Luque siempre llama dos veces: memorable, a hombros del Puerto una vez más

El de Gerena corta dos orejas y abre por segunda vez consecutiva la Puerta Grande de la Real Plaza de Toros del Puerto de Santa María. Morante y Roca Rey pierden el trofeo con la espada, y los de Cuvillo no terminan de convencer, vueltas al ruedo aparte.

El cartero siempre llama dos veces, ya lo decía la película. No todos los trenes pasan dos veces por el mismo sitio, salvo los de Renfe, o los operadores y operadoras de las compañías telefónicas que enrojecen las orejas de todos y cada uno de los habitantes de este planeta a la hora de la siesta. Pero es que yo sé de un tren que no erra ni en hora ni en sitio, y que más que pasar apisona los caminos.

No falla ni queriendo. Se llama Daniel Luque, y ustedes ya lo saben porque están hartos de verlo reventar plaza sí y plaza también, sin pero que valga, propinándole agujetas a los pacientes capitalistas que cada mañana aguardan en la puerta de su hotel. A contrato fijo, vaya. Segunda tarde, segundo disparo, segunda salida a hombros. Ocurría en el quinto de la tarde, resacosos de caos los tendidos. Estos no le suelen esperar, hasta que saca la golosina que guarda bajo la manga sacando miel de pozos inhóspitos, y pone la plaza que se le antoja a revientacalderas. El burel de Cuvillo que tenía delante no prometía en exceso, aunque con aires grandes lo recibió por verónicas adelantaladas, asentados los talones. En el caballo buen trato sin excesos, y en banderillas lidia adecuada, y así llegábamos a la muleta. No hubo brindis, y se presentaba callado aquello. Entre silencios anduvo, cocinando porvenires, e hiriendo el silencio alguien exclamó: «bájale la manita un poco yaaaaa», y claro, el matador se mordió la lengua. Cómo tuvo que sentirse «el gritos» cuando sin previo aviso le sopló por la derecha (y bajando la mano, por supuesto) una serie que despertó a los leones, y cuando quisimos darnos cuenta estaba sonando la música. Lío es poco, yo por un momento me puse a mirar sonotones por Amazon. Ensordecedor. El dominio de las alturas, el empuje de los marfiles, el encaje, la técnica, y todo ello envuelto en gusto. Del toro el ensalce, haciendo de lo notable lo exquisito. Poco más se puede pedir. Se abandonaba Luque, ¿y quién no lo haría? Alma abierta frente a la multitud. Este torero es el tapado por excelencia. Y tiene que dejar de serlo, porque se está plantando en figura. Mató como Dios manda, y no tardó en rodar el morlaco. Dos orejas como dos camiones, y tanto ensalzó Luque al toro que hasta asomó el pañuelo azul, bastante excesivo, siendo realistas. De su otro toro sólo puedo decirles que abrevió, pues ni dos compases marcó el reloj que el toro se había rajado ya lo menos diez veces, intratable en lo irracional. Palmas cuando tomaba el acero, le metió mano y aunque un poco caída, efectiva.

Morante, faltando a lo que es en él leyenda prácticamente durante estos últimos tiempos, no terminó de caer de pie en el último de sus compromisos esta temporada en el Puerto. Dejó una de cal y otra de arena, con la mala fortuna de amargarle el gusto los finales. Miren ustedes que salió buscando la guerra, y próximo a tablas se la encontró con el percal de vueltas verdes sobre las yemas de los dedos. Farol de rodillas, nada menos, para ir abriendo boca, para quien no se enteraba de que aquello empezaba ya. Prosiguió genuflexo pero el toro lo desarmó bruscamente en una de sus salidas del engaño, arreando a las alturas y llevándose el capote casi consigo, dejando al cigarrero a una mano. No hubo mayor consecuencia. No se le dio al toro el mejor trato posible en varas, con un segundo puyazo que sobró por completo, que además causó una fea herida en los lomos del animal. Por ello derivó el toro en un ser más doliente que pugnante, apagando un poco la candela. No se tapó Morante, que quería intentarlo entre pitos y flautas que llovían de la piedra. Comenzó genuflexo, dominante. El toro entró bien en inercias, y una vez estas se fueron quedó a reseñar tan solo la entrada en muleta, puesto que brusqueaba a mitades. No obstante, ahí estuvo el de La Puebla, sabio hasta en los derrotes al aire en las medias alturas. Sabor hallamos hasta el final, lo que agrió fue la espada, que entró arriba, pero atravesada, llevándose consigo el premio. El segundo episodio fue pandemónico. Toro a priori frío, a posteriori manso. Ni recibo, ni apenas varas; caos total y absoluto en banderillas y un visto y no visto en la franela de Morante, que tiró por la calle de en medio sin tapujo. Media lagartijera le puso, y dos descabellos para que muriese. Y hasta el año que viene.

Hoy Roca Rey no alcanzó plenamente su dimensión. Prometió de inicios con un tercer toro que transmitía en los envites, se movía y humillaba chisposo. Planteó inicios de faena muy inteligentes, tras haber templado y gustado con el capote, levantando oles en sol y sombra a la verónica. Aprovechó los buenos sones del toro hasta transcribirlos en las partituras de los músicos, que no tardaron en sonar ante su hacer. Alegría era la palabra, pero de repente algo cambió. Un par de miradas al adentro lanzó el de Cuvillo en forma de arrancada, y nos vimos cercanos al susto. No se doblegó ni recibió tampoco sangre el peruano, que se recompuso para intentar seguirle. Pero ahí el animal había perdido facultades, y acortaba en recorrido, y no se terminaba de dar. Afloraron recursos, pases de pecho por la espalda y recitales ya poco apetecibles llegados a este punto, por lo que perdió fuelle su faena. Se le fue la oreja con la espada, pinchando dos veces hasta poner estocada arriba después. Ya en su segundo estaba el tema más complicado, resacosa ahora la plaza de jaleo, del bueno, por si preguntan. Tuvo delante a un castaño un punto abierto de cara, brusco de comportamiento como de hechuras, que dio mala guerra de primeras y vacío de segundas. Lo intentó Roca Rey, pero no fue suficiente para levantar aquello. Le reconocieron su voluntad los tendidos. Mató arriba y murió sin tardanza.

La corrida de Cuvillo fue irregular cuanto menos. Ningún toro destacó de forma excepcional sobre los demás, pero si hubo uno que en conjunción con las manos de su matador hizo fuego en las candelas del graderío. Ese toro fue el quinto, y fue ensalzado por Luque hasta tal punto que se le premió con los mayores honores posibles en lo póstumo, dígase la vuelta al ruedo. Hubo dos toros de abreviar (2º y 4º), mansos, uno que prometía pero se apagó (3º), y dos algo insulsos, al menos un tanto móviles más o menos bruscamente (1º y 6º). La entrada, gracias al Cielo, fue por fin de lleno.

Y es que esta Plaza, como cualquier otra, como más bonita viste, es de lleno. Pero la Plaza del Puerto tiene algo, y hoy ese algo se derramó sobre los alberos de la mano de los vuelos de un perro de presa, un león, uno de esos que no mata sin morir antes. Daniel Luque, señoras y señores. Hoy hemos disfrutado. Y si se disfruta aquí, por dos que cuenta. Se me escapa el verso ya:

Si sólo una noche falta

Que sea contigo el morir

Pues todas las noches del Cielo

Las quiero pasar junto a ti.

 

RESEÑA

Plaza de toros de El Puerto de Santa María (Cádiz) España. Quinta de la Temporada de Verano. Cartel de «No hay billetes». Toros de Núñez del Cuvillo. el quinto premiado con la vuelta al ruedo.

Morante de la Puebla, (de nazareno y oro), ovación con saludos tras aviso y silencio.

Daniel Luque, (de verde botella y azabache), silencio y dos orejas

Roca Rey, (de mandarina y azabache), ovación con saludos y silencio.

Incidencias: saludó Juan Contreras tras banderillear al segundo.

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