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Con la miel en los labios

La cuarta de la Feria de Otoño fue una tarde para relamerse. Varias veces. Y sin rubor. Con descaro. Porque hubo miel, reluciente, dulce de verdad. Como ese oro líquido del mismo panal fue el preludio de faena de Juan Ortega al quinto. Pura delicatessen. Rezumó sevillanía, toreo caro, como las dos tandas posteriores en redondo. Para paladear fue también el sublime toreo a la verónica de Pablo Aguado al tercero y el inicio de faena, rodilla en tierra, magnífico. Con uno y otro, Madrid rugió en esos ‘olés’ made in calle Alcalá, pero no crujió como en los días grandes. Faltó algo a las obras de los dos sevillanos. Nos quedamos con la miel en los labios. Posiblemente, la incógnita de la ecuación quede resuelta por una corrida de El Pilar que acusó su excesiva romana. Envió al Cónclave dos toros buenos y con clase -tercero y quinto-, curiosamente, únicos cuatreños en encierro de cinqueños en una corrida con idéntico denominador común: la falta de fondo y de duración, por tanto, de casta. A casi todos, les costó un mundo a partir del tercer muletazo. El lote de Diego Urdiales, que mostró torería y dejó algún pase suelto largo y de trazo limpio, puso el amargo a la tarde.

 

Lavado de cara y sin demasiado remate, acapachado y con pitones para delante, el quinto -junto con el tercero, el otro que no era cinqueño del encierro- fue muy protestado de salida. No gustó. Cumplió en los dos puyazos y tuvo clase a raudales en la muleta. Tanto como medido poder. Ortega firmó un prólogo primoroso, con mucha torería y andándole al toro: ahora a dos manos doblándose por bajo, ahora el de la firma, una trincherilla por aquí, el molinete invertido por allá… Bellísimo. Hubo dos tandas con la diestra sobresalientes, muy despacio, otorgando al de El Pilar, que tuvo gran nobleza, un tiempo entre pase y pase. Toreo profundo y muy relajado en ese par de series que, sin embargo, tuvo más altibajos en las posteriores. La duración del toro tampoco ayudó. Lo mató de estocada tendida y afloraron los pañuelos. El palco no concedió el trofeo y dio una vuelta al ruedo.

Bajo y lleno, hondo, de lomo recto y con cuello, bien hecho, con la cara bien colocada y armónico, el segundo embistió de categoría en el recibo de capa de Juan Ortega, que dibujó varias verónicas de buen porte y luego galleó por chicuelinas de mano baja para ponerlo en suerte. Fue un animal, que empujó fijo en el peto, aunque no anduvo tampoco sobrado de motor. Posiblemente, el inicio por doblones -de buen trazo y con mucho sabor- de Ortega, exigiendo al animal no ayudó a estirar su duración. Y es que el de El Pilar echó la persiana tras la segunda tanda. Muy aplomado, una quimera desde entonces, el sevillano fue por el acero más pronto que tarde. No le ayudó el toro, paradísimo ya y junto a las tablas, pero Ortega tampoco lo vio claro.

Alto y basto, muy montado, de imponente alzada, con buen cuello, de mazorca blanca y pitón negro, abierto de cuerna y enseñando las palas, el tercero repitió con clase y codicia en el templadísimo saludo a la verónica de Aguado. Lances al ralentí, meciendo el percal muy despacio, cargando la suerte hasta la boca de riego para rematar con una buena media. Cumbre. Lo llevó al peto de nuevo por verónicas y dejó un precioso quite por delantales que abrochó con una media abelmontada de enorme sabor. El toro, que tuvo calidad, cumplió en varas y cortó lo suyo en banderillas.

Comenzó Aguado por bajo, muy torero, rodilla en tierra, para sacarlo más allá de las dos rayas. Hubo una trinchera de cartel. Fue una faena de buen trazo, con empaque y gusto, pero a la que faltó mayor ajuste y terminar de romper. Hubo muletazos de excelente factura, especialmente por el pitón derecho, acompasando la noble embestida del toro de El Pilar, bueno, que llegaron al tendido, si bien, al conjunto pareció faltarle rotundidad. Todo el alma que sí hubo con el capote, excelso. Sólo una tanda postrera con la zurda, en la que bajó además, el diapasón del trasteo, con el toro ya más entregado. Lo mató de estocada corta. Ovaciones para toro y torero.

Cerró plaza un colorado con mucho esqueleto y volumen, largo y con alzada, estrecho de sienes, que permitió de nuevo lucirse a Aguado manejando la seda. Buenas verónicas. Destacó Iván García con las farpas. Le faltó recorrido y ritmo al toro que, como otros de sus hermanos, acusó sus cetácicas dimensiones. Rebrincado en los compases iniciales del trasteo, le fue costando cada vez más, sin maldad, pero defendiéndose. Como darse de bruces contra un muro.

Rompió plaza un toro hondo y con cuajo, largo y con alzada, ofensivo, acodado y estrecho de sienes, que se pegó tres vueltas completas al doble anillo antes de que Urdiales pudiera saludarlo. Justo al estirarse a la verónica, perdió las manos y no hubo ya opción de lucirse. Toro muy medido de fuerza, que se durmió debajo del peto en las dos varas y se dejó en banderillas. Comenzó el de Arnedo con la diestra a media altura -muy reunido todo el trasteo- sin apretarlo, porque el toro estaba con alfileres, en cuanto le bajó la mano por primera vez claudicó. La embestida, cada vez más descompuesta, por esa escasez de motor. Por ello, incomprensible que algunos le pidieran cruzarse con un toro que, tras cada pase, quedaba descolocado para el siguiente. Pese a ello, de uno, logró robarle una tanda al natural de mérito. Largos y profundos, con mucha suavidad, sin un tirón. No hubo opción de más. La estocada, algo contraria, suficiente.

Largo, hondo y con cuajo, bastito, con volumen, caja e imponente alzada, el colorado cuarto apretó para dentro de salida en un recibo de Urdiales a favor del toro, ahormando su embestida. Se dolió y trató de quitarse la vara en un paso por el caballo en el que se repuchó. Toro de poca entrega en los primeros tercios, el riojano se lo sacó más allá de las dos rayas y ahí trató de prolongar sus embestidas. Fue un toro que pareció atacado de kilos, puesto que le costaba la vida desplazarse a partir del tercer muletazo. Le robó un par de derechazos con largura y temple, pero, aunque descolgó un poco más en la franela, fue complicado ligarle una tanda completa, por esa excesiva romana. Muy complicado. Urdiales lo mató de pinchazo y estocada.

RESEÑA

Plaza de toros de Las Ventas, en MadridEspaña. Cuarta de la Feria de Otoño. Tres cuartos de entrada, 20.096 espectadores, según la empresa. Toros de El Pilar, desiguales de  presentación, a alguno como al quinto, le faltó remate. El 1º, con muy poca fuerza, sin maldad, pero descompuesto en la muleta; el 2º, con clase en los primeros tercios, pero con muy poco motor y fondo, duró dos tandas; el 3º, noble y con clase, lo quiso todo por abajo, le faltó una brizna más de casta; el 4º acusó su romana, le costaba a partir del tercer muletazo; el 5º, enclasado y humillador, pero medido de poder, duró poco; y el 6º, sin ritmo y rebrincado, sin maldad, pero terminó defendiéndose.

Diego Urdiales (de verde esperanza y oro), silencio en ambos.

Juan Ortega (de verde billar y oro), silencio tras aviso y vuelta al ruedo tras petición.

Pablo Aguado (de azul soraya y oro), ovación y silencio tras aviso.

Incidencias: Se guardó un minuto de silencio en memoria del matador de toros Luis Alfonso Garcés, fallecido en las últimas horas.

 

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