Torear a la mediocridad

En una Sevilla irreconocible, con el estatus y el caché en completa liquidación y una presidencia sin criterio ni mando, un inspirado Morante de la Puebla firma una actuación memorable recordando a uno de los grandes de la historia, el Sócrates de San Bernardo, frente a un valeroso Roca Rey que dejó algunos destellos de su capacidad.

En el ocaso del ciclo continuado de la Feria de Abril y con un nuevo cartel de no hay billetes (después alguno dirá, inexplicablemente, que no le salen las cuentas) se sigue confirmando la tendencia vista durante estos días de que Sevilla ya no es lo que era y que estaba tomando un rumbo difícilmente recuperable, y la Plaza, mi Plaza, hoy ha tocado fondo.

Seguramente, todos tengamos la culpa, desde los aficionados hasta el público esporádico, pero si hay que señalar un gran culpable esta feria es, sin lugar a dudas, el palco. La disparidad de criterio entre los distintos presidentes ha provocado que el público que asiste uno o dos días a los toros tenga sed de triunfo, por lo civil o lo criminal, pero la mayoría de los que van estos días de “relumbrón” quieren llegar a sus respectivas casetas y comentarle a sus amigos y compañeros de noches feriantes que han visto a tal o cual torero abrir la Puerta del Príncipe o cortar X orejas.

Y digo que la Plaza ha tocado hoy fondo porque tras caer el último toro de Núñez del Cuvillo (que ha traído un encierro de desigual juego, pero de manifiesta mansedumbre) se ha presenciado un espectáculo dantesco, por negarle la Presidencia la Puerta del Príncipe a Roca Rey tras una petición mayoritaria. Lluvia de almohadillas, gritos enloquecidos y una imagen de los tendidos impropia de la categoría que siempre tuvo Sevilla.

Y esto no es lo malo, el problema es que esta misma masa popular, ha enmudecido las leves protestas al conceder el presidente las dos orejas a Roca Rey tras un pinchazo hondo al primero de su lote. Una faena, todo hay que decirlo, que seguramente sea la mejor que ha firmado el peruano en la Maestranza, con un valor casi de inconsciencia y dejando algunos muletazos al ralentí que nos han recordado a ese Roca de novillero que toreaba mucho y muy bien, lejos de alardes de gallardía y tremendismo para ganarse al gran público. Si el presidente, hubiera tenido criterio, habría concedido un único trofeo, aguantando una bronca seguramente, pero evitando el bochornoso espectáculo final con una petición mayoritaria. Error no salva otro error…

Pero ante tanta mediocridad, ante unos tendidos repletos de aficionados que lo parecen más al balompié que a la tauromaquia, apareció un rayo de luz venido desde la Puebla del Río, y es que Morante ha estado excelso en el cuarto de la tarde, y lo triste es que la mitad de la Plaza ni se ha enterado. En los tendidos ya se estaba preparando la gente para empujar el cerrojo de la del Príncipe, pero allí salió Morante con su muleta plegada, recordando a uno de los grandes de la historia y su famoso cartucho del pescao, y a los que les gusta el buen toreo, el toreo vertical, el que no pasa de moda y más valor exige, han hecho callar al coso maestrante para disfrutar de su toreo. Una faena armónica, inspiradísima, ante un animal que se rajó demasiado pronto, pero que Morante cuidó y mimó hasta el final y plasmó algunos de los muletazos más bellos de lo que llevamos de feria. Al final, eso es el toreo.

Terminó Morante (que por cierto llevaba un terno precioso) con una buena estocada que hizo caer rápido a su oponente y tras la frialdad por parte del público al inicio de la petición, le fue concedida la oreja, una oreja de ley y sin discusiones. De todos modos, el de la Puebla está por encima de cualquier valor numérico…

Ortega termina la feria de vacío, dejando algunos destellos del torero que es y puede ser, pero debe cambiar la actitud y no esperar siempre a que salga el toro idóneo. De todos modos, este torero vale, y Sevilla, al menos la Sevilla añeja y aficionada, lo sabrá esperar…

 

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