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Cien años. “Al genio del Matadero”

La Fundación Cajasol agotó el papel en una tarde en la que Pablo Aguado y Juan Ortega alternaron sus voces para rendir homenaje al torero de San Bernardo en un acto moderado por Álvaro Acevedo

Es miércoles, 23 de febrero, y hoy, Pepe Luis Vázquez, el Sócrates de San Bernardo para quien aprendió en su día a apreciar el arte de Cúchares, vive como si el tiempo no hubiera existido nunca.

Ocho de la tarde. Fundación Cajasol. Sevilla, Calle Chicarreros número 1. Ya cayó la noche, hace rato. Se arremolina el ambiente en torno a la sede del evento, no pega el sol ni huele tanto a habano, pero bien pudiera tratarse del propio de una tarde de toros si del aire que se respira se habla.

El cartel no es como para no frotarse las manos, y es que alternan en mano a mano Pablo Aguado y Juan Ortega, actuando de sobresaliente y como moderador nuestro compañero  Álvaro Acevedo, sabiéndose los hoy anunciados responsables de promulgar y defender un legado tan sevillano como arrabalero: el de Pepe Luis. 

Se encienden los foco a falta de pasodoble, y comienza el coloquio. Pepe Luis nace y vive aún en Sevilla, no en su cuerpo sino en las almas de quienes lo conocieron a él o saben de su legado, y es así desde la veteranía de grandes aficionados hoy presentes en las butacas como tendidos, así como en la juventud abundante, ambas de la mano abarrotando el Teatro.

Miren si es eterno el concepto, que no se puede evitar hablar de naturalidad. Coincidieron ambos diestros hoy con el micrófono por muleta en que bien pudiera parecer Pepe Luis un torero para nada encerrado en épocas, del que en avance y transmisión raíces de su atemporalidad le separan únicamente el color de sus fotos. 

Fotos seleccionadas minuciosamente por Álvaro Acevedo sirvieron como hilo conductor de un coloquio que quiso plantear a modo de tertulia lo más llana posible, como indicó con sus palabras “como si de hablar en un bar se tratase”, eso sí, de toros, y bien. Los oles hoy se sucedieron al pasar cada instantánea, auténticos espejos de la sensibilidad y el mando de su toreo, de su elegancia y su dominio, de su arte y su eternidad. Esa poderosa fragilidad que tan pocos son capaces de llover, y que él sólo supo encarnar. De percal y de franela, de capote y muleta. A la verónica, manierista a la par que monumental, en las medias arremolinadas con las plantas asentadas y hasta en alguna chicuelina que le revoloteaba sobre los codos. Con la espada montada con la mano derecha (como si no hubiere metal alguno que sostuviera, reinando el aire), o sin ella, y al natural. Al torear tan despacio que igualmente, retratado desde el objetivo, rezume movimiento a la par que quietud total y absoluta (hasta en las telas), como si este existiese únicamente según los ojos con los que se le mirase. A sus pies juntos, plantas tumbadas sobre el albero sin un ápice de desarraigo. Como para no entender que fue él quien vistió, con su estampa, a la Giralda con un traje de luces.

Se habló de aspectos técnicos, así como de anécdotas. Recordó Juan Ortega cómo su maestro, Pepe Luis Vargas, al que el arrabalero llamaba cariñosamente tocayo, le escuchó el inmenso sentido de la medida en sus palabras un día de tentadero en lo de la Viuda de Tassara, donde se pronunció de esta manera: “A cualquier faena que dure más de lo que tarda uno en tomarse un café y unas galletas se le va la hora”. 

Se habló también del miedo, a lo que Aguado pronunció una frase memorable: “Para torear bien hay que tener miedo”. ¿Qué más decir?

Queda claro que en Pepe Luis Vázquez vive aún el toreo como arte, aquel el cual se interpreta según los ojos que lo observan para emocionarse. Aunque ya no esté su efigie entre nosotros en lo físico, nunca dejará de existir la huella con la que marcó el albero de esta ciudad y el de tantas otras. Tampoco su legado, del que, como bien dijo Álvaro Acevedo, le separan a los toreros de hoy en día unas pocas corridas de Miura a las espaldas. El homenaje que hoy se le rindió sirva para conmemorar el centenario de su nacimiento, para que vuelva a nacer de nuevo, sobre el ocre albero de su Maestranza. Va por usted, maestro.

Imagen: Fundación Cajasol

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