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Sobran desfiles

Volvió Talavante. Madrid le esperaba, y sembró esperanza dejando una aguja en un pajar tras la faena a su segundo. Ortega sigue sin romper, y las agujas del reloj se le clavan.

Viernes en Madrid, entre desfiles de clavel y anhelos de canela en rama. Volvió Talavante a Las Ventas, en un halo de expectación y misterio tras casi cuatro años sin pisar su ruedo. Una buena faena al segundo de su lote le otorgó las más altas luces en otra tarde en la que Ortega no consiguió encontrarse.

Una ovación rompió el paseíllo, a la que siguió el correspondiente saludo de Alejandro Talavante, quien también escuchó algunos pitos, pero en mucha menor medida. Hay debate acerca de si fue por no invitar al saludo a su compañero de cartel (a quien sacaría después a desmonterarse) o por el desencanto que algunos sienten con su sonada ausencia durante los años más crudos de la pandemia que al fin agoniza. Carpe diem, ya está aquí, y viene para quedarse. Muy toreros los tendidos de Las Ventas, que ofrecieron la ovación más rotunda de todas a Álvaro de la Calle, que saludó emocionadamente montera en mano. Hacía de nuevo el paseíllo en Madrid tras su meritoria e histórica comparecencia el pasado Domingo de Ramos, tarde en la que tuvo que matar cinco toros tras sufrir un grave percance Emilio De Justo. 

Hablemos de toreo. La narrativa de la tarde fue algo monótona. No llegó al «tarde de expectación, tarde de decepción», y como ya les decía fue en gran parte gracias a los muletazos de Talavante al tercero que salió de toriles. Labró una faena de menos a más, en la que fue cogiendo sitio, pudiendo más por abajo a medida que avanzó, cortando una oreja a un rebosante toro de Jandilla que no puso nada barato el pan. Sólo detalles de un Ortega al que todos vieron escaso de hambre, algo que a muchos preocupa ya, doliendo la espera de algo que no parece llegar.

El rodaje es necesario, pues no hay mejor entrenamiento que la plaza, y no es moco de pavo pasar cuatro años sin pisar la primera plaza del mundo, tres de ellos sin apenas torear, más allá de la Goyesca de Arles y por supuesto, toros y vacas en el campo. Hoy Talavante estuvo capaz, pero todos le sabemos con manos para hacer y dar mucho más. Una oreja cortó, y llegó con ella la plena reconciliación entre torero y tendidos. Enterrada queda el hacha de guerra según parece, pero ahora a «Tala» le toca rodar para volver a su sitio en el toreo. El proyecto de temporada es interesante (a pesar de su ausencia en Sevilla), así que cruzando los dedos, no me extrañaría volver a verle mandar pronto.

A Juan Ortega se le atragantó otra tarde. Poco más se le pudo ver más allá de detalles y algún buen ramillete con el capote, acusando a ojos del público falta de ambición. El hambre es lo que le pone a uno en la cima, y cuando no se transmite con los ojos y las manos, es difícil abrirse paso. Cualquiera sabe que Juan es capaz de torear como los ángeles, decir lo contrario sería mentir. Pero no se vive de detalles, y la arena de su reloj está arremolinándose sobre la afición que le espera. El tiempo ahoga y aprieta, comenzando a fatigar. Tardes no le faltan para reivindicarse, pero será preciso un cambio de chip para merecer el sitio al que aspira. 

Dolió ver a Álvaro de la Calle irse de Las Ventas sin tan siquiera un quite en su haber. Sus compañeros no le dejaron hacer tras poner su nombre en boca de todos en una de las gestas más meritorias que se recuerdan en las últimas décadas. Una ovación está muy bien, pero el que se viste de luces lo que quiere es ponerse delante. Sobran desfiles, por supuesto. Pero faltan caridad, y memoria. Falta consideración hacia quien verdaderamente lo merece. La canela en rama ya será cosa de cada uno.

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