spot_imgspot_img

Por ley

Los tres toreros tocan pelo ante un interesante encierro de García Jiménez, con ambos cal y arena

Esto no para. Un volcán erupciona en nuestra isla de La Palma, Afganistán es la cabeza visible de quienes viven sometidos o en guerra (lo que viene a ser lo mismo) y aún sigue muriendo gente (cada día menos, gracias a Dios) por el maldito bicho, del que ya se ve la luz. Y yo, a todo esto, sigo sentado sobre tu ladrillo. Y no por ello uno es menos consciente. Si algo distingo como una de tantas virtudes que alberga la Fiesta es la capacidad de hacer al verdadero aficionado más consciente, más cercano a la realidad. Mis crónicas son las palabras que no digo, y yo soy todo lo que no soy. Y los toros son las alas que, sin perder el suelo, nos hacen ver la realidad de nuestro mundo desde arriba, más allá de caverna y cadenas. Son lo bello en lo crudo. Y somos nosotros. Es imposible ver tiempos mejores en esta vida si no nos aferramos a lo puro como un recién nacido se aferra con sus diminutas manos a un dedo. Pero tampoco es fácil, nadie lo dijo. Hay que ser muy valiente. Y no dejarse atropellar por los fuegos. La tarde arranca en Sevilla, y ya sólo quedan 3 más sin contar a esta en el abono. Crucemos los dedos, que nunca se sabe.

No pegaba ya tanto la calima. El que salió en primer lugar era acodado pero fino y altivo de pitones, colorado de capa, fuerte, del hierro de García Jiménez. Buena su presencia. Sabrosón supo de salida el morlaco, cuyos aires picantones y embravuconados, de echar las manos por delante y repetir, aprovechó El Juli con el capote sobre sus yemas, toreando abandonadamente templado, poderosas y bajas las manos. Fue al caballo rehuyendo de primeras la puya en ambas entradas, mal colocada, entrando algo desordenado a continuación, con no muy bien ejecutadas intenciones. En banderillas medía para luego hacer hilo, apretando hacia los adentros pero atento a los engaños, muy a la altura los de plata. Brindis al cielo del torero de San Blas. Genuflexo y demoledor comenzó su andar de muleta, con la mano tan baja como se puede, embriagado de cada embestida, casi galopada por parte del animal. Era bravo, había toro. Le partió a coser el diestro madrileño con rayos y centellas, en la luz y el eco que tienen y tenía aquello. Hizo faena exigiendo a lo exigente, un toro bravío con el ritmo de un tren ligero y más transmisión que la cepa india. Momentos de escándalo, de jaleo del bueno, que no fueron mayores seguramente por ser el primero de la tarde. Por ambos pitones, por ambas manos, firme y mandatorial estuvo Julián López “El Juli”. Los mejores pasajes, como siempre, cuando se irguió más de lo que acostumbra, cuando más templado se le vio. Pero no deja de ser ensalzante su hacer intenso, que hoy pudo derramar con éste. No fue lucida su entrada a matar, hoy especialmente fuera de la suerte si ya es decir. Sin embargo, la colocación fue la correcta, cayendo el toro. Se le concedió una oreja.

De pieles negras, bella presencia y serias espadas era el segundo, este del hierro de Doña Olga Jiménez. Muy abanto fue tras salir de toriles, hasta que sólo dijo la indiferencia al capote de José María Manzanares. Suelto seguía, sin atender casi ni un cite, manteniéndose así en el caballo, en el que no se empleó lo más mínimo. Manseaba según notaba la puya en el lomo. Se encontró con el caballo que guardaba la puerta en lo que caminaba su particular y distraído Vía Crucis, andando como un monaguillo hiperactivo. No se le encontraba. Paco Ureña le construyó un abaldosado quite por gaoneras, rematando a volada revolera. Las banderillas requerían mando y buen hacer, así en cuanto hacer al toro venirse arriba en conducta. Bien se le hicieron las cosas, por lo que el toro, cuando quedó solo con su matador, fueron a mejor las cosas. En lo que Manzanares lo ordenó, el toro rompió a embestir entregado. Fue pintarle dos series, de muleta cosida, embroque empacado y gallardo brío, que empezó a sonar Tejera. Le compuso lo grandioso sin despeinarse una vez se encontró solo con él en el ruedo. El toro se desvivía entre pase y pase por hilar una acometida nueva, igual o más brillante que la anterior. Y Manzanares le creaba en sus aires. Hizo e hizo no muy largo en tiempos pero sí intenso y exigido en faena, trazándole un pase tras otro suspendiéndose en el tiempo. Lucidísimos algunos pasajes, y menos ordenados otros. El toro ganó terrenos camino a tablas, desluciendo las ya postrimerías que Manzanares le hacía por hacer. Llegó la espada. Pinchó tres veces y luego puso media estocada, que sirvió para echarlo. Ovación con saludos.

Era el turno del tercero, castaño, fino de caja como de pitones, bien puestos. Portaba el hierro titular. Paco Ureña al capote. Compás corto, de mecida larga, de trágica pero victoriosa quietud. Su capa parecía no haber conocido vientos. La media, y se fue. Entró fuerte, vaya si entró en el caballo que montaba Óscar Bernal. El primer puyazo careció de mayor colocación a pesar de la gran elaboración de la suerte, y el segundo fue lucido. El toro se expresó sin tapujos, y el varilarguero fue ovacionado. Lo toreó de nuevo y por verónicas Ureña, calando en los tendidos. Correctas las banderillas. Y llegaba la muleta. Por inmóviles estatuarios inició su faena el torero murciano. Parecía poder funcionar aquello. Pero no se encontró el torero con el toro. Pedía distancias, viveza y Fiesta. Y Ureña prefirió buscarlo de cerca, despaciosamente. Se amontonó, y se quedó sin toro, quedando el animal aburrido, ya sólo acometiendo insulsamente. Alea jacta est. Y ya no había vuelta atrás. Tuvo que matar. La puso entera pero caída y atravesada. Lo echó. Mal el puntillero, que tardó más en hacer que su matador. Terminó por morir. Silencio para el torero.

Más joven, también menos puesto de serpientes, y negro de pelaje era el cuarto toro, también herrado con el de la “G” y la “J”. El Juli quiso capote, no tanto así el animal. Entró presto al caballo, sin ir excesivamente fuerte ni castigado una vez allí, viéndosele algo trastabillado pero sin tampoco ser muy cantado al quitársele del peto así como en banderillas, en las que pasó sin más. Llegada la franela, tenía que resolverle su lidiador la encrucijada, y allí estaba El Juli. Quiso construir de la mano del toro, pero de buenas a primeras, en los inicios de faena, comenzó a perder las manos. Era la condena. A partir de ahí, el toro fue decayendo, perdiendo cada vez más y más fuerza, insistiéndole El Juli, creciente el descontento del público, que comenzó aplaudiendo en consuelo y esperanza para terminar exigiendo rápida extrema unción. Así tuvo que ser. De nuevo mal ejecutada la suerte, pero bien puesta la espada, cayó el animal. Silencio.

Chorreado en castaño el carbón de la piel del gacho y cornalón quinto, también portador de la divisa azul y rosa. Andaba desordenado en el capote de José María Manzanares, que le pedía lo germánico a lo abstracto. Al peto del caballo de picar, acudió sin más en el empleo, demostrando su descoordinación notable entre cuartos traseros y delanteros, pareciendo a ojos del gran público que el toro era inválido, pero sin ser así. Si se caía repentinamente, no era por tener rota alguna mano, sino por su escaso pulmón y sus desordenados movimientos, que requerían reclutamiento. Pero no tenía mal fondo, ni era inválido en el pleno sentido de la palabra. Complicado fue de hacer en banderillas, ya que galopaba sin excesivas complicaciones, pero apretaba a cada fin de sesgo echándose en las taleguillas y los pechos de los banderilleros, meritorios. Y era para empezar a andarle con la pañosa. Los inicios de Manzanares fueron callados, pero se veía mejoría en las condiciones del animal ya solos torero y toro. Iba ganando en profundidades, y sobre todo en orden, gracias a la buena mano del espada alicantino, que iba caminándole sin pausa, pero sin prisa. Y finalmente lo vio. Supo aprovecharlo en lo que tenía, que era una codicia intermitente, así como una buena respuesta al vuelo a pesar de ir justito de casta. Y se hizo con él andando esta senda, dibujando muletazos largos y templados, especialmente por la mano izquierda, ligando y pidiendo, intenso en exigencias pero con buena respuesta del animal. Y sonó hasta la música. La obra tuvo lagunas por la irregularidad en fijeza y prontitud del toro en la muleta de Manzanares, y bien es verdad que resquicios perdió próximo a los finales de la faena. No obstante, le firmó una buena tanda final, casi inexistente, que parecía que iba a poner la palma. Y antes de que Sevilla aplaudiese el toro, desfondado, se echó, dejando escrito su falta de raza y pulmones. Espada. Quiso matarlo recibiendo, y no parecía la mejor manera. Pero para él lo fue, poniendo una gran estocada en el sitio que hizo caer al toro sin tardanza. Se hizo el ruido, y cayó la oreja.

Colorado y de serias pero armoniosas hechuras era el último de la tarde. Poco más que la brega pudo hacer la esclavina de Paco Ureña, no teniéndole muchos embestires el serio burel. Disparado se fue para el caballo en varas, y en lo que parecía que podía romper a expresar se etiquetó a sí mismo por manso de libro, rehuyendo cobardemente la puya en el primero, dejándose pegar sin más en el segundo. Menuda papeleta para los peones, plantando susto en el mismo y siguiente tercio, complicando en banderillas. Así llegaba a la muleta de Ureña. Manso como un buey de carreta. Nada parecía tener, intentándolo Ureña por uno y otro lado, de una y otra manera. Nada se veía aflorar y menos aún a ojos del público, llegando a abandonar su localidad unos pocos de espectadores que no querían complicarse la vida. Bendito sea el gafe cuando la moneda cae de cara. Fue dejar de salir gente y Ureña, ya entrado en tiempos en la labor, se inventó el toreo con un animal que si algo no tenía era bravura. En los mismos medios he dicho, comenzaron a chispear oles que acabaron en chaparrón. Menuda la que nos cayó, con lo secos que nos habíamos quedado. Mandando como es más complicado, se hizo con todo mirar, sin dejarle al bovino intercalar suspiro entre uno y otro muletazo, largos ellos ahora, perseguidos y obligados, pero sentidos, firmes y sobre todo toreros, en la raza de lo que ello supone. Muchos, en pie. El toro hacía por ganar terrenos rajándose a tablas, a lo que algo ganó, desestructurando un punto el final de faena, ya más bien apartados ambos de los medios. Cogió la espada y se hizo el silencio. Y recibiendo iba a ser. Lo obligó de fuera hacia adentro, echándole la muleta entera, y enterrando así hasta el fondo el estoque. Jolgorio. Una oreja para el torero.

La corrida de Hermanos García Jiménez y Doña Olga Jiménez salió interesante. Hubo un toro que destacó con nota sobre los demás, el colorado primero, del cual El Juli cortó una oreja, bravo y enrazado, puesto para morir embistiendo. Hubo otros toros con opciones, como lo fueron segundo y quinto (ambos para Manzanares, que perdió trofeo con la espada en su primero y cortó una oreja de su segundo), y dos que nada tenían, cuarto y sexto. A éste último le dio guerra Ureña, inventándose una faena llena de ambición, valor y emotividad, cortando una oreja. La pega en general de la corrida fue el comportamiento en el caballo. Muy bien presentada en hechuras, eso sí. La plaza casi llena, una alegría, y con buen ambiente.

En tu blanco y en tu albero, dejar de verte no quiero. Sevilla, eres tanto que no sé ni como escribirte. Como para no sentirse pequeño en la inmensidad de tu Cielo, tus plazas y tus calles. Yo no sé ustedes, pero yo me voy a morir aquí. Y aquí, donde pació mi alma descansarán mis huesos, que algún día serán tu tierra. Te regalo mi verso.

Sevilla, naranja y romero
De plaza, calleja y desvelo,
Eres sentimiento del pobre
Eres padre, madre y abuelo.

Sevilla, en tu vida y tu muerte,
En tu oro, tu bronce y tu cobre,
En tu blanco azahar, en tu albero,
Dejar de verte no quiero.

RESEÑA

Jueves, 30 de septiembre de 2021. Plaza de Toros de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla. 11ª de abono de la Feria de San Miguel. 6 Toros 6, de Hermanos García Jiménez y Doña Olga Jiménez para:
Julián LópezEl Juli”, de azul Soraya y oro, oreja y silencio; José María Manzanares, de corinto y oro, ovación con saludos y oreja; y Paco Ureña, de rosa y oro, silencio y oreja.

Incidencias: Óscar Bernal fue ovacionado tras picar al tercer toro de la tarde.

spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img

RELACIONADO

spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img