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El tumultuoso nacimiento de las corridas falleras

A pocos días de comenzar la Feria de Fallas en Valencia, es imprescindible recordar el nacimiento oficioso de las corridas en esta fecha, pues tradicionalmente la feria que se celebraba en la capital del Turia era la de julio. En la década de 1920, el apogeo de un joven valenciano que se había convertido en la gran esperanza de la tauromaquia tras la desaparición de Gallito, Manuel Granero, provocó que la empresa programara un festejo de primer nivel para el día de San José, un festejo que no estuvo exento de polémica, pues un alboroto en los tendidos (llenos hasta la bandera) casi termina en tragedia.

Manuel Granero
Manuel Granero, la promesa valenciana, retrato de estudio (colección del autor)

El inicio de la corrida de San José

Hasta 1921, el mes de marzo en Valencia contaba únicamente con algunos festejos esporádicos en tono menor y un espectáculo mayor en su haber, concretamente la corrida de toros celebrada el día de San José de 1910, en la que se lidiaron seis toros de la ganadería de Concha y Sierra para Rafael El Gallo y José Gallego, Pepete.

Llegados ese año, la empresa que dirigía don Salvador Alcalá (gerente del coso de la calle Játiva) organizó un cartel que según el famoso crítico Don Ventura, fue el primer espectáculo bautizado como «Corrida Fallera» de la historia. Un origen que no se debe al fuego de las célebres Fallas sino precisamente al enorme entusiasmo que despertó el joven torero Manuel Granero en la bella ciudad de las flores.

Desde su triunfal presentación como matador, se había producido un fenómeno sociológico no experimentado anteriormente con ninguno de sus paisanos toreros. Existía un verdadero entusiasmo por verle torear. Los que ya le habían visto, querían repetir y los que aun no habían tenido oportunidad suspiraban por ella. Con todo ello, no es difícil comprender que el cartel programado, con Saleri II y Chicuelo acompañando al valenciano y lidiando toros de Guadalest, alcanzara una recaudación récord en la época, concretamente más de 80.000 pesetas, significando un lleno hasta la bandera y la reventa por las nubes.

Tarde de expectación…

En una tarde fría de marzo, hicieron el paseíllo las cuadrillas de los tres matadores. De la plaza abarrotada brotó una espontánea ovación al torero valenciano, que desfilaba con Saleri II y Chicuelo, obligándolo a saludar en el tercio tras la finalización del paseíllo.

Sin embargo, la que por su ambiente sin par mereció ser una corrida de brillante éxito artístico, fue un completo fracaso por las pésimas condiciones del ganado de Guadalest. Granero, tuvo que sufrir la decepción de sus paisanos. Su primero, «Esparraguero» de nombre, fue un toro negro y con buenas defensas pero que provocó ruidosas muestras de desagrado del respetable por estimarlo chico.

Lo lanceó artísticamente y realizó un oportuno quite a Farnesio (su picador) que, según los revisteros de la época, no fue debidamente apreciado. Contrariado y molesto porque las protestas continuaban, hizo una valiente faena con pases variados que remató de dos pinchazos y media estocada.

El público aguantó pacientemente la mediocridad de la corrida con la ilusión puesta en el último de la tarde que correspondía a su torero. Todos, deseaban verlo con un buen toro, pero la suerte tampoco acompañó.

El Guadalest que apareció por los chiqueros, berrendo en negro y que atendía al nombre de «Juncoso» se estropeó casi de salida la mano derecha y comenzó a cojear. Ante el temor de tener un invalido en el ruedo, los espectadores con sus gritos obligaron al presidente a devolverlo al corral. El sobrero que salió aún levantó mayores protestas por su escaso trapío y pequeñez, por lo que siguió el mismo camino que el anterior.

El segundo sustituto, de Campos Varela, era tan manso que huía de su sombra y saltó al callejón varias veces. La desesperación de la defraudada muchedumbre estalló en forma colérica y tumultuosa, y comenzó un espectáculo dantesco que casi termina en tragedia.

Manuel Granero, ejecutando el pase de su invención conocido como de la firma, en Valencia (Archivo Carlos Gil)

… corrida de decepción

El ruedo, quedó materialmente cubierto de almohadillas y otros objetos y parte del público, los más exaltados y enfadados, quiso invadirlo, haciéndose imprescindible la actuación (algo desmesurada) de los guardias de seguridad. Localizado a uno de los agitadores, los guardias desenvainaron sus sables y desenfundaron sus pistolas para subir al tendido en busca de este aficionado por lo que, entre la natural alarma de los graderíos, llegó el estruendo de lo que pareció un disparo.

Las fuerzas de orden público pretendieron desalojar a viva fuerza el sector sospechoso originándose la confusión y alboroto consiguiente, ya que se produjo, por miedo, una desbandada del público hacia los estrechos vomitorios de la plaza por creer que iban a tiros.

Luego, se comprobó que había sido un petardo fallero, que un inoportuno aficionado había hecho explotar, pudiendo originar una verdadera desgracia en la estampida que se creó sin orden ni concierto.

El tumulto había adquirido ya caracteres muy serios, y aunque se saldó únicamente con un puñado de heridos y unos cuantos detenidos, Granero, que seguía en el ruedo ante el último astado de la tarde, abrevió y mató al animal rápidamente de dos pinchazos y una estocada.

Al año siguiente, se volvió a celebrar una corrida en el día de San José, pero tras la muerte del diestro valenciano en mayo de 1922 (este año se cumple el centenario de su muerte), quedaron suspendidas. No se volvieron a celebrar hasta la aparición de Vicente Barrera y Enrique Torres, que con Manolo Martínez, hicieron el primer paseíllo el 19 de marzo de 1928, de lo que sería la importante feria que hoy conocemos, puesto que a partir de aquí, a excepción de los años de la Guerra Civil española, ya no dejaron de celebrarse.

 

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