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Téllez, frente al peligro

Salió un toro con peligro, y ése fue el tercero de la tarde, porque esa calidad de embestida deja en evidencia a cualquiera. Enfrente, nunca mejor dicho, estaba Ángel Téllez, un torero nuevo de escasísimo bagaje. Con doce naturales solucionó el conflicto; los suficientes cuando se sabe torear.

Si bien me conmovieron la gallardía y honestidad de Joselito Adame en su intachable regreso a Las Ventas, la feliz coincidencia de un torero con mensaje y un toro con clase no sucede todos los días, y esto hay que celebrarlo.

Porque el crimen artístico que se perpetra cada vez que sale un toro así y cae en manos de un torero carente de tacto es terrible. Y el problema es que no hay nada que reprochar: pedirle a un torero sin calidad que esté a la altura de un toro con ella es injusto… además de inútil. Pero cuando se encuentran los dos, entonces es cuando de verdad el arte de torear adquiere su verdadero sentido, más allá de cuestiones contables (las orejas que no cortó Ángel); y las rentables (los cortijos que quizá nunca se compre).

Salió ese tercer ejemplar de Araúz de Robles precioso de cara y fino de hechuras. Me extrañó que pasara el fielato del reconocimiento, pero celebré que así fuera. Mucho más cuando hizo el avión en el capote del joven espada, en la revolera con la que remató un quite. Ahí, definitivamente, cantó el toro que era un superclase.

La faena empezó atascada porque Ángel, con la mano derecha, no torea con los vuelos, sino con el palillo de la muleta. Otro cantar fue su mano izquierda: esa muleta cogida con dulzura, ese medio pecho orientado hacia el toro, esa pierna adelantada, esos flecos del engaño arrastrando muy despacio y ese pulso para acariciar las embestidas de principio a fin de cada uno de sus exquisitos naturales.

Sólo me desagradó su excesiva parafernalia a la hora de cruzarse y vender el cite en cada muletazo, un cuento chino que gusta mucho en Madrid pero en el que no debe caer un torero de su clase. Al toro hay que torearlo despacio, pero pronto. Tampoco hace falta alargar las faenas cuando se torea con ese ritmo y ese estilo, así que a los doce muletazos con la izquierda se fue Téllez a por la espada, con un impagable sentido de la medida. Pinchó, lo cual supone una mala noticia para él y para su apoderado. Yo, como sólo soy periodista y antes que eso, aficionado, celebro el toreo cabal de Ángel Téllez, un muchacho que ha dejado huella.

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