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¡Formidable!

Lo bueno reside en lo sencillo, en lo más honesto. Lo auténtico calienta los pechos y las gargantas, tira del alma para desbordarse en pasiones. Es complicado definir el encanto del pellizco, de ese algo que se tiene y ya está, sin saber mayores porqués. Es un duende oculto, taciturno, como el que residía en cada poema roto al Cielo por la lengua de Luis de la Pica, como el de unos ojos negros que no se nublan ante lo eterno y cierto. Como el punteo de un tanguillo o la gubia de Montañés. Como la suerte cuando menos se espera.

No hablamos de suerte cuando el don habita en la esencia de quien respira. Lástima que nadie respire por siempre o al menos cuando se le apetezca. El velo del morir a todos es común, hasta a los más grandes héroes que habitaran un cuerpo humano. Sólo es feliz en la querencia el manso, y hoy sonaron los clarines del viento negro. Se ha muerto un bravo, una leyenda insuficientemente consciente de su oro. Un trocito de sinceridad se ha muerto en el mundo, un auténtico se ha marchado, dejándonos recuerdos, escuela y un nudo en la garganta. El Formidable, damas y caballeros, se ha ido a hombros del enorme ruedo de la Tierra. Maldita ironía, irse justo detrás del Rey, que tanto le cantó en las voces de Pamplona, por siempre su plaza.

Juan Luis de los Ríos Raposo le llamaron. 17 de mayo del ’43. Jerez. De ahí al mito de las peñas, pasó enfundado en oros por delante de la cara de erales y utreros en Jerez, Sanlúcar y hasta Madrid. Tuvo que tomar los palos, pintarse en plata y picar billete para renovar carnet. Pasarían años para que otro de los jereles, conquistase Pamplona banderillas en mano. No reunía, pareaba. Purismo del que torea sin pensar el cuerpo ni un solo instante, del que más arriesga y expone aun sin aparentarlo. Templado, torero, por siempre y jamás. No fue menos con la capa, todo un comandante en los alberos. Genuino, genial. Tomás Campuzano, Galloso o Ruiz Miguel fueron sus jefes en la batalla. Figurón de las cuadrillas, leyenda de la plata.

Tenía Argentina a su “barrilete cósmico”, el East Side a Biggie, y nosotros, a un jerezano de anchas caderas y manos testimonialmente nulas e inexistentes en los terrenos de la mentira, eternas las yemas de sus dedos y su corta trazada de paso entre los marfiles por los que asomaba el pecho, sin miedo al morir, honesto, sencillo. El mayor romántico es el que no se sabe en su condición, el que se sonroja con el más pequeño piropo, el que besa la entraña de cualquier ser que respire. Ojalá viéramos nacer de nuevo efigies como la suya, que, en la abstracción de sus idas y venidas, nos hicieran recuperar algo de Fe en este mundo que se nos quiere morir. Se va el torero, pero sólo muere quien es olvidado. Se va con su hijo, a quien vio irse joven. Adiós, Formidable. Intercede por nosotros.

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