Recordando a Conchita Cintrón, la Diosa Rubia del Toreo

Este 28 de julio se cumplieron 83 años de la alternativa como rejoneadora de Conchita Cintrón. Conocida mundialmente como la Diosa Rubia del Toreo. Fue en 1938 en la plaza de toros de Acho (Lima). Un doctorado que fue un premio a su vocación torera desde niña, una férrea preparación y una inagotable afición. Concepción Cintrón Verril nació en Chile pero antes de cumplir los dos meses de vida su familia se trasladó a Perú. Siempre se sintió orgullosa de pasear por el mundo la bandera peruana. En 1935, con trece años, conoció al rejoneador portugués Ruy da Camara que se convirtió en su maestro. Aprendió rápido y sorprendió a Ruy por su arrojo y elegancia. Pero la afición de Conchita iba más allá del rejoneo y quiso aprender las bases del toreo a pie con Fortuna –afamado matador que estoqueó un toro en la Gran Vía de Madrid–. Se preocupó de conocer la técnica, de expresar el toreo con suma maestría.

Ruy da Camara fue muy duro con ella gracias a lo cual aprendió a ser una solvente rejoneadora, elegante caballista y potenció junto a su mujer, Asunción, la clase natural que poseía de cuna Conchita. Ruy le impuso torear siempre en puntas los novillos y toros a los que se enfrentó durante su trayectoria. Toreó en total unas 750 corridas, llegando a tener serios percances (tres cornadas graves) que los asumió con naturalidad y se repuso sin dificultad de ningún tipo.

Aunque logró ser una destacada rejoneadora, su auténtica pasión fue torear a pie. En España sólo lo pudo hacer en festivales a puerta cerrada y en numerosos tentaderos. Cuando lo hizo, demostró unas condiciones innatas para templar a los animales a los que se enfrentó. Ideó un espectáculo fantástico: Primero toreaba con el capote, después montaba a caballo para banderillear, toreaba a pie con la muleta y estoqueaba como un matador. En España no pudo desarrollar este tipo de faenas pero siempre que podía, pinchaba voluntariamente con el rejón de muerte para descabalgar y pasar con su arte unas cuantas veces al toro antes de perfilarse con el estoque o descabellarlo con suprema elegancia.

El fantástico libro de Muriel Feiner ‘Mujer y Tauromaquia’ (Bellaterra, 2017) dedica un capítulo a la Diosa Rubia del Toreo. Es lo más completo que se ha escrito sobre la genial artista. En sus páginas repasa los principales hitos de su carrera profesional y los rasgos de su carácter ya que Muriel la conoció en profundidad. En 1936 se fue a Portugal con Ruy da Camara para debutar en el mes de mayo en la plaza de Algés para ser contratada después en Lisboa. Al año siguiente se presentó en Lima alcanzando un gran éxito que le permitió tomar la alternativa que ahora conmemoramos el 28 de julio de 1938 en el mismo ruedo de Acho, con apenas 15 años de edad. Como su afición por el toreo a pie no cesaba, de forma paralela se preparaba y debutó como novillera en julio del mismo año en Tarma (Perú).

La autora norteamericana recuerda de esta forma la personalidad de Cintrón: “Era una mujer impresionante. Me reuní con ella muchas veces. La conocí muy bien. Me impresionaba su clase, su elegancia. Contaba su vida, que era impresionante, con una naturalidad fascinante. Hablaba perfectamente inglés, francés, español y portugués. Era una mujer muy inteligente, con muchas inquietudes”. A propósito de la trascendencia de su mentor, Muriel le preguntó qué habría sido de ella si no le hubiera conocido: “Ella me contestó que estaba segura de que no habría tenido una vida normal, que no sabía si habría llegado de alguna forma al mundo del toro pero que desde luego habría dedicado su vida a algo muy especial. Era una mujer cautivadora”.

En 1939 se marchó a México junto a su maestro y la mujer de este, con el apoyo del maestro Chucho Solórzano que creyó firmemente en ella, debutó en la plaza de El Toreo. México supo comprender la personalidad de Conchita y le permitieron torear a pie y a caballo en sus faenas. Se estableció allí durante cinco años toreando 230 corridas. En 1940 sufrió su bautismo de sangre en Guadalajara (México) continuó en la cara del toro estoqueándolo antes de pasar a la enfermería. Gesto de torero.

Ángel Luis Bienvenida se refirió de esta forma a la hora de hablar de Conchita Cintrón: “Me considero hermano, por tantos años de comprendernos en toda la profundidad del toreo. Ella ve, como pocos hombres, lo que desarrolla el toro en la plaza, la actitud de los toreros, lo puro, lo auténtico, con su maestría, capaz de dar lecciones a los más grandes maestros del toreo. Mujer entendidísima, con personalidad arrolladora, inteligente, guapa, rebosante de señorío, con empaque único, que fue depositando en el mundo taurino la flor de oro de su refinada elegancia”. Fragmento del prólogo del libro ‘La mujer en el mundo del toro’ de Muriel Feiner (Alianza Editorial, 1995).

En 1944 lidió en solitario cuatro novillos en Lima logrando un gran éxito, unos días después en Bogotá (Colombia) sufrió otra grave cornada y logró un clamoroso triunfo con ese toro de Mondoñedo que le había herido. Después pasaría cuatro años toreando en España, Francia y Portugal. El primer año toreó 38 corridas y en el segundo 48. Casi todo en corridas mixtas, con dos matadores. Estaba apoderada por Marcial Lalanda y entabló una sólida amistad con la familia Bienvenida. Trató de hacer todos los trámites posibles para poder torear a pie, pero no le fue posible. El Régimen del momento se lo impidió. Aquella injusta censura le causó un gran dolor. Estuvo a punto de salir a torear un toro suyo en Sevilla pero su apoderado se lo impidió porque pensaban que en cualquier momento les podían dar el permiso y saltarse la norma les iba a traer más problemas que beneficios. A puerta cerrada toreó a pie un maravilloso festival con Juan Belmonte, Álvaro Domecq, el Duque de Pinohermoso y Juan Pedro Domecq. En el 47 se prodigó más en Portugal y tuvo una destacada actuación en Bayona (Francia) dónde Antonio Bienvenida le prestó su estoque y le dijo: “Si lo matas bien, te regalo la espada”. Así lo hizo y guardó como oro en paño aquel recuerdo de su querido amigo.

El crítico Gregorio Corrochano llegó a decir de ella: “El día que este torero se baje del caballo, se tendrán que subir al caballo muchos toreros”.

Sumó un promedio de 40 corridas en Europa hasta 1950, con una gran fama en Francia dónde se le quiso muchísimo. Llegó a torear en dos ocasiones en París con un éxito superior.

Toreó su última corrida en España en Jaén en 1950 con Antonio Ordóñez y con Manolo Vázquez. Había anunciado que era el año de su despedida y ya no tenía nada que perder por lo que se llevó al toro a los medios, se bajó del caballo y lo toreó de maravilla. Decidió no estoquear al toro por su gran bravura y aunque el presidente quiso detenerla, tal fue el clamor popular que no pudieron imponerle sanción alguna. Se le concedieron las dos orejas y el rabo simbólicos. Fue rebelde dentro de su exquisita clase.

Se casó con Francisco de Castelo Branco, un sobrino de su maestro, teniendo seis hijos. En 1956 murió su maestro, Ruy da Camara. Se dedicó entonces a la ganadería en Portugal, a criar caballos y perros de agua así como a escribir. Más tarde, se trasladaron a México dónde perdió a uno de sus hijos en un trágico accidente de tráfico. Años después, volvió a residir en Lisboa dónde finalmente murió en el año 2009.

Además de torear, escribió con una sensibilidad impresionante obras como ‘¿Por qué vuelven los toreros?’ o ‘Recuerdos’. En sus últimos años también dedico su tiempo a la pintura compartiendo una extraordinaria exposición con la recordada artista Peñuca de la Serna.

En los vídeos que hay de Conchita tentando se le ven unas formas muy finas, casi delicadas, de forma muy vertical. Muriel añade: “Jamás perdió su feminidad, era muy valiente y tenía una gran torería”.

Conchita Cintrón

 

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