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Qué bonito es soñar despierto…

Se juntó el hambre de los chavales con una novillada soberbia de Fuente Ymbro, y hasta el lote difícil, en manos de Jorge Martínez, sirvió para constatar la dimensión tremenda de este joven. Manuel Diosleguarde abrió a lo grande una tarde memorable que rubricó Álvaro Alarcón, inmenso, saliendo a hombros de Madrid.

Vestido de blanco y plata, parece más bajito yo creo que de lo que se entierra en la arena para torear. Álvaro Alarcón ya se había jugado las femorales en unas gaoneras de las de aquí estoy yo, sin mover un músculo, en el turno de quites del utrero anterior al de su debut. La gente se quedó pendiente, y mucho más cuando, desde los medios con la muleta plegada, cambió a su primer novillo por la espalda para torearlo luego con gusto y temple en una suave serie al natural. Prosiguió su faena echado en los riñones, clavado sobre sus pies, toreando a conciencia, más poderoso en redondo y siempre muy de verdad, entregado ante la clase del novillo, que fue excelente mientras le duró la cuerda. Del estoconazo el animal salió muerto y Álvaro, con la empuñadura rota. La soltaría luego para agarrar el primer trofeo de los tres que conquistó a ley.

Ya había cortado una oreja Manuel Diosleguarde al que abrió plaza, frío de salida y también con muchísima calidad en el último tercio. El salmantino está cuajado y huele a torero largo, muy técnico, no sé si incluso demasiado. Le puso la muleta por delante, muy buen puesta y muy planchada, y lo llevó con mando y las plantas asentadas en una faena impecable con ambas manos. Manuel toreó con limpieza y estilo, y la rubricó con un volapié sensacional. Luego no redondeó el asunto frente al cuarto, noble pero de menos clase, alegre pero con menos celo en el último tramo de la embestida. Otra vez muy decidido, comenzó de rodillas buscando encender la mecha, pero poco a poco su enemigo se encargó de ponerle freno a su objetivo, que era la Puerta Grande.

No fue así en el caso de su compañero Álvaro Alarcón, que le cortó nada menos que las dos al que cerraba plaza. Abrió su intensa faena con estatuarios quietísimos, y después volvió a atornillarse para someter con mano baja y mucho valor la bravísima embestida de su oponente, que metía mejor la cara cuando era mejor toreado. Las ansias de gloria lo amontonaron al principio, pero cuando le cogió el temple y la altura al animal, o sea, cuando ralentizó el ritmo del muletazo y arrastró el engaño muy por abajo, el de Fuente Ymbro hizo el avión y Alarcón se fundió con él mientras rugía la afición. La última serie, ya a placer y con la figura relajada, fue sensacional, y la estocada, demoledora, certificó que hay futuro en este joven al que la ambición se le nota hasta en la cara. Con tres orejas cruzó la Puerta Grande, y al bravo de Fuente Ymbro lo arrastraron en póstuma vuelta al ruedo.

De vacío, pero con las alforjas del orgullo rebosantes se marchó Jorge Martínez, otro portento de valor y verdad torera que sale a la plaza dispuesto a lo que sea. Y pase lo que pase. Frente al peligro del garbanzo negro de la tarde, expuso una y otra vez entre la angustia de toda la afición, que no daba crédito a la quietud y calma del aspirante, volteado sin consecuencias y demostrando en cada cite lo que significa querer ser torero por encima de todo. Bravía, conmovedora por momentos, fue su obra ante el quinto utrero de Fuente Ymbro, burraco, mirón, complejo y finalmente entregado a la firmeza colosal de Jorge. Porque, tras una pugna dramática entre toro y torero, Martínez desengañó a su oponente y lo templó en unos derechazos lentos, inauditos; y en unos naturales milagrosos, pletóricos de pureza. Con una estocada inapelable firmó la faena más importante de la tarde, y con los tendidos llenos de pañuelos, alguien en el palco quiso dar la nota. Ni eso empaña su admirable actuación en una tarde que, pasados los años, ojalá recordemos como la que fue primera colisión entre tres figuras del toreo. Qué bonito es soñar despierto…

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