalidad y el sentido de la medida fueron los pilares de una faena cuyo inicio fue una belleza. Rodilla en tierra, los doblones combinaron poder y armonía, cerrados con uno de pecho que duró una barbaridad. Ya erguido, llegaron el pulso y el toreo sutil con las yemas de los dedos. El de la divisa sevillana repetía con cierto celo y Pablo anduvo con él muy suelto, resolutivo y fácil. Series largas, de siete y ocho muletazos, para ratificar que la ligazón es sinónimo de emociones. Dos ayudados por alto en el epílogo tuvieron sabor y enjundia. Estocada baja y dos orejas a su esportón.

El sexto, cual milagro de los panes y los peces ya con el ruedo medio embalsado en los terrenos de sol, pareció querer humillar y coger los chismes con cierto recorrido y por abajo. Aguado no se salió con él de su concepto, qué mérito el suyo el de ser capaz de transmitir tantas cosas a media altura. Pero los milagros, milagros son y éste no fue el caso. Duró dos series. Cuando tomaba la espada el saxofonista de la banda saludaba una ovación. Y es que estuvo cumbre.

El primero salió picado de toriles. Nulo poder. Morante trató de sujetarlo con varias largas a una mano y el torito dijo que nones, que él iba a su aire. Sólo la media para dejarlo en suerte en el caballo pudo celebrar la parroquia. La faena, con cosas sueltas muy bellas, careció de la importancia que le restaba un oponente listo de papeles. En el abaniqueo estuvo a punto de echarse. La estocada sin puntilla la adornó el genio como si la del toro cuajado en Sevilla el último San Miguel se tratase. Oreja. La vuelta al ruedo, a ritmo de velocista, casi le saca el aliento a la cuadrilla y fue pura generosidad para cuidar de un piso de plaza que acabó muy encharcado y con el que los operarios tienen un trabajito por delante para salvar el festejo de mañana.

Reunido de hechuras y de preciosa expresión el colorado cuarto. Un tacazo de los que te enamora en el campo y te invita a torear. Ese tiene que embestir sí o sí, te dices hacia adentro. Pero tampoco. El coloraíto llegó al tercio de varas con la lengua fuera y a la muleta soltando gañafones. Morante mantiene la versión más esforzada del artista y estuvo mucho tiempo delante de él. De todo, me quedo con las brujerías que le terminó haciendo de la raya para adentro antes de montar la tizona.

El jabonero que hizo segundo era una raspa que entraba en cuatreño este mismo mes de marzo. Son los tiempos de pandemia, lo mismo te salta en una feria un buey apis a punto de cumplir los seis años que lo hace un novillo recién cumplido y sin remate. Cornidelantero y lavado, le endilgó De Justo un buen quite por chicuelinas por su pura inercia, que no clase, la tercera de ellas especialmente ceñida. El toro era chico, no fácil, y tenía su puntito de casta punteando engaños y reponiendo. Tesonero y queriendo Emilio, en faena larga sin excesivo brillo. Entró la espada que se atascó el domingo en la victorinada, quedando suelta y precisando del golpe de cruceta, con el que sí marró en un par de ocasiones.

El diestro extremeño había tomado el olivo tras relajarse en exceso en presencia del quinto, al que galleó con personalidad para colocarlo en el caballo. El brindis al público levantó una expectación que duró muy poco. Lo que se tardó en comprobar que el toro estaba ya casi en el otro mundo tras un puzayo en un sitio horrible que no hizo más que liquidar su precario fuelle.

RESEÑA

Viernes, 25 de marzo de 2022. Plaza de toros de Castellón. Sexta de la feria de la Magdalena. Toros de Juan Pedro Domecq, de discreta presencia y pobre juego en líneas generales. Se salvó la movilidad del 3º. Morante de la Puebla, oreja y silencio; Emilio de Justo, palmas tras aviso y silencio; Pablo Aguado, dos orejas y palmas. Salió a hombros.

Incidencias: Media plaza en tarde lluviosa y desapacible. La terna saludó una ovación desde el tercio tras romperse el paseíllo. Saludó Morenito de Arles tras parear al quinto. Buen nivel de Iván García durante toda la tarde.

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