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Through the wire

Daniel Luque dejó los pocos pasajes de luz en una tarde oscurecida por el nulo juego de los animales de Fuente Ymbro, exceptuando el tercero, que algo pudo albergar, del que Gerena perdió la oreja por la espada. Mal Ferrera y desapercibido Perera

Esta y van ya diez. Y qué poquita cosa. Vale que se busquen detalles, pero en la monotonía de lo insulso lo malo es complicado de contrarrestar. Van diez de abono, pero no son muchas menos las tardes que tanto el que escribe como los que lo rodearon en la piedra salieron cabizbajos de la Maestranza, cruzando los dedos y entonando un “mañana será” que cada vez suena menos esperanzador. Cuatro tardes quedan y, para lo que todos esperábamos y ansiábamos, no mucho nos llevamos en los bolsillos. El Cielo azul, azul como sólo lo es en Sevilla, se cierne desafiante sobre las almas de los que lo miran buscando, pidiendo respuesta. No será hoy, quién sabe mañana.

Desperezándose pisó el albero de Sevilla el hondo y voluminoso primero, imponente de figura, negro de capa, muy pesado en carnes (¡630 kilos!) y fino de pitones. Antonio Ferrera le tenía el capote entre las yemas de los dedos, rindiéndole saludo por espumosas verónicas, con una pintoresca media arremolinada sobre los pies. Fue de seguido al caballo, apenas con dos lances entre los puyazos, no por nada sino por intención propia, castigándosele adecuadamente, empujando fuerte pero adormecidamente el toro. No defraudó y cumplió con las prominentes expectativas la cuadrilla de Ferrera, bregando y pareando como ordenan los cánones. Brindó el extremeño a Sevilla. Se amontonaba el morlaco próximo a los adentros, desde donde caminando hacia los arrabales de las rayas planteó inicios el diestro. Siguió llevándoselo por los medios. Allí ligó y le templó las asperezas por bajo al toro, que cumplía medianamente si se le pedía, a lo que su lidiador pudo lucirse en una notable serie. Se le trabó en posteriores series el trazo a Ferrera, perdiendo calidad el toro y los muletazos, que se terciaban en enganchones que lo embastecieron por momentos. Volvió a sí el de Badajoz en los mismos terrenos en los que comenzó faena, arrancándole alguna serie al toro reavivando su obediencia y dibujando de nuevo airosos trazos ahora con la zurda, que perdían en transmisión por la forma de moverse del animal, algo sosa en la muleta que le lidiaba a pesar de un buen fondo. Hubo quien le aplaudió, así como quien le protestó. Tomó la espada. Pinchó en primera instancia, poniendo en segunda una media lagartijera que lo rodó sin puntilla en segundos. Fue silenciado.

Maravillante, al menos para el que escribe, era la efigie del segundo toro de la calurosa tarde. Jabonero sucio de capa, rizados los pelos de su morrillo, fino y rematado de pitones, de seriedad armoniosa y sin un sólo kilo de más, musculadas sus carnes. Su suelta manera de caminar las arenas sevillanas hizo que Miguel Ángel Perera tuviera que ir a buscarlo, plantándole sendas verónicas a pies juntos, al ralentí, y una media de remate, todo ello mandando así como ganando terreno camino a los medios. Entró a la vez que se empleó intensamente en el caballo de picar, expresándose desde abajo y hasta arriba, vaciándose de riñones. Hacía hilo y medía en banderillas, mas no fue ello excusa para que Javier Ambel se hiciese con el tercio, poniendo dos pares que le trajeron consigo la ovación del público, la cual saludó montera en mano. Ajeno a rayas comenzaba la manufactura de Perera. No iba a durar mucho. El trato que se le dio al toro de inicios no fue el más adecuado. Había que venirlo arriba para que respondiese, y Perera le pedía excesivamente por debajo, lo que hizo perder las manos al de los marfiles en repetidas ocasiones, rebajándole en lo que parecía que podía hacer en su muleta. No lo mostró apenas en la franela el torero de Puebla del Prior. Tenía virtudes, tales como la prontitud al cite adecuado, o la templanza de sus embestidas. No se le dejaron ver casi. Breve Perera, que puso la espada en el sitio, haciéndolo echarse a lo poco. Silencio.

Como para que lo grabase Goya era igualmente el tercero, negro éste de pieles, fino e imponente de serpientes. Abanto fue de salida, sin atender gran cosa. Ahora bien, bendita fue la hora en la que Daniel Luque lo encunó en su esclavina. Lo hizo repetir desde el primer lance. Lento y costoso, como la seda, coloreó el carbón que cubría los cueros de la bestia. Pedrería de alamares, poniendo el traje de luces por encima de cualquier corona. Tres medias tres. Se pasó del día a la noche por medio del caos. El de Fuente Ymbro se fue directo a por el caballo que guardaba la puerta, con tal ímpetu que lo echó primero a los aires y luego a los suelos, dejando atrapado al varilarguero, el corcel sobre su pierna. Se volvió a armar aquello por momentos, pero cuando el orden parecía establecido, en lo que Luque hacía por colocarlo en la jurisdicción de su correspondiente picador, se le vino para el pecho haciéndole de topetazo contra el suelo, vistoso pero sin consecuencias. Engallado, Luque lo galleó por Chicuelo, de nuevo arrancando el cante por palmas de los tendidos. El burel se empleó en una nueva demostración de fuerza en el peto. Tenía capote para rato, y no quiso irse el de Gerena sin soplarle un último quite, por verónicas éste, desde los medios, rematando de revolera. Correctos sus hombres en banderillas. Brindis al público. Luque se dispuso a comenzarle a bocetar cercano a tablas. Lustrosos los andares de ambos, la franela se meció templadamente, el mentón hundido, el compás abierto, la mano en la cintura. El cornúpeta se empleaba en las primeras series a lo que se le dejaba la muleta puesta, los espacios correspondientes y la altura que pedía, exigiendo pero con medida, como todo lo que hay que andar en este vida. Hasta le sonó Tejera, que no sé si de poco que sonó, caía redondo en mis oídos, que se colocaron con cada acorde. Pero no redondeó el animal. Llegados a lo que estaba por ser la mitad de la faena, el toro comenzó a rajarse, partiendo hacia tablas cuando se le antojaba. No se iba en exceso, ya que Daniel Luque le apretó sin amedrentarse. Pero la obra perdió mucho vuelo, por lo que tuvo que construirle un final arrancando el poco jaleo que quedaba y yéndose a por la espada. Tenía opciones para tocar pelo. Pero pinchó. Puso en la segunda entrada una estocada entera, quizás un punto atravesada, a la que el toro vendió muy cara la muerte, sonando hasta un aviso. Finalmente rodó. Hubo una petición que rondó la mitad de los allí presentes, sin mucha fuerza sin embargo. No fue concedida por el mal uso de la espada. Se premió al torero de Gerena con una fuerte ovación.

Algo más ancho pero menos largo de pitones era el también negro segundo. Anduvo seguido y codicioso en el capote de Ferrera, que se limitó a lancearlo meramente por ambos pitones. En el caballo, empujó con ahínco, aunque el trato que se le dio no fue correcto, ya que se le pegó en exceso, restándole notablemente en cualidades, saliendo no descompuesto, pero disuelto en malas aguas. Distraído se le pudo ver en banderillas, sin atender apenas al cite o zapatazo, complicando, sin embargo a la altura los del extremeño, que no quiso tampoco banderillear a éste, su último toro en Sevilla al menos por este año. Y había que coger la muleta. En efecto, se había quedado prácticamente sin toro tras el mal planteamiento en varas, y ahora tocaba apechugar. No lo hizo especialmente. Se limitó a menearlo de un lado a otro sin ni siquiera aprovechar las esporádicas opciones que en forma de embestida suelta, le hubiera ofrecido el animal si le hubiera dejado. No se cruzó, le anduvo perfilero y con la espada montada, despegado y sin acople. Mal. Sevilla le increpó. Del toro poco más puedo decirles ya que no le fui capaz de ver más con lo que se vio en la plaza. Ferrera fue a por el acero, el cual clavó a medias y algo caído, pero lo hizo echarse. Pitos al torero.

Las dos velas del quinto eran de ojú. Anchas, y queriendo rascar el cielo. Del color del carbón. Repitió en el capote de Perera, que se lo tuvo que sacar hacia afuera de las rayas ante las apretadas embestidas del tío que tenía delante. Acudió forzudo al caballo en ambas entradas, algo desordenado, eso sí, atacando a cabezazo limpio los cuartos traseros del jamelgo petado. De altos méritos fue el tercio de palos. El toro se atrincheró entre los terrenos de los tendidos 7 y 9, aculado en tablas, a la defensiva impura y dura. Entre Curro Javier y Javier Ambel (capicúa) a la lidia se inventaron el último par, puesto en todo lo alto y por derecho, sin taparse ni un centímetro. Puso en pie a más de uno. Desmonterado Curro Javier, saludó en nombre de ambos la ovación. La faena de Miguel Ángel Perera empezó por tirar del toro a contraquerencia, por ver si albergaba algún clavo ardiendo al que agarrarse. Nada. En lo poco que consiguió ligar, que fue de recibo, terminó el toro por echar pitones por tierra, volviéndolo a hacer repetidamente en varias nuevas pero mal conocidas ocasiones. El toro no atendía al cite, inmóvil ante el toque. Perera insistió, pero nada se encontró. En distancias más cortas probó también visto ya que poco había, sin mayor éxito. No era para andarse con rodeos. No cosechó tampoco la luz con la espada, pinchando hondo tres veces, descabellando a la primera. Silencio.

No menos serio aunque menos descarado de arboladuras, un punto bizcas. No guardaba en su adentro más que el devenir en la capa, en la que se limitó a repetir, sin estirarse Luque. Bien acudió al caballo, discreto pero intenso. Las banderillas discurrieron sin grandes luces, sin emplearse especialmente el toro, favoreciendo la salida suelta de los ojos del público sobre su discurrir en el albero, cansados ya. Ya estaba allí Luque con la muleta montada, a ver si se podía sacar algo de aquello. El franciscano tenía cortas virtudes. Se limitaba a obedecer intermitente y aburridamente, nulo en entrega, componiendo poco más de un cuarto de muletazo. Luque, que está y sigue que ve toro por todos lados, incluso de ahí se sacó de la chistera series que pocos o ninguno se hubieran imaginado, pero con muy poca transmisión, más que una nueva demostración de poderes y mérito por parte del sevillano, que no se fue sin intentarlo. Pero pedía fin la tarde. Y su espada lo sabía. Pinchó en el primer intento y enterró la espada en el segundo, cayendo esta vez en breves, y adiós muy buenas. Ni un instante tardó Sevilla en abandonar su piedra, que le quemaba, y eso que ya ni pegaba el Sol. Silencio para el torero, ruido rumbo a la calle. Pitos al toro no faltaron. A él y a la corrida.

Muy vacía en castas e interés salió la corrida de Fuente Ymbro, muy bien presentada al menos. Sólo pudo escaparse de esta línea (y sólo parcialmente) el tercer toro de la tarde. Daniel Luque le imprimió lo mejor de la tarde, mandando y sometiendo, llenando a pesar de la falta de finales del morlaco. Perdió la oreja por la mala muerte. Ferrera estuvo mal. Lo poco que anduvo, falto de confianza y compostura. Ni siquiera banderilleó en su última tarde este año en la Maestranza. Se le increpó la mala Feria que ha dado este año, sin dejar apenas nada en ninguna de las dos tardes en las que se anunció. Sin hacer ruido pasó Perera, ni más ni menos, sin transmitir lo que hizo más allá de detalles con el capote, sin mostrar al primero y justificado con el segundo, vacío. La entrada fue de algo más de media plaza.

Una tarde más, más bien noche ya, salgo de tu piedra con los hombros por bajo. No creas que no te espero, te has dejado ver bien poco este año. Pero dueles en tu belleza. La de otros no sé, pero mi alma te esperará en donde siempre, por si algún día te da por buscarla. Aquí estaremos de nuevo mañana. Y así hasta que Dios quiera. Te vuelvo a entregar mi verso:

Vacío en tus brazos
Navega mi alma
En un mar que en años
No ha visto la calma.

RESEÑA

Miércoles, 29 de septiembre de 2021. Plaza de Toros de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla. 10ª de abono de la Feria de San Miguel. 6 Toros 6, de Fuente Ymbro, para:
Antonio Ferrera, de verde bandera y oro, silencio en ambos; Miguel Ángel Perera, de grana y oro, silencio en ambos; y Daniel Luque, de azul Soraya y oro, ovación con saludos y silencio.

Incidencias: Javier Ambel se desmonteró tras su gran labor banderilleando al segundo toro de la tarde. Hizo lo propio Curro Javier tras parear al quinto.

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