Un torero honesto y una corrida tapada

Román es un torero honesto: nunca hace teatro y se esfuerza al límite de sus posibilidades. Hoy se ha entregado frente a un toro bravo y frente a otro fiero, con un balance de una oreja y una cornada. La corrida era de Luis Algarra, mejor que muchas de nombres rimbombantes.

El primer toro, por ejemplo, fue excelente. Precioso de hechuras, fijo y bravo, se vino a la voz cada vez que Román lo citó de largo. Luego embestía con franqueza y recorrido. Además era alegre y repetidor, y con la duración necesaria. Treinta arrancadas de categoría. Román se acopló bien con él y lo entendió estupendamente, dándole pausa entre las series y la distancia buena para que luciera su arrancada. Las series eran limpias y ligadas, con quietud y mando. Lo peor fue que no le redujo la velocidad al toro, y por eso su trasteo resultó un poco mecánico, sin la huella que deja el toreo lento. Tras entrar a matar con agallas cortó una oreja de esas que nadie discute, pero también de las que saben a poco.

Tras pasearla comenzaron los percances, porque la corrida tuvo tantos sustos como toros buenos. A Gonzalo Caballero se le fue al pecho de salida el segundo de la tarde, quizá con problemas de visión, zarandeándolo junto a las tablas y lastimándolo ya para todo el festejo. El toreo es una actividad de especial dureza, sobre todo a nivel mental: la carrera de Gonzalo, por ejemplo, va de calvario en calvario, y hoy, a las primeras de cambio, se ha visto a merced de un toro que ha podido matarle. ¿No afecta, acaso, un tragantón de este tipo? Luego el toro, soso por un pitón e incierto por el otro, se dejó pegar pases, si bien el lucimiento era una quimera.

Con muchas molestias se marchó a la enfermería y salió para matar al quinto, que fue un buen toro al que no terminó de entender en el momento clave. Porque, tras un par de series notables por la derecha, con Caballero asentado y el toro cogiendo los vuelos del engaño, el animal empezó a marcarle la necesidad de cambiar el pitón, y cuando lo hizo, una tanda de naturales tuvo poca limpieza y ya no quiso insistir por ese lado, que era el que el toro pedía a gritos y además no tan cerca de las tablas. Para colmo, con la espada no lo vio claro. Qué fácil, es cierto, parece todo desde un tendido…

Por ejemplo el sexto se vio soso pero sin comerse a nadie, pero seguramente su lidiador, David de Miranda, le vio más problemas de los que aparentó. Todavía más fácil pareció el tercer toro, precioso y nobilísimo, flojito, ideal para torear con gusto. El onubense le pegó algunos lances y muletazos muy templados, pero su estilo, rígido, con muy poca expresión, precisa otro tipo de toro con más tralla. Y entonces es cuando surge la terrible pregunta: ¿Es a contraestilo el toro o el torero?

Por ejemplo el cuarto fue un toro tremendo, un castaño fiero al que le faltó una virtud determinante: la humillación. De tenerla, hubiera merecido el indulto, pero como no la tuvo, se convirtió en el toro más difícil de la tarde. El más exigente, por utilizar un término moderno. El de Algarra se movió mucho, a veces atosigando al torero, que le plantó cara en una pugna embarullada pero siempre interesante y por momentos de gran emotividad. Ese torero era Román, que ya tenía en su bolsillo la oreja del primer toro, y que luchó a brazo partido con su oponente buscando la Puerta Grande.

A leguas se palpaba que no la alcanzaría, o eso parecía, pero el valenciano insistió hasta el final ligando pases, quedándose quieto, aguantando tragantones y siendo finalmente corneado. Sin mirarse se tiró a matar otra vez con el corazón por delante, y al presidente le faltó un poquito para haber sacado su pañuelo. Tras una vuelta al ruedo con la pierna a rastras, se marchó con el orgullo intacto un hombre honesto, virtud imprescindible para andar por la vida, ya sea uno torero, albañil, empresario o periodista…

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