Hambre

El extremeño corta una oreja a cada uno de sus novillos en una tarde en la que los animales embistieron, en la que Jaime González-Écija y Manolo Vázquez brillaron igualmente por luz propia

Tarde de claros en la arena, de cielos ennubarrados. El viento sopla en las banderas, pero no ofende quien quiere, sino quien puede. Es grande ser joven, virtud que, esta vez sí, relumbra sobre quien quiere, que lo hace ser quien puede. Uno prefiere morirse de hambre antes que de envidia. Siempre.

Con crespón negro por divisa salían hoy los utreros de El Parralejo, por el fallecimiento de su ganadero. Era castaño el primero, abrochado y estrecho de sienes, de fina estampa. Salió abanto, frío, desentendido de los engaños. Respondió finalmente en el capote de Manolo Vázquez, que lo recibió flexionando la rodilla, con mando y desde la sutileza, obligándole a repetir. El novillo no iba sobrado de fuerzas, pero a pesar de costarle mantener la figura en el peto, consiguió encelarse tras dos puyazos bien medidos. Con garbo lo sacó Vázquez tras las varas para llevárselo a los mismos medios, con una media a pies juntos por remate. Bendito clasicismo. En banderillas despertó especialmente la prontitud del animal, que acudía galopante si se le llamaba. Aprovecharon esta virtud los hombres del sevillano, especialmente Felipe Provenza, que fue ovacionado tras dos buenos pares, expuestos y en lo alto. Brindó Manolo Vázquez al público de Sevilla. Comenzó genuflexo sus haceres, así como lo hiciera con el capote. Se irguió para torearlo con muñeca, cintura y arreboles. Molestaba el viento, pero le soplaban más al polvo los lances que pincelaba. El toro pedía dejarle la muleta puesta entre muletazos, mandarle sin brusquedades. Detalles dejó sobre el albero Manolo Vázquez ante la incómoda circunstancia. Meritorio, cuanto menos, gustando. El toro no duró tampoco demasiado, así que la espada no tardó en llegar. Pinchó una vez para poner poco más de media estocada, que no tardó en hacerle efecto. Le sonó el aviso por el mal hacer de su puntillero, que tras numerosos intentos terminó por dejar de fallar. Vázquez saludó una ovación.

Un puntito cuesta arriba, de bajos cuartos traseros, bien rematado de pitones, fino y bajo de lomos era el segundo de la tarde, negro de capa. Nada más descolgar en el capote quedó más llano de techumbre. Echó las manos por delante en el capote de Jaime González-Écija, que hizo por recibirlo por verónicas. Se violentaba nada más sentía la capa, y su disparo complicaba evitar el enganchón. Al caballo fue empujando, pronto cuando estuvo bien colocado. Al quite Manuel Perera, no perdona ni uno, lo hizo como suele, por gaoneras y alguna tafallera, ajustando todo lo que la física la deja, pero algo acelerado. Buenos palos se le pusieron al burel. Brindó González-Écija a un conocido. Desde el tercio comenzó con la muleta andándole al novillo hacia afuera, buscando ganar acción y marcarle más ágilmente los tiempos, ya que el de los marfiles aumentó en revoluciones. Embestía con codicia y rebosante, pero su querencia hacia los adentros hacía que se adormilase de vez en cuando. Tomaba dos grandes muletazos, pero el tercero no lo quería ni ver. En esas aguas navegó el astigitano, que terminó por adaptarse a los deslucidos devenires del animal que tenía delante, que ya había bajado en ritmos, y que le llegó a sorprender con un revolcón sin consecuencias. Digno estuvo con él incluso ya apagado. Hasta el final fue dejando palmas. Falló con la espada, pinchando dos veces y poniendo una casi entera algo tendida, que precisó descabellar, acertando a la primera. Saludó una ovación.

Buena vitola de galera presumía el tercero que salió de toriles, castaño y cuajado, alto para ser un utrero, con armonía en sus espadas. Manuel Perera lo recibió de rodillas, pidiéndole verónicas. Se quedaba algo corto, lo que le obligó a erguirse, lanzando al viento que ya amainaba más de un lance desafiando a Eolo, con la suavidad del humo que flota. Al caballo fue a pasar, sin montar mucho jaleo, discreto y medido. Perdía las manos en los capotes que se le cruzaban, pero no se vino abajo el animal. Se le dio un notable tercio de banderillas, tras el que saludaron Javier Perea y Antonio Vázquez. El comienzo con la pañosa fue de rodillas, dándole distancia. Comenzó Manuel Perera dejándole la muleta puesta, sacando uno tras otro y tras otro. Se tenía que apretar para tragarle cada mirada a sus muslos, y mandarle por abajo. Así lo hizo mientras duró con recorridos. Una vez acortó, se arrimó Perera, plantándole las femorales en la cara, para pegarlos de uno en uno. De buenas a primeras, llegó el topetazo, feo a los ojos, pero sin consecuencias. Se recompuso y se fue a entregarse igual por el pitón derecho. Lo de la banda es para escribir un libro aparte. Bien parecían capacitados para escribirle una novela al Señor Burns, faltándoles ser mil y con máquinas de escribir en vez de viento y metal. Qué falta les hace un paso de palio. Esto se lo hacen a una cofradía de las de negro aquí en Sevilla y acaban limpiando plata. Circulares invertidos sirvieron para ir cerrando faena, planteando distancias que parecían imposibles. Puso media estocada en el sitio, que lo echó, y le cortó una oreja, algo generosa por la espada.

Bello de hechuras era el castaño cuarto, fino de caja y terciado de cuajo, sin ser bajo. Con el olor de la ciudad que nos ampara le anduvo con el capote Manolo Vázquez, con el pesar de que el astado que tenía delante desacompasaba a cada cuanto perdiendo las manos. No pareció ni mucho menos ir flojo de fuerzas en el caballo, pues empujó gallardamente, llevándose al caballo que montaba José Antonio Murillo contra tablas aun con la cara arriba, sembrando la épica a cada bufido. Complicó por momentos en banderillas, acortando distancias. Comenzó aquello. Iba rebosante el del Parralejo. Cadencioso le quería componer su obra, ante la buena condición del animal, que iba obediente y se entregaba por los bajos. Cuando todo fluía, como un silencio atronador en medio de una sinfonía, Vázquez le sopló al novillo la mejor serie de la feria hasta el momento. Puede que se diga pronto, pero qué bien se dice. La música venía de las telas, de las que acariciaban el albero de la Catedral. A partir de ahí todo se decía poco, pero ya bastaba, pues había resucitado a Híspalis. No redondeó suficientemente los finales la faena, lo que hizo decaer lo que se quería augurar. Cogió la espada, y pinchó hasta tres veces. Puso un bajonazo de final, que lo pasaportó a los suelos, fallando de nuevo el malogrado puntillero y sonándole el aviso. Finalmente lo volcó. Saludó otra ovación.

De brava figura era el que dicen que no hay malo, coloradas sus pieles. Lo meció con la seda González-Écija arrancando más de dos y tres oles, apretándole el toro. El caos llegó a la arena en varas. Poco después de dar una voltereta que bien parecía que lo iba a mermar un rato, le metió tal arreón al corcel que lo mandó a rebozar, derribándole a él y al del castoreño. Le saltó hasta la silla al caballo, por lo que tuvo que poner el segundo puyazo el picador que guardaba la puerta, que lo hizo encelarse más aún y expresarse como bravo que era. Las banderillas levantaron las palmas sin llegar al saludo. El novillo que andaba los arenas era de nota. Como un torbellino se arrancó a la muleta de González-Écija, que le aguardaba en los mismos medios de la plaza. Metía jaleo. El toro era de revoluciones miles, transmisor, de los que tienen chispa y picante. Jaime González-Écija le mantuvo el pulso, ganándole las acciones y logrando no trastabillarse incluso en las embestidas más intensas. La pega quizás residió en el cambio de terrenos que forzó el animal, yéndose de camino a tablas progresivamente, sin rajarse, más guiado por querencias y por el devenir de la faena. Pero lo dicho, estuvo a la altura de las circunstancias, toreando mucho, bien, y por abajo, y largo como él sólo. La faena tuvo sus compases hasta el final, a pesar de ser menos seguidos, pues el bravo novillo tenía para aguantar lo que le echasen. Para ser de vuelta al ruedo le faltó un poco de final en sus acometeres, pero por lo demás chapó. No hubiera sido ninguna locura dársela. Llegó la espada, con la que marró lo que estaba por ser un triunfo, pinchando tres veces y poniendo una entera algo contraria, que lo mató. Saludó una fuerte ovación.
Novillo de nota

El último de la tarde era del color del carbón, finas sus agujas. No estaba la tarde para dejarse nada en casa. Y Manuel Perera se fue directo a toriles, dispuesto a postrarse una vez más. Caso omiso le hizo el animal al salir, pero de seguir allí cuando estaba por irse se le acabó arrancando, ejecutando bien la suerte. Toreó con aires de oro viejo, por delantales arrebatados. Tomó una puya de cada caballo que había en el ruedo, pasando sin mayores. Las banderillas fueron lucidas, honores a las cuadrillas. Brindó la muerte del toro a Paco Ojeda, y desde los medios lo esperó de rodillas. La faena estuvo cargada de impacto al principio, sonándole la música al de luces. Aguantaron el voltaje unas tres series, intensas tela. Pero acabó desluciendo, recibiendo voltereta Perera, parándose el toro por completo. Allí poco se podía hacer, pero la duración ya era adecuada. Por ello tomó la espada, la cual plantó de un cañonazo. Se le pidió la oreja y se le dio, muy excesiva esta.

La novillada de El Parralejo salió muy interesante, con novillos que tuvieron en común los buenos comienzos de faena y la expresión en el caballo generalmente, pero algunos sin llegar a puerto y otros destacando sobre el resto. Se alzó sin duda sobre los demás el gran quinto, al que poco le faltó para el pañuelo azul. Los tres novilleros dejaron su impronta, tres palos distintos, los tres necesarios. Manuel Perera llegó al público, hasta un punto en el que fue premiado con orejas que le sirvieron para salir a hombros pero que no fueron plenamente de la categoría de Sevilla. Sin embargo, no es para quitarle méritos. Estuvo en novillero y no se dejó nada fuera del ruedo. Hizo lo que tenía que hacer. Ambos Vázquez y González-Écija acusaron espada, pero su concepto, si Dios quiere, les hará andar las arenas de España y etcétera durante unos pocos de años, seguramente. El ambiente hoy fue mucho mejor que los dos días anteriores, a pesar de la menor entrada, sobre la media. La banda, muy, muy, muy mal.

A uno le deja con hambre, le pica el gusano por dentro ver cómo hay gente tan cercana a un servidor en edad que está luchando por lo suyo en algo tan complicado como el toro. Todos luchamos por algo. Y todos llegaremos a puerto algún día. No le perdamos la cara al toro. Verso y me voy:

El hambre mueve montañas
Se come hasta las monedas
El hambre seremos nosotros,
Dime si te vas o te quedas.

RESEÑA

Martes, 21 de septiembre de 2021. Plaza de Toros de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla. 3ª de abono. Novillada con picadores. 6 Novillos 6, de El Parralejo, para Manolo Vázquez, de Purísima y oro, ovación con saludos con aviso en ambos; Jaime González-Écija, de malva y oro, ovación con saludos tras aviso y ovación con saludos y Manuel Perera, de celeste y oro, oreja y oreja.

Incidencias: se desmonteraron, tras banderillear: Felipe Provenza, en el primero; y Álvaro Núñez y Antonio Vázquez en el tercero.

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