Se hizo justicia

Emilio De Justo sale a hombros por la puerta de cuadrillas tras perder la Puerta del Príncipe con los aceros. Antonio Ferrera, por encima de su lote, dio una vuelta al ruedo, ante un encierro de D. Victorino Martín que fue de menos a muchísimo más

Todo llega y todo pasa. A Romero, como el que se deja oler a cada tarde que las puertas de la Catedral se abren, a él le pasó, y sigue aquí para contarlo. ¿Qué son las letras, sino recuerdos del alma? ¿Qué son las luces sino reflejos del Cielo? ¿Qué es la adicción, sino el ahogo de la pena? ¿Y qué somos nosotros, sino humo en el viento? Las tormentas acechan, díganse o no. Empaparse es un cubo de agua fría para los adentros. Y si tiene que llorar el Cielo, que llore. Pero de alegría. Si no se arranca, al menos su gris se reflejará hoy en los pies que andarán hoy en los ruedos. Y no es una pega, y menos en Sevilla.

Tardón fue para salir el primero de D. Victorino Martín, cuyas puntas señalaban al cielo gris como su piel cárdena. Antonio Ferrera lo tuvo que recibir fresco de pies, pues apretaba y acortaba en distancias, exigiendo andarle hacia los medios. Empujó en el caballo con la cabeza arriba, empleado el primer puyazo y más liviano el segundo a causa de las caídas que le afloraron tras recibir castigo, de buena lidia desde el peto sin embargo. No puso banderillas Ferrera, pero no fue esa excusa para no ver la luz de la que carecía el cielo. Tanto Joao Ferreira como Fernando Sánchez saludaron la ovación de las gentes, corazón en pie. Se abrió el telón para Ferrera. El toro acusaba desde los inicios su clara querencia a las tablas del 6, en las que hacía por atrincherarse. Frente a ellas, sin adentrarlo ni un pelo, le hizo el extremeño. El toro acusaba escasez de profundidades, quedándose a medias desde el principio. Toreó Ferrera, contratiempos aparte, mostrándose por encima de su oponente. Le arrancó los muletazos por ambos pitones, aprovechando su prontitud y tapando su falta de redondeo en las acometidas. Su labor fue correctamente medida. Previo a las postrimerías le pegó uno que durará vidas, llegándole al Finisterre. Acabó mandando por abajo, adornándose sobre el contratiempo. Le propinó una estocada media pero en todo el sitio, que lo rodó sin puntilla a los pocos segundos. Sevilla le rindió una ovación.

A lo que salió el bello e imponente segundo, también cárdeno, de finas, serias y simétricas agujas, fue toparse éste con un burladero y romperse la cepa del pitón, dejándole además muy mermado. Tuvo que ser devuelto, a lo que empezaba a llover en la ciudad.

Salió en su lugar el sobrero, de saetas por espadas. Un tío. Cárdeno, para variar. También miraban al lloroso cielo sus velas. Desgarrado Emilio De Justo. En su capote lo que vaya con él a la tumba. Indescifrable, difícilmente descriptible. Media verónica en blanco y negro. Al caballo lo puso con dulce, entrando el burel fuerte en ambos encuentros, pero sin terminar de definirse. Laboraron adecuadamente los de plata con las banderillas. Fluyendo la catarata de nubes, se encontraba con la muleta preparada De Justo. Estaba cayendo la de Noé allí, al menos no se encharcaron los alberos. Mandó, templó De Justo así como templa la lluvia a los toros. Esta lidia acarameló la embestida del animal, haciéndola mejor de lo que realmente era, sin ser gran cosa. Le pedía por abajo, le podía y le tragaba el extremeño, componiendo. La ocasional falta de compás del burel al embestir restaba en rotundidad a las labores, así como en transmisión. En lo que hizo por acompasarlo, el cacereño se llevó un revolcón que por fortuna no llegó a hacer presa. Pero se puso de nuevo con él, tirando de vergüenza torera. Llegó más ahora a los tendidos. No quedó mucho más que hacer al destaparse al fin y de forma más intensa los defectos del burel, que medía y miraba ahora más en sus envites. Pinchó con la espada su matador, poniendo de segundas una buena estocada, que no tardó en echarlo. Saludó una ovación.

Fibrado, ligero en pesos pero bien puesto de velas era el bajo tercero, de pelos grises. Desestructuró el recibo de Ferrera perdiendo por momentos las manos, a pesar de emplearse sin peros. Tuvo que buscarlo el piquero con su lidiar, ya que a pesar de ser pronto de salida, se perdió en sus quereres el de la “A” coronada, teniendo que andarle desde su corcel en terrenos distintos. De ahí salió midiendo. Buenos fueron los rehiletes, costosa la lidia por las miradas hacia adentro que calaba de cuando en cuando, casi para el pecho. Poco que hacer de muleta. El toro había perdido toda fijeza en los engaños, y hacía por prender carnes. Ferrera no se quitó de en medio, lo intentó de hecho, mucho más digno y dispuesto a pelear que su contrincante. El toro manseó en todo el tercio. Parecía además dolido de los Muletazos le arrancó, olvidándose del cuerpo. Intentó la lidia y le dio lo poco que se le podía dar, rematando con un buen fin de faena, en el que lo obligó más que nunca. Le puso media estocada algo tendida, pero el toro no tardó en echarse. Fue silenciado.

Tenía la expresión del que embiste. Así salió el gacho pero rematado cuarto, de la misma capa que sus hermanos. Disparado iba a la seda de Emilio De Justo, que genuflexo lo fue ordenando camino a pararlo, tarea que no se avistaba fácil por las revoluciones que llevaba el animal. Costó meterlo en el caballo, ya que a pesar de no rehuir, era escueto para arrancarse. Una vez lo hacía, se empleaba. Grandes pares de banderillas pusieron Morenito de Arles y Pérez Valcarce, que fueron ovacionados. Dios les da las peores batallas a sus mejores guerreros. Pero de vez en cuando, los abraza con su mundo, brindando a cada uno lo que es realmente suyo. Y si a Emilio De Justo Sevilla le debía un toro así, se dice y punto. Menuda la forma de embestir. Al vuelo más templado, al sur de las telas. Y qué manera de torear. La colocación era excelsa, y en cada muletazo Emilio De Justo dejó un pedazo de su entraña, terminando vacío de sí, lleno de la vida, que ahora le devuelve lo que se le llevó un día para no volver en mucho. Lento, pero lento, no he visto forma igual de citar a un animal. Y si encima le trazaba el muletazo con la misma cadencia que lo citaba… apaga y vámonos. Para qué pedir más. ¿La Maestranza? De pie. Venga a por la Tizona. Se cuadró, lo midió, y la enterró en el hoyo de las agujas. Sevilla deliraba. Cayó el toro. Dos orejas para Emilio De Justo. La Maestranza en pie, de nuevo, rindiendo honores al que cada día más, se postula como figura del toreo.

Fino de serpientes, estrecho de sienes, con cárdenas pieles y hocico de rata era el quinto. Metió marchas en la esclavina de Antonio Ferrera, que tuvo que caminarle destino y de espaldas a los medios. Similar fue a su hermano que hizo cuarto en el caballo, reservón aparentemente, y luego entregado lejanías aparte. Notable fue el tercio de banderillas, en el que destacó sobre todo José Manuel Montoliú, saludando con él la ovación Fernando Sánchez. Brindó a Híspalis Antonio Ferrera. Anduvo a por el animal, como hizo antes. Aumentaba el hambre del extremeño. La dejaba puesta exponiendo las carnes como el maorí que, bailando la haka, sale la lengua. Su hacer llenaba de poder los adentros de quien miraba, haciéndoles más fuertes, jamás corrompiéndolos. El torero se alzó sobre su propia sombra. El toro repetía, codicioso entre y durante lances, permitiendo además ligar. Se expresó con él Ferrera, nos contó sus pesares y jolgorios. Es Virgilio vestido de luces, caminando entre los avernos. Nadie sino él le sabe. Largo y por abajo. Entendió bien al toro, que se movía mermando a veces con tropezones con la muleta del de Badajoz. Cogió el acero, y lo puso a la mitad, un punto atrás. La gente quiso darle igualmente la oreja, pero la espada hizo que el presidente no atendiese la petición, quizás algo excesiva teniendo en cuenta el cómputo general. Sin embargo, Ferrera dio una sentida vuelta al ruedo, orgulloso de su hacer, merecidísima en su conjunto de la tarde.

Cornivelero, fino de cara y marfiles, terciado pero serio en carnes, era el sexto y último. Definición del toro de la casa, sin lugar a dudas. Tuvo que salir en su busca Emilio De Justo con el capote, revolviendo a las gentes, desgarrado de nuevo. Los oles ondeaban las banderas. Hubo que buscarlo por momentos para que quisiera entrar al peto, pero allí respondió como debía. Portentoso fue el tercio de banderillas, que vino arriba a la bestia de manos de Abraham Neiro y Ángel Gómez, ambos ovacionados. Brindó Emilio De Justo al público. Desordenado acometía de primeras el toro, cambiando de terrenos el diestro de Cáceres. Ya con las riendas, ordenado el toro, aquello era de jaleo. El animal obedecía a todo cite si se le llegaba con los vuelos, pero sin ser necesario ni rozarle los hocicos. Una vez en el embroque, lo daba todo por bajo, llegando hasta el final de cada muletazo. Le formó una con la mano izquierda De Justo… madre de mi vida. Libros serían cortos para lo que escribió haciéndole falta tan sólo una serie. Algo bajó la intensidad de la faena tras esos compases, sin embargo, pero De Justo lo notó y no quiso extenderse nada más, yendo a por la espada. El silencio que le habló Sevilla a sus manos fue inmenso, expectantes los tendidos. La plaza le aguantó la respiración. Metisaca bajo. Se iban muchas papeletas. Volvió a entrar. Y media estocada un punto trasera. Se echó el toro. No le privó el presidente de la Puerta del Príncipe. Lo hizo su espada. Los tendidos realizaron fuerte petición, pero acorde a las exigencias de la categoría de Sevilla, el presidente se mantuvo firme en no otorgar trofeo. Saludó una fuerte ovación, saliendo luego a hombros por la puerta de cuadrillas.

Menos mal que fue en dos partes el encierro de Victorino, bien presentado. Los tres primeros tuvieron poco o nada, pero a partir del bravísimo cuarto, quinto y sexto fueron igualmente muy buenos toros, fijos en los engaños y entregados en su andar por los ruedos. Emilio De Justo se llevó la tarde, perdiendo con la espada lo que podría haber sido su primera Puerta del Príncipe, que tanto se parecía augurar. La faena fue al cuarto, de honor, pero dispuesto y lucido en los tres que le tocaron en suerte. Peor lote tuvo Ferrera, destacando sin embargo principalmente con un buen quinto, y muy digno y dispuesto con primero y tercero, de escasas opciones, de los que estuvo por encima. El ambiente hoy fue bueno en la plaza, mejorando la entrada (más de tres cuartos) a pesar de la lluvia.

Verdades hoy he visto muchas, y todas, más brillantes u oscuras, conducen a la misma y única Verdad, que termina por alzarse siempre. El de los marfiles la suele llevar en sus ojos, gracias a Dios. Y tarde o temprano, cada quien recibe lo que se merece. Antes hay que partirse la cara por los nuestros. Sevilla brilla, y con ella mi verso esta noche:

Llegan tus llorares,
Tu otoño de bronce,
Miles de pintares,
Y no hay quien te esboce.

O no tan plena como tú lo eres.

RESEÑA

Jueves, 23 de septiembre de 2021. Plaza de Toros de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla. 5ª de abono de la Feria de San Miguel. 6 Toros 6, de D. Victorino Martín, en mano a mano, para:
Antonio Ferrera, de grana y oro, ovación con saludos, silencio y vuelta al ruedo tras fuerte petición; y Emilio de Justo, de Nazareno y oro, ovación con saludos, dos orejas, y ovación de despedida tras fuerte petición. Actuó como sobresaliente Antonio Fernández Pineda.

Incidencias: se desmonteraron, tras banderillear: Joao Ferreira y Fernando Sánchez en el primero; Morenito de Arles y Pérez Valcarce en el cuarto; José Manuel Montoliú y Fernando Sánchez de nuevo en el quinto; y Abraham Neiro “El Algabeño” y Ángel Gómez en el sexto.

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