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Pleno de un Bolívar pletórico y enorme dimensión de Emilio de Justo en Manizales

Luis Bolívar demostró esta tarde en Manizales, como ya hizo la semana anterior en Cali, que su toreo es uno de los mejores argumentos que tiene Colombia para defender la Tauromaquia. Su experiencia y capacidad delante de los toros, sin duda, es un pilar que debe servir para mantener el interés de los aficionados cafeteros y generar la ilusión de los que acuden por primera vez a una plaza de toros. Esta tarde se entretuvo en firmar un pleno y paseó cuatro orejas con una rotundidad aplastante. Anda en un momento soberbio, le puede a todos los animales y consigue lucirse después de mostrar esa solvencia. Tomás Rufo, con el peor lote, paseó un trofeo y dejó destellos del temple y las condiciones que atesora, mientras que Emilio de Justo, que perdió premio con el descabello, quiso mucho con el importante segundo sobrero de Caicedo, animal que completó una corrida manejable de Las Ventas del Espíritu Santo.

Bien hecho y con trapío suficiente para Manizales, el primero fue un astado con fijeza y prontitud, que se movió desde el primer tercio, algo que aprovechó Luis Bolívar para enjaretarle cuatro verónicas templadas y la media. Luego, comenzó doblándose en los medios con él, en muletazos de rodilla genuflexa, pero a media altura, pues el animal mostró que le falta resuello. Lo ayudó mucho, perdiéndole pasos para que las inercias ayudaran al toro a afianzarse. Poco a poco, más tarde, fue recortando las distancias y sometiéndole más.

De mitad de faena en adelante, el colombiano apretó más al toro bajándole la mano y el del maestro Rincón, aunque se afligía un poco, respondió, propiciando muletazos largos. Faena sólida, de menos a más, que tuvo un tramo final cumbre al natural, con los vuelos de la muleta, enganchando las embestidas de manera vibrante. Lo mató de una estocada tendida recibiendo y, aunque tardó algo en doblar, recibió el doble premio.

Más manso y reservón, el cuarto fue un animal obediente, pero flojo de remos al que Luis Bolívar cuidó para que no se desgastase en los primeros tercios. Lidia cuidada y de mucha suavidad que continuó en una primera mitad de faena basada en sostener al toro, ayudarlo, para darle celo y después, como el animal tuvo nobleza pudo firmar muletazos de bellísima factura por ambas manos. Mención especial para su toreo al natural, muy encajado y ceñido, que tuvo además el añadido de una serie sin la ayuda con la diestra. Muy despaciosas. La estocada, de premios, puso en su mano otros dos trofeos en pleno clamor del público.

El segundo sobrero, con el hierro de Juan Bernardo Caicedo, fue, holgadamente el toro más serio de lo que va de Feria del Café. Un toro altote importante por su trapío, por sus pitones y remate, pero también por su comportamiento. Salió arrollando, con mucho ímpetu, embistiendo recto, sin terminar de obedecer a los engaños y derribó en el encuentro con el caballo, obligando a sacar al ruedo otra montura, lo que dilató su lidia. Complicó también a los toreros de plata en banderillas porque se arrancaba fuerte y cortando. Luego, Emilio de Justo estuvo sensacional con él muleta en mano. Le consintió mucho en la muleta y lo empapó de ella para lograr que no fuera una embestida tan lineal. Llevó su tiempo, tres series, hacerse con las arrancadas del toro.

A partir de ese momento, lo exigió por abajo de verdad para tratar de rebajar ese poder del encastado animal. Un animal que vendió cara cada embestida y con el que De Justo dio un pase al frente para anticiparse a él en todo momento. A medida que perdió ese temperamento, el cacereño pudo relajar el trazo y desmayar el brazo en cada muletazo que llevó hasta el final con enorme estética y hondura. Los pases de pecho, largos, de pitón a rabo, desgarrados. Le metió un espadazo, cuando un sector incluso pedía el indulto del animal, pero el toro se tragó la muerte. Se le resistió el descabello a De Justo, que escuchó dos avisos incluso, por lo que sólo saludó una ovación.

Bajo y bien hecho, el segundo se mostró obediente y tuvo nobleza de salida, pero ya mostró en alguna ocasión intención de querer irse a sus querencias. Se abría mucho en las embestidas y Emilio de Justo lo entendió a la perfección. Se lo llevó a los medios y, ahí, lo pudo sujetar a media altura y sin obligarle demasiado para que se quedara, pero luego, cuando vio que había que imponerse lo atacó con autoridad y decisión. Se tragó cuato tandas con la diestra el toro, porque en el primer muletazo al natural, se rajó clamorosamente en tablas. Lo mató de media estocada que necesitó del descabello.

Bajo como un zapato y más justito de presencia, el tercero fue un animal bajo de raza, que tuvo bondad, pero adoleció de trasnmisión y empuje. Hubo que tirar mucho de él, empujarlo a romper, tapado en la muleta como intentó Tomás Rufo. El español, que supo jugar con los tiempos y las distancias para que no se viniera abajo, estuvo sensacional con él. Mostró una elegancia exquisita, siempre rematando los muletazos detrás de la cadera. Corrió ambas manos con temple, pues hubo derechazos profundos, pero destacó el vuelo de su muleta manejando la zurda. Su sentido del temple fue la clave de todo, pues si el de Las Ventas del Espíritu Santo lució mejor fue gracias al trato del toledano. La estocada fulminante hizo aflorar los pañuelos y, aunque se pidieron ambos trofeos, el palco sólo otorgó uno.

Se partió uno de los cuartos traseros el quinto de la tarde y salió un sobrero del mismo hierro, que también fue devuelto por idéntico motivo. Así, se optó por correr turno y salió el sexto de Las Ventas del Espíritu Santo en quinto lugar. Un toro flojo y descastado, al que le costó mucho romper hacia delante siempre en los engaños. Rufo, que prefirió no estirarse con el percal para ahormarlo en el recibo, hizo un esfuerzo con él, porque al burel le costó cada vez más pasar en los engaños. Por ello, optó por tandas cortas y con la franela a media altura, siempre en muletazos cortos. Únicamente al final logró que repitiera un par de veces para ligarle un par de pases con cierta continuidad, pero la faena no tomó vuelo. Además, marró con el acero. Fue ovacionado.

RESEÑA

Plaza de toros de Manizales, en ColombiaColombia. Quinto festejo de la Feria del Café. Casi lleno. Toros de Las Ventas del Espíritu Santo, el quinto como sobrero que también fue devuelto, salió en su lugar en sexto orden, tras correrse turno, un sobrero tris, de Juan Bernardo Caicedo, parejos de presentación y bien hecha, sin exageraciones. Manejables, pues fueron obedientes y nobles, en general, pero con varios ejemplares en los límites de la fuerza y la casta. Muy serio el encastado sobrero de Caicedo, que pesó mucho en la muleta.

Luis Bolívar (de negro y oro), dos orejas en ambos.

Emilio de Justo (de verde esmeralda y oro), silencio tras aviso y ovación tras dos avisos.

Tomás Rufo (de azul soraya y oro), oreja con petición de la segunda y ovación.

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