Juan Ortega y El Juli, Cielo y Tierra en Vistalegre

Juan Ortega siembra arte y poder en el ruedo de Vistalegre con un emocionante toro de Garcigrande. Manda El Juli a un buen quinto que fue ensalzado en sus manos. Solo pudo dejar capote Morante, que no tuvo suerte con su lote.

 

El toreo sirve para poner los pies en la Tierra al hombre. En medio de un mundo de irrealidad, de fugacidad y de mirar para otro lado si lo que presencian los ojos no gusta, sigue regalando Romanticismo. Qué decir del héroe, el que, en la plaza, a camisa abrochada y gomina en el pelo, se enfrenta a su destino para hacerse dueño de él. Destino que le espera con los dos pitones que reflejan la muerte, guadañas de marfil, billetes para sufrir o para no volver. Es una metáfora andante. Que lleva en su Ser la Verdad. Ante la que no se puede mirar para otro lado. Si lo haces, hace por ti.

 

Pero poner los pies en la Tierra no quiere decir que no se puedan caminar las nubes. Y el toro, guardián del albedrío, tan capaz es de sepultarte como de hacerte vivir como nunca lo hiciste, elevándote al mismo Cielo. Es nuestra razón de Ser, la de todos, ese esfuerzo por volver a ser humanos y no sentir vergüenza ante ello. El torero no es sólo aquel que se viste de luces. No implica que cualquiera lo sea. Quien lo es, se sabe de ello, y la faena va mucho más allá de los pitones. ¿O acaso no da cornadas la vida? Quien es torero es dueño de la concepción más personificada del verdadero superhombre, y si no lo creen, que baje Dios y lo vea.

 

Pues bien, caminen las nubes. La tarde comienza.

 

Negro, de listón chorreado era el armonioso primero de la tarde, cuatreño. Fue coger el capote Morante de la Puebla y volver a sí mismo, al azabache que se derraman las palmas de sus manos ya veteranas, curtidas en el arte. Repetía bien el astado, dejando humos de Cuba en su hacer el de la Puebla, a media que bien podría ser de mármol, pies juntos, mentón perdido en el pecho. Y rugió Vistalegre, ansioso, saciado. Una vez entró al caballo, tomó un puyazo en el que apretó con ahínco, llegando a posar rodillas en tierra, desde donde se levantó para quedarse parado en las telas, indeciso. Comenzó la guerra en banderillas. El toro se dejaba bregar, aun exigiendo saberes, pero medía kilómetros a la hora de entrar al pareo: no quería, y luego apretaba. Costoso y alargado fue por ello el tercio, a veces de pánico por lo que el burel proponía. Sabiendo esto se fue Morante a por la muleta. Le pidió en el inicio, genuflexo el diestro, ante lo que el toro respondió cayendo. Fue una y fueron dos y tres, llegando a echarse el toro hasta en dos ocasiones, escandalosa la segunda, bien parecía rodado. Medía antes el toro, y tenía que medir ahora Morante. Fue por ello que a partir de ahí lo tuvo que llevar a media altura, labores de enfermería. Suave lo meció en lances sueltos, pero no estaba el horno para bollos. Abrevió para pinchar tres veces, honda en metisaca la tercera, y luego poner una estocada ciertamente perpendicular, media-honda. Pitos y palmas. Pitos al toro.

 

Disparado salió el segundo, cuatreño igualmente, bajo, más crecido de cornamenta, astifino, negro, terciado. Suelto estaba, no se dejó nada en el capote de El Juli. Cabeceaba en su corto trazo, se iba después de tirar la línea. Un puyazo, caído primero, en el sitio después, corto, tomó el toro. No bajaba la cara, era escasísimo de codicia, lo que protestaba el público. Pragmático y resolutivo, justísimo de luces, fue el tercio de banderillas, 5 palos, y a seguir. El Juli serenaba. Dispar el inicio, templado en momentos, era emborronado por caída, también arreones en la franela. Se apretó el madrileño en la segunda serie, sometiendo al animal, floreciendo en oasis que mantenían vivo el secarral del toro, que acusaba de nuevo en ocasiones caídas, frente a la disposición que se le ofrecía. Bien se probó, poco se pudo. Disparos de fogueo del de los pitones. Se tiró a matarlo como él lo hace, buena la estocada, rápidamente eficaz. De nuevo, pitos en el arrastre. Silencio.

 

Peleonas, bravías, las hechuras del serio y fuerte tercero, negro cinqueño. Repitió en un principio de salida, para de repente cruzarse ante el recibo de Ortega. No atendía a engaños más allá de un canto de moneda, puede que por defecto de visión, o por malas intenciones. Hasta tres puyazos tomó el desconcertante animal, trasero el segundo, marcado el último,  que salía igual que entró del peto. Bravísimos fueron los pares de banderillas que los hombres del trianero agenció al animal, decilando el saludo montera en mano ellos. Nadie daba un duro. Y menos tras el monumental trago que sirvió en el inicio. Pues quién lo iba a decir. Toro y torero. Bebiendo bravura, hasta ahora incomprendida. Punteo de cuerdas llenas de polvo, haciéndose con el dueño de los campos íberos, que tenía lo que no dijo. Un silencio vale más que mil palabras, y Juan Ortega hizo palpable a la música. Bien vendría el agua para los paladares saciados, que no olvidarán lo que hoy vieron. Variedad, garbo, gallardas muñecas y cintura, ni Juan de Mesa tallaría tales ideas. La despaciosidad reinó con el poder como corona. Hasta que llegó la espada. No rubricó. Dos pinchazos y una estocada un punto caída no hicieron justicia a lo que acontecía hasta llegar el acero. Se le fueron las orejas, pero no se fue el toreo. Dio el público gracias de que quedase una bala en la ruleta. Vuelta al ruedo.

 

Bien de armas y colorado era el cuarto, cinqueño también. Distraído se iba en los lances del torero cigarrero, primero una larga cordobesa reinventada en la genuflexión, posterior capoteo, sin encontrarlo. Puesto en el caballo, durmió con la vara puesta en dos ocasiones, sin llegar a emplearse. Pero antes del segundo puyazo, Morante lo encontró en un lanceo que no parecía buscar más que un chequeo de fuerzas. A veces lo bueno reside en lo inesperado. Y con un lance entre la Verónica y el delantal, barrió los suelos para plantar una recogida señora media. El toro agradeció una brega llena de criterio, pero complicó el pareo apretando. Calmado muleteó de primeras Morante de la Puebla al que con espadas le esperaba. Hizo amago de sorprender en un seco derrote de defensa, que sirvió de mal augurio para el diestro, que no vio lo que allí no estaba. Rápido volvió a por la espada, entre quejas de los allí presentes. Estocada algo caída, contraria un tanto, hizo echarse al animal. Pitos al torero, así como al toro.

 

Regalaba presencia el quinto, negro, de culebras puntiagudas, cinqueño de nuevo. Exigía de salida, y derrochaba El Juli, dejando buenos lances con un oponente sobrado de fuerzas, que llegó a rebasarse. Arreó cataratas en el piquero, peleándose con los sentidos, ante muy buena mano sosteniendo la vara, más concretamente la de José Antonio Barroso, aplaudido por las gradas de Carabanchel. Lucido fue el tercio de banderillas, transmitía el galope. Brindó al público el diestro de San Blas. Con personalísimas cadencias, a gusto, lo esperó en el comienzo, rodilla en tierra primero, erguido después. Entre el poder de las manos, hincó en las postrimerías de la segunda serie los pitones en tierra, casi ejecutando la suerte de la voltereta, tan dañina para las condiciones de los toros. Afectó a corto plazo sólo, ante lo que el toro, de buen fondo y ritmo ensalzado en las manos de El Juli, se recuperó pronto. Algo desvariados fueron algunos compases, pero se modeló, en lo general, una faena de luces, con poder y mando, de quien sabe lo que se hace y se deja de hacer. Se gustó el torero madrileño, sediento de Cielo. Se lo buscó, encontrándolo en el ruedo y tendidos de la antigua Chata. Firmó su obra con una personal y suficiente estocada, en el sitio, que el toro tardó algo en morir. Dos orejas, generosas, y una vuelta al toro que bien podría haber sido vuelta al matador, que le hizo quien fue.

 

Menos enarbolados eran los pitones del último, más bien apuntaban hacia delante sin mucha vuelta, que no escasa longitud. Negro era, cinqueño también. Un calco a su hermano, el que hizo tercero, fue de salida. No obedecía en la cuna de la esclavina de Juan Ortega, dejando apuros. Sin más en el caballo, lucidos fueron los danzares del capote que bregaba en el pareo, que se tornó complicado, volviendo al apuro. Brindó a Juan del Val la muerte del toro. No parecía quedar ni una moneda en las arcas poseídas por el burel… hasta que quiso la vida. Uno a uno exprimía los últimos céntimos que le quedaban al franciscano en el cuero, y ¡qué despacio lo hacía! A pellizco limpio, llevó Sevilla a las almas de quien la añoran, tatuando el “Nomadejado”, punzada a punzada, hasta en los adentros de quienes no se han posado jamás sobre ella. Bien podrían decir los espectadores hoy presentes que han ido y vuelto de Sevilla en dos turnos de diez minutos, el silencio por testigo. Pero la espada volvió para dolerse, pinchando primero, casi entera la segunda estocada, efectiva. Le valió la oreja, premio al conjunto de la tarde.

La presentación del ganado estuvo a la altura de la Plaza de Toros de Vistalegre. El juego de los toros de Garcigrande fue dispar. Destacaron: un 3° que renació en la muleta, peligroso de salidas pero poderoso y bravo en la pañosa, y un 5° que ofreció grandes opciones, mejorando en las manos de su lidiador, que amplió vuelos consiguiéndole con sus manos la vuelta al ruedo al animal. 1° y 4° llegaron vacíos a la muleta, y el que hizo 6° tuvo clase pero justísimas fuerzas, que impidieron mayor vuelo por las repetidas caídas.

 

Los matadores ofrecieron una tarde variada y rica en conceptos. Juan Ortega protagonizó la que es ya una de las más grandes faenas de la feria, incluso del año taurino hasta el momento, ante un primero desconcertante y posteriormente bravo y enrazado toro, del que no tocó pelo por las marras con la espada, esto en su 3°. Le sacó absolutamente todo lo poco que había a su último, el 6°, con postrimerías de pintura. Ambas faenas fueron debidamente medidas, lo que aportó exquisitez a la obra del sevillano. El Juli no tuvo ninguna suerte en su primero, un toro que nada tenía, ni tan siquiera en su muleta, y que se fue entre olvidos. Pero se llenó en su segundo, un buen toro que realzó sus aptitudes en las sabias manos que le hacían mostrarse. Se sintió en medio de su reposada armonía, para luego pegar el puñetazo y brillar su mando ante el toro, a pesar de algunos breves pasajes algo que acusaron cierto desorden. Morante dejó su capa, eterna a estas alturas, dando de brillar a los ojos que la espectaban. Pura estampa, digna de mesita de noche. Pero no pudo hacer más que eso, a causa del sin duda peor lote en su muleta, nulo de opciones.

 

Positivo ver cómo el público se ha desperezado en el último tramo de feria. Una plaza vacía duele en el alma, y algo dirían los tendidos que Morante sonreía mientras trenzaba el paseíllo. Quien busca, encuentra. No quedan muchas palabras que decir, más que versos que se me caen de la boca:

 

Auriga de luces,

Caballos pitones,

El blanco y el negro,

Ambos son opciones;

La vida y la muerte,

Son dos direcciones,

Quien empieza acaba,

No ausenta razones.

 

RESEÑA

Sábado, 22 de mayo de 2021. Plaza de Toros del Palacio Vistalegre (Madrid). Décima de Feria. Toros, 6 de Garcigrande, para Morante de la Puebla, Julián López “El Juli”, y Juan Ortega. Morante de la Puebla, de sangre de toro y azabaches en negro y azul, división de opiniones y bronca. El Juli, de nazareno y oro, silencio y dos orejas. Juan Ortega, de verde botella y oro, vuelta al ruedo y oreja.

Incidencias: al finalizar el paseíllo, sonó el Himno Nacional.

Ricardo Pineda

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