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«¡Torero!»

Foto: Arjona-Toromedia

Volvió la ilusión a Sevilla de manos de Tomás Rufo. No saben ustedes lo que la echábamos de menos.

Escribir con las piernas temblando es más difícil de lo que parece. Decía Corrochano que nadie sabía de toros, pues creía que Joselito sí y vio como lo mataba un toro. Yo no tengo ni idea de esto. Pero no me hace falta saber para adivinar que hoy, en Sevilla, ha pasado algo muy grande. Posiblemente desde aquella tarde con Aguado y «Cafetero», hacía tiempo que no se vivía una ilusión igual en la Maestranza, por un torero que está, y lo que le queda por venir. He aquí a Tomás Rufo. Torero.

Rotundidad es la palabra. Si hay que morir se muere, cada quién escoge su destino en la realidad que le toca vivir. Rufo hoy vino a triunfar, y se fue a hombros de la Plaza. Cuando se torea, se vive. Una tarde como la de hoy no nos ha dado sino más arena en el reloj. Pero no me hablen de tiempo, que esta tarde eso no existió.

Dolía ver que el público no terminaba de conectar durante gran parte de su faena al tercero de la tarde, labor de importancia, sabor y severo mando. Toreó expresándose en el sentir, hundiendo mentón, entorerado con su oponente. Para cerrar, se echó aquello a los lomos, y puso el celo que le faltaba al toro para ejecutar una tanda de tal rotundidad, que hizo saltar a los tendidos. Como para no rematarlo con un estoconazo, el mejor de la Feria hasta ahora junto con el que sentó Fandi el otro día. Pero lo verdaderamente grande llegó en el sexto, un morlaco que se asomaba a las coronillas de las monteras a cada paso por tablas. No tuvo mal embestir, pero fue manso en comportamiento. A él se fue Rufo, buscándolo, con una colocación y una raza propias de quien lleva muchos años en esto. Más música hizo en el ruedo que Tejera en el balcón, entre estallidos de alma que brotaban de la piedra, empapada de sentir. Se coronó en un barrizal. A matar o morir pinchó arriba, llevándose una fea voltereta que sería tan sólo precedente para una buena estocada, que lo rodó sin tardar. Un mar de pañuelos eran las gradas del Baratillo, que luego inundarían las calles del Real de la Feria. La Puerta estaba echada abajo.

Si bien la corrida de Victoriano ofreció opciones más que de sobra, el ambiente, del que tanto hablábamos estos días, fue de peor a mejor, derivando en una gran tarde de toros. Mas allá de otras soluciones, es esta la mejor forma de hacer afición. Por fin salí contento. Porque hoy hubo casta, emoción, gusto y arte. Porque hoy se sintió. Todo sea dicho, El Juli sentó cátedra con su faena al cuarto de la tarde, «liando el taco» como decimos aquí. Pero hoy se le cantará a Talavera de la Reina, allá donde Blanquet olió cera. Me gustaría saber qué le vendría al olfato hoy.

Se quedó una noche como para irse a la Feria. Ya le tocó al agua, que venga ahora la manzanilla. Abran paso, señoras y señores. Ahí viene un torero. Seguirá dando que hablar. Tanto yo como todo quien tuvo el privilegio de estar hoy en la Plaza sabe que esto es sólo el principio. El cielo está encapotado. Ahora llueva mi verso. Disfruten.

Si las cadenas me atan

El alma me vuele del cuerpo

Si no siento ni usen la espada,

Será ya que ando muerto;

Hoy vivo por fin el día,

Hoy sueño desde el adentro,

Viva siempre la tierra mía,

Vivan los toros y los toreros.

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