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Soldados del toreo

Sus nombres no están en los carteles, relucen en el sentir de los buenos aficionados, esos que no pierden detalle de todo cuanto ocurre en el ruedo. Capa y palos por trastos, el servicio al arte, que es arte en sí mismo. Amor al toro, hermandad con el torero. La plata es el amparo del oro. Los banderilleros son brega, cuarteo, puntilla. Taparse, dejarlo, moverlo. Si el mundo gira es por el trabajo de grandes hombres que viven sin miedo a la sombra, arropados en ella, subiendo a sus hombros a quienes están hechos para brillar. Así va esto.

Rara vez se les da voz, y si se les da es para recluirse únicamente a un percance, un cambio de cuadrilla o una retirada definitiva de los ruedos. Sus voces, a pesar de cubrirse de sombra por el mundo que les rodea, son tan dignas de escuchar como cualquier otra, y tiene un valor incalculable, natural de la sabiduría en su palabra, en activo o no. Y tienen historias dignas de contar.

Me senté a hablar con dos toreros que cada día entregan su vida al toro, ya sea todavía en los circuitos o retirado. Dos hombres que han vencido al sufrimiento, que han mirado a la muerte cara a cara. Aprendí de ellos que la vida enamorada es la vida mejor, que la pasión nos mantiene vivos, y que todo pasa, hasta nuestra existencia.

A Juan José Domínguez lo conoce todo buen aficionado, como uno de los “banderilleros en figura” en la actualidad. Ha estado en cuadrillas de primera línea muchos años, por su capacidad y desparpajo innato, resolutivo, consciente. El foco mediático apuntó su nombre hace no mucho, si mal no recuerdan, tras la grave cornada que sufrió en Vistalegre durante la Feria de San Isidro del pasado año. Casi muere, pero está aquí y tiene mucho que decir y torear. Y es que ha vuelto con más hambre que nunca.

Juan José Domínguez

  • Me gusta empezar con preguntas complicadas. Más allá del que se viste de luces, más allá de Juan José Domínguez, ¿quién eres?

JJ.D-  Creo que soy de mi familia, de mis amigos. Además de eso, soy un defensor acérrimo del toro.

  • Para vestirse de oro hay que tener mucha afición, pero también hay que tenerla para vestirse de plata. ¿Incluso más?

J.J.D- Uno cuando empieza sueña con ser figura del toreo, aunque hoy en día hay muchos compañeros que empezaron siendo banderilleros desde un principio. Pero se nace con eso dentro. Ya cada quien camina y va dándose cuenta de su sitio. Ser figura es algo complicadísimo, y normalmente el ser banderillero se ve como una alternativa, que en muchos casos lo es. Sin embargo, tampoco todo el mundo vale para esto.

  • Tú lo has dicho, ser torero es algo que se tiene dentro, que no hay quien lo decida. Te toca y ya está, luego hay que caminar sobre ello.

J.D- Yo lo he llevado en mí siempre, aunque haya tenido mis más y mis menos. En mi casa siempre hubo mucha afición, y yo hubo momentos en los que me despegué en cierto modo del toro por dedicarme a otras cosas que me apasionaban y lo siguen haciendo, como el fútbol, o otra de mis grandes aficiones, el ciclismo. Ya luego me enganché, la cabra tira para el monte, me di cuenta de que yo lo que quería era torear.

  • ¿Cómo veías la vida durante aquellos años, en tus inicios? ¿Cómo veías el futuro?

J.D- Todo eran sueños. Torear te hace madurar más rápidamente, te da otra visión de las cosas. Te va haciendo persona, desde la más pura inocencia, planteas el esfuerzo en busca de metas, como podía ser codearme con las figuras. Para mí, los mejores años de mi vida los viví durante ese tiempo en el que no me cansé de intentarlo, vivía ilusionado, a pesar de que a veces las cosas no salieran.

  • ¿Con qué momento te quedas de todos esos años?

J.D- Sevilla, cuando toreé el certamen de novilladas de promoción, sin picadores. Yo había visto muchas películas de las de los toreros antiguos, tales como las de Palomo, Currito de la Cruz, “Aprendiendo a morir”… y a mí lo que me hacía ilusión de un compromiso como ese era que, al volver a casa, iba a llevarles dinero para ponerlo encima de la mesa. Y así fue. Mira que después de pagarle a toda la cuadrilla no me quedó mucho, unas ochenta mil. Y me moría por llegar a casa para dárselo a mi familia. Mi padre era fontanero, y muy aficionado, hasta toreaba en el campo. Y fue una alegría.

  • ¿Cómo te lo ponían en casa, lo de ser torero?

J.D- Mi madre tiene mucho carácter, pero siempre me apoyó mucho. Y tal cual, me decía: “¡prefiero que vengas con tres volteretas antes de que vengas con la cabeza agachada, triste, porque no te han salido las cosas!”.

  • No es lo habitual, desde luego, a día de hoy (ríen).

J.D- Hombre, yo me imagino que igual que cualquier madre, ella sufría mucho, sobre todo cuando no salían las cosas, o tenía algún percance. Pero lo llevaba por dentro, prefería eso a que yo estuviera triste, así me exigía, y era lo mejor para mí.

  • Y, ¿cómo fue el proceso hasta tomar la decisión de hacerte banderillero?

J.D- Después de 2005, que toreé sólo tres novilladas, dos de ellas en Sevilla, en las que corté oreja, y otra en Madrid, en la tarde de mi presentación allí, donde pinché una faena de premio, no me pusieron en ningún sitio, a pesar de todo. Tampoco tenía apoderado. Me desilusioné mucho, me aparté bastante del toro. Dejé de torear y me puse a trabajar con mi padre, y ahí me di cuenta de que yo, sin torear, no era feliz. Por eso, hablé con el que es hoy mi cuñado, José Chacón, y le comenté la idea de meterme a banderillero. Él me ayudó mucho a tomar esta decisión tan importante, me hizo ver que el dejar la muleta por los palos no era un camino aparte sino un camino en sí. No pude tener mejor profesor a mi lado.

  • ¿Volviste a ser feliz?

J.D- Desde el momento en el que empecé a torear las primeras novilladas, las primeras corridas. Fue un golpe de realidad, en el que me encontré en mi sitio, en mi camino. Además, volví a disfrutar, volví a ilusionarme. También podía hacerme un nombre vestido de plata.

 

  • Y ahora, ¿cómo estás, después de dos años tan raros?

J.D- Ahora mismo me siento realizado, un torero cuajado, que se ha ganado el respeto de los aficionados. Todo eso me hace ver que la fatiga que pasé mereció la pena. He vivido cosas muy grandes. Me he recorrido España, América. Y todo gracias al toro. Parece mentira, pero ahora juego la Champions (se ríen). Y espero mantenerme ahí.

Juan José Domínguez

  • Y el toro, ¿quién es en tu vida?

J.D- Mi forma de vivir. Me di todavía más cuenta durante la pandemia. Si estuviera en cualquier otro sitio, no sería feliz. Incluso después de un calvario como el de este año, me doy cuenta de que lo que te da el toro no hay dinero que lo pague. A mí me ha dado muchísima alegría, incluso en los momentos duros.

 

  • ¿Qué te dicen todos esos momentos bajos? Las cornadas, malos ratos, sinsabores…

J.D- Yo nunca he querido amargarme. Ni con cornadas. Siempre tienes en mente el qué pasará después, pero ahí es cuando tienes que ser más fuerte. Sólo cuando superas este tipo de situaciones es cuando te das cuenta de tus capacidades. Ahí es donde te conoces a ti mismo.

  • Al final son cosas que no dependen de errores, son elementos que van dentro del toreo y el toro en sí. Pero el toro es el mejor profesor, ese no miente. Cuando te castiga, te hace volver más fuerte.

J.D- El día de Vistalegre era un día de compromiso máximo. El toro me iba avisando, y veía que me podía coger, pero había que dar la cara, por el toro y por las circunstancias, más que nunca. Y me cogió. Soy un afortunado. La misma cornada que me dio aquel toro se la dieron a Montoliú, o a Yiyo, que en paz descansen. Yo decía que me moría. Y cuando desperté al día siguiente, intubado, me sentí el hombre más afortunado sobre la Tierra. Ahí ya sólo quería ponerme otra vez delante del toro. La rehabilitación fue muy dura, estaba destrozado. Fue una grandísima prueba, para hacerme ver si era capaz de hacerlo o no. El conseguirlo me hizo volver con más fuerza que nunca, con hambre. A base de sacar pecho, desperté de la pesadilla.

  • Todo lo que se siembra, se recoge. La vida te acaba devolviendo lo que te quitó. Y ¿cómo la afrontas después de algo así?

J.D- Primero, pensaba en recuperarme, y en las primeras tardes, me centraba en que no se me notase, en ponerle ganas. Sí que se te pasan flashes por la cabeza, en los que se te vienen aquellos momentos a la memoria. Pero ya está superado, no por ello olvidado. Ahora valoro mucho más lo que tengo. Y veo la vida de otra forma. Me ha hecho mejorar. Ojalá y me queden quince años más, puede que vuelva a venir algo así. Pero lo afrontaremos igualmente.

 

  • Frente a lo artificiales que son nuestros tiempos, en los que no se tiene perspectiva, en los que la muerte o es una broma o no existe, el toro te hace ver la muerte y la vida en sí mismo. ¿Cómo ves la vida ahora?

J.D- El torero vive la muerte distinto al resto, ya que cada día se enfrenta a ella. Cuando pasan cosas como lo que me pasó en Vistalegre, uno puede pensar que todo se acaba desde la camilla. Pero si uno tiene la suerte de vivir para contarlo, te hace vivir distinto. Le das importancia a las cosas pequeñas, a aquellas a las que antes no se la dabas.

Las luces se visten por siempre por dentro, pero sobre la piel tienen su principio y su fin. Luis Mariscal, matador de toros y posteriormente banderillero, también anduvo los grandes circuitos, alternando con grandes figuras en importantes plazas, y ganando numerosos premios por sus actuaciones. Banderilleando, el percance que un toro le hizo pasar en 2010 en su Maestranza de Sevilla, le obligó a retirarse. Once años después, sigue trabajando en el mundo del toro, con un negocio de transportes, que se encarga de alquilar furgonetas a muchos de los toreros del escalafón, así como a todo quien lo necesita. Pero el toro sigue siendo el centro de su universo.

Luis Mariscal

  • ¿Qué hace falta para ser torero?

M- Afición, afición y afición. Tanto para vestirse de oro como de plata.

  • ¿Cuándo te diste cuenta de que lo eras?

M- Mi padre era banderillero, iba con figuras como Emilio Muñoz, o Tomás Campuzano, era yo muy pequeño. Los veía entrenar en el patio de mi casa y me impresionaba. Recuerdo verle torear en Sevilla y pensar que yo nunca iba a ser capaz de hacer eso en mi vida, y mira que me gustaba. Yo en esto empecé como si de un juego se tratase, y poco a poco fue tomando seriedad. Me puse delante por primera vez con once años, y a los doce maté mi primer becerro. Cuando me quise dar cuenta, ya estaba toreando de luces, sin caballos. Y ahí empezaba lo serio.

  • ¿Eras, por tu edad, ciertamente inconsciente de lo que estabas viviendo? Muchos dicen que son los mejores años de la vida de cualquier persona. De ahí salen los recuerdos más bonitos.

M- En el mundo del toro, se vive de satisfacciones, las cuales se intentan buscar siempre con la naturalidad por delante. Una vez, mi padre me llevó a ver a Antonio Ordóñez, nada menos, en Alcalá de Guadaíra. Nos sentamos en el tendido, y se acercó por el callejón. Ya ni me acuerdo de lo que me dijo, pero me quedé en shock. Lo que me impuso no se me va a olvidar en la vida. En cierto modo era consciente, pero uno se va dando cuenta de esas cosas con el tiempo.

  • Nunca se deja de ser torero.

M- Nunca. Ni aunque uno se dedique a cualquier otra cosa. Yo es algo que llevo con mucho orgullo. En la cochera de mi negocio, tengo muchas fotos de los años en los que estuve en activo. En una, salgo brindándole un toro a El Viti en Sevilla. Yo a mis clientes, cuando me preguntan, les explico que eso es como si tuvieran una foto dándose un abrazo con Mick Jagger (ríen).

 

  • En tu caso, ¿cuándo tomaste los palos?

M- La gota que colmó mi vaso fue el ver cómo yo estaba parado, mientras que, por ejemplo, mi hermano, estaba toreando. Cuando decides meterte a banderillero, la decisión viene de la mano de un conjunto de circunstancias. De novillero toreé en casi todas las plazas importantes, mientras que de matador no toreaba más que algunas corridas de toros en pueblos, o festivales, y no demasiados. Yo quería volver a disfrutar del público, de las ilusiones, del toro. Y la mejor alternativa posible era hacerme banderillero.

 

  • ¿Cómo fueron esos tres años en los que vestiste la plata?

M- Fueron tres años tan bonitos como intensos. Disfruté de nuevo de las grandes plazas, gané premios, y me sentí muy realizado. Eso lo sigo llevando conmigo. Ahora, la gente que no está muy al tanto del mundo del toro, no me creen cuando les digo que yo soy torero. Me preguntan, ¿tú has toreado en la Maestranza o algo? Ya luego se quedan locos (ríen).

 

  • ¿Cuál crees que fue tu papel en la Fiesta mientras estuviste en activo?

M- Tengo la suerte de haber podido escribir mi nombre, con letra muy pequeñita, en la historia del toreo. A pesar de los premios, de los triunfos y demás, me da pena que a veces me recuerden más por la cornada que me obligó a quitarme que por lo que hice o dejé de hacer en el toro.

 

  • Es una pena que el morbo se abra paso tantas veces. Por cierto, y el toro en tu vida, ¿quién ha sido y es para ti?

M- Pienso como Juncal, para mí, todo en mi universo gira en torno al toro. Es quien me apasiona. Ahora, mi trabajo, sigue ligado al mundo del toro en muchos casos, y eso para mí es una alegría.

 

  • Cuando el toro te ha hecho sufrir, ¿qué has podido aprender de él?

M- El toro me ha enseñado que la vida puede irse en un momento, por mucho que a uno le pueda parecer que tiene las cosas en la mano. Todo el mundo hacemos las cosas pensando que lo malo no nos va a pasar a nosotros, pero hay que saber que no todo está en nuestra mano, hay que tener perspectiva. Yo, después de haber tenido una cornada como la que me pegó aquel toro en Sevilla, la he adquirido más que en toda mi vida.

 

  • ¿Qué mella han tenido las secuelas de la cornada en tu vida?

M- Tengo mis limitaciones. Antes no podía ni coger la moto, ahora lo he podido retomar. Lo noto sobre todo al ponerme delante de un toro o una vaca en el campo. Ya no puedo poner banderillas, tampoco emplearme tanto con los animales. Pero disfruto igualmente, me quedo con las cosas que la vida me da.

  • Si nacieses de nuevo, ¿andarías el mismo camino otra vez?

M- Por supuesto, como si el toro me tuviera que volver a coger en el mismo sitio y a la misma hora, y no fue precisamente poco lo que tuve que pasar después.

 

  • ¿Cómo ves la vida ahora?

Luis Mariscal

M- Ya no le doy importancia a cosas que no la tienen. Después de la cornada, en mi rehabilitación, lo pasé muy mal. Pasé bastante tiempo ingresado en el hospital, casi sin poder comer ni andar. Yo sólo quería salir de allí. Me prometí que nunca iba a vivir con miedo, porque vivir con miedo es igual o peor que estar muerto. Y para vivir hay que sentir emociones.

 

  • ¿Tiene nuestro mundo miedo?

M- Más que miedo, yo creo que tenemos muy mala memoria para lo verdaderamente importante. Si tuviéramos memoria para aprender de los fallos, estaríamos mucho más preparados para cualquier problema que se nos planteara. También se nos olvida que en cualquier momento, siempre puede surgir cualquier problema, nos pensamos que tenemos todo bajo control cuando muchas veces no es así.

 

  • ¿Cómo va el negocio?

M- Bien, afortunadamente. He trabajado y trabajo con muchos toreros, y no sólo eso, también músicos y demás. No paro de trabajar, pero me gusta. Mi trabajo me ha dejado también momentos que no olvidaré nunca, como cuando llevé a Miguel Poveda a Lisboa desde Ayamonte para un concierto junto con su grupo en una de mis furgonetas, y nos pasamos el viaje entero cantando.

 

  • A la Fiesta, ¿cómo la ves?

M- Hace no muchos años, lo veía todo muy complicado. Se nos miraba mal por ser quienes éramos. Eso está cambiando, gracias a Dios. Pienso que hay muchas personas jóvenes que están interesándose por la Fiesta, pero es verdad que en muchos casos esto toma tintes políticos, y eso es un grandísimo error, no podemos politizarla, porque esto es del pueblo de toda la vida, y lo será siempre. No entiende de señoritos o pobres.

 

  • ¿Qué crees que debemos de hacer los taurinos para volver a hacer ver la grandeza de lo nuestro?

M- Hay que orientar el marketing de la Fiesta a la verdad. Lo importante es siempre partir de lo auténtico, a la verdad de esto, ya que hoy falta de eso en el mundo.

Sin banderilleros no hay toreros, sin toreros no hay toros, y viceversa. Lo necesario de su figura no debe de ser olvidado por ninguno de nosotros, aunque no se les suela premiar con más que el desmonterarse. Démosles voz. Son ellos los que guardan las espaldas para dar la cara por los suyos, los que mueren por poner un nombre en alza, no siendo el suyo el que suele ir por delante. Son los soldados del toreo, los que están y los que se fueron, los que se parten la cara a base de carretera y manta, o mal banquillo tan duro para todos y tantos. Mirándolos me doy cuenta de que hay vida tras la muerte.

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