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Campos de barro

Imagen: @plazadevalencia

Cuando el fútbol no era lo que es ahora, una panda de cursis con las piernas depiladas, el Bilbao le ganaba la partida a sus rivales en campos embarrados. Para el pelotazo largo y el «a mí que los arrollo», el fango importaba lo justo, mientras le ponía grilletes a los virtuosos del tiquitaca.

La escuela sevillana, o sea, mi equipo, solía sucumbir en el Viejo San Mamés cuando tocaba temporal; o tras el manguerazo que ordenaba perpetrar el odioso Javier Clemente si no había llovido bastante. Goicoechea con la segadora solía hacer el resto. Y al que quisiera espectáculo, amigos, se le emplazaba a final de temporada para celebrar el título en la Ría.

Bien pensado, hoy en Valencia ha pasado algo parecido. Diego Urdiales, que torea con las muñecas y con la bamba de la muleta, con los hombros sueltos y las manos flojas, ha sido fagocitado por el vendaval y ha terminado claramente derrotado con respecto a sus compañeros. No estaba el asunto para taconazos.

Enfrente, los portentosos José Mari Manzanares y, sobre todo, Andrés Roca Rey, se han comido al viento con su aplastante arsenal de ambición y recursos. Es cierto que entre ellos existen notables diferencias estéticas, pero ambos usan los brazos más que las yemas de los dedos, el mando impuesto por las buenas, pero también por las malas si hace falta, más que el control de las embestidas a partir de la sutileza.

Con plantas firmes y mano dura, apoyándose en el palillo de la muleta y obviando los flecos de la franela, tirando del pelotazo a la olla y olvidándose del regatito en corto para el que, además, tampoco están especialmente dotados, han salido vencedores en medio del patatal, y si no han ganado por goleada ha sido por los fallos con la espada y el descabello.

A mí me gusta más el fútbol-arte, pero para llevarse la Liga hay que ganar en todos los campos…

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