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¿Guerra?

Muerte en las calles. Ucrania vive el confinamiento de las balas y nosotros el de la incoherencia. Tanto en la calle como en el toro, quien se ve a salvo de las balas pide más de lo que da. Y hasta sin balas nos estamos matando

We at war
We at war with terrorism, racism
But most of all we at war with ourselves

“Jesus Walks”, Kanye West.

Y aunque esté aquí todos y cada uno de los días de nuestra vida, solo de vez en cuando la recordamos para presumir una conciencia social y existencial de la cual carecemos.

Hoy es Miércoles de Ceniza, polvo somos y en polvo nos convertiremos, así como se han convertido en polvo los cimientos de un país entero, Ucrania, que sufre el yugo despiadado de quien no le sabe suficientemente, de quien ignora ergo maltrata. Ha estallado la guerra y tenemos miedo. La angustia salpica los caracteres que escriben los dedos en las pantallas, las lágrimas de cocodrilo y los rasgares de vestiduras tras la barrera digital. La angustia ahoga a los ucranianos, y nadie les tiende la mano. Suplican ayuda, recogen silencio.

Y aunque la muerte se planta en el albero cada tarde a nuestra vera, y nos estamos olvidando de mirarla con el respeto que merece. Tan solo le miramos cuando se lleva lo que le pertenece, cuando ya es demasiado tarde, y como decía Camarón “maldito sea el hipócrita que reza una plegaria”. El vestido de luces se queda corto ante quienes esquivan balas en lugar de pitones, y de allí a esos héroes no hay quien los saque (ni a hombros, como merecieren).

Deberíamos de recordar, al ver al toro, nuestra naturaleza. Poner los pies sobre la Tierra de una vez, para lo bueno si es posible. El toro muere entregando su vida por los suyos, por su casa, por quienes le dieron de comer. ¿Qué se nos ha perdido por el camino? ¿Qué nos impide desvivirnos por los demás, en vez de barrer y barrer hacia casa?

Es de lástima. Es muy fácil pedir la paz desde el sillón, pero la guerra la tenemos cada día a la espalda y no hay quien asome una rama de olivo. Es muy fácil pedir la paz para el prójimo desconocido (y ojalá le llegue) pero de poco sirve si se le hace la guerra al prójimo que intenta caminar a tu lado. Habría que comenzar la casa por los cimientos, ¿no creen?

En el toro no hay balas por disparos, pero eso no quita que de escaramuza en escaramuza, nos acabemos atizando a tiros entre nosotros, a pesar de que “estemos unidos en esto”. Pedimos paz, y no la damos. Pedimos paz, para luego escupir hacia abajo. Pedimos paz, y nos matamos en los despachos, pedimos paz y nos acorralamos para matarnos de hambre. Pedimos paz y los abrazos van cosidos al puñal, pedimos paz y orinamos sobre el albero. Pedimos paz, pero sólo para nosotros, nunca para el de al lado. No hay paz que valga en las bocas de quien la pide, no hay paz puesto que no nace de la boca que la llama gritando. Pedimos paz y siempre mueren los buenos. Pedimos paz, para luego hacernos la guerra. Y seguimos sin horizonte. Ojalá diésemos tanto como pedimos.

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