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Sigue siendo el Rey

La tarde de Sevilla en imágenes.

Morante hace delirar a Sevilla, que le da las dos orejas de un toro de Garcigrande.

Emocionarse vale por doble si a uno le toca en Sevilla. El arte más grande es el que llega cuando más lo necesitas, aun sin saberlo. Dolía ver a Morante irse así de su plaza ya muerto otro abril, pero la espera premia a los pacientes. Sin comerlo ni beberlo, tras cierto empeño en el nuevo aire, llegó el de la Puebla para desempolvar la esencia del arte de Cúchares. 

El esperpento fue la vía en el primero del lote del cigarrero. No lo vio desde el mismo principio, ya lo adivinaba la expresión de su fez. Se descompuso la expectativa nada más rozar pitón la franela, reacios ambos toro y matador a hacer algo por los que allí se encontraban.  La Maestranza se lo quería comer a silbido limpio. Quedaba otro. Si había algún ápice de espera, no contribuyó Morante a alimentarlo causando la devolución de su segundo para que saliese el sobrero de Garcigrande. Aunque se pudo adivinar que ahí había toro, no se tenía la misma sensación de cara al faenar. Su lidiador lo esperaba echado en las tablas a la vera del burladero de matadores, estando el toro en la otra punta del ruedo. Ea, que me lo traigan. Pues toma contrapunto. No se le ocurre a Morante nada mejor que desatar un incendio bajo el mar. Pero eso es otra historia, la cual comienza en el primer muletazo. 

Si el mando es algo que escapa a los toreros artistas que baje Dios y peque. Embarcar al fuego bajo tus pies para ensalzar las luces del Cielo de Sevilla. De nuevo el verde, que hoy llegó de verdad. Explotó la vanguardia en el Baratillo, y no lo hizo sino en la tradición más atemporal, aquello que no verán morir nunca. Encaje, acople, escarpias. Intensidad. Hasta la demora en el entrar a veces al engaño daba lo mismo. E igualmente dio lo mismo que pusiera una estocada que aunque sirvió, no era para triunfo doble. Pues ahí asomaron los dos pañuelos. «Se están muriendo de envidia… las flores… las estrellas y la mar bella…». Si hablamos de intensidad, esta es la faena de la Feria.

No pudo ser para Perera en su día grande, al verse frente a dos animales que no le regalaron ni lo más mínimo. Hubo quien lo vio verde (y obviamente no está cuajado como lo estaría un matador con años de alternativa), pero yo le vi entregado, hambriento, hiriente. Hará por encontrar su sitio. A Juli se le esperaba tras lo del otro día, pero tampoco tuvo suerte con su lote. No obstante, su buen hacer se alzó sobre la circunstancia. 

Si bien ver semejante cartel con los de Torrestrella era un claro aliciente, no respondió el ganado en la suficiencia de lo que se esperaba. Sólo un buen sobrero de Garcigrande destacó en una calurosa tarde, en la que el público vistió mejores ropas que otros días (lo cual no era muy difícil) pero tampoco para tirar cohetes. Esperemos vengan tiempos mejores. 

Me fui feliz del Arenal. Cayó la noche, y Sevilla quedó bajo una luz monumental propia de lo que aconteció. No me puedo ir sin verso:

Verde llovido de la bandera

De la tierra más grande que haya

Alumbra tu efigie a Sevilla

Que con tu toreo estalla;

Eres la noche y el día,

La muerte que llama a la puerta,

Tú, octava maravilla,

Luz de la Puebla de España.

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