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Lucía Fraile: «Que mueran en el centro del redondel, que su vida haya tenido un fin, un sentido, que hayan cumplido con su destino»

Lucía Fraile ha compartido en su perfil de una red social, una carta en la que muestra sus emociones sobre todo lo ocurrido en la última semana con sus toros de El Puerto de San Lorenzo, que se iban a lidiar en Lima. Sentimientos que contrastan entre la pena por la muerte de los astados en el avión y la alegría por el buen juego de los tres que llegaron a lidiarse.

La carta de Lucía Fraile dicta lo siguiente:

«Cuatro de los toros del encierro a Lima murieron en el avión. Los tres que quedaron se lidiaron en la plaza de Acho a los pocos días. A «Sabueso», astado con el que tomó la alternativa el mexicano Arturo Gilio, le fue concedido el Escapulario de Plata de la Feria del Señor de los Milagros 2022. «Carasucia», lidiado por el héroe peruano Roca Rey, le premiaron con la vuelta al ruedo. «Inspector» propició una faena magistral, según los críticos, de El Juli.
Qué mala cara tienes, ¿te pasa algo?, le pregunto a mi hermana M en la calle. Es que se han muerto los toros en el avión, me contesta. Yo no había calculado los riesgos del viaje transoceánico, caigo ahora en los cambios de temperatura y de presión en la bodega del aparato. Y me imagino a los toros muertos, quizá asfixiados. Mi primer pensamiento, mi único pensamiento, es para los toros muertos. Pobres toros, repite mi cabeza, pobres toros. Subo a casa y apenas puedo dar clase. Al rato me meto en la cama. Mi cuerpo, en estado de shock, ha desertado. Pero por qué soy así, me digo, por qué me paralizo, porque mi cuerpo se niega el movimiento. Me echo la sábana negra por encima. También mi mente chirría como la emisora de una radio con problemas de sintonización. La sábana sobre el cuerpo, la sábana sobre la mente, sobre la culpa. Por qué tengo que tomarme así las cosas. Dormir durante horas. Un pacto con la parálisis y el estupor, una tregua a la tristeza. Pobres, pobres toros, morir así. Quizá mañana se haya digerido la pena.
Escribe, dice mi hermana C, escribe para contar por qué nos sentimos así. Yo quería escribir pero solo podía hacerlo con líneas en mi cabeza. La realidad es una roca con aristas, y el lenguaje trata de suavizarlas. Pero el peso de la roca continúa siempre presente, el peso de la realidad en el corazón. Eso escribía por dentro. Escribe para que todos sepan por qué sentimos así, porque la gente no lo sabe. Y el niño dijo que qué mas daba, que por qué la conmoción y la pesadumbre si a los toros los iban a matar de todas maneras. Qué absurdo, pensarán como el niño muchos. Si los toros iban a morir igual en la plaza apenas un par de días después. Y aún esta pena –pobres, pobres toros sin poder que mueren encerrados en un cajón de avión– que taladra su camino hasta lo más hondo. Qué lástima, animal tan poderoso y lo mismo muerto, su vida truncada apenas dos días antes de morir en la plaza.
Que lo explique, me piden, que le ponga palabras a esto que tantos sabemos. Porque estos días hemos recibido muchas muestras de pesar por el accidente, primero, y muchos parabienes después por el juego de los tres toros que sobrevivieron. De gente conocida, de gente que nos quiere, pero también y sobre todo de personas que no conocemos, de aficionados de España y del otro lado del Atlántico, que tan lejos y tan cerca comparten lo que sentimos, lo que sabemos: algo que no es un secreto pero que no todos comprenden. El sinsentido que señalaba el niño: la muerte es solo muerte, es igual para todos y en todas partes.
Pero no lo es, para nosotros que lo sabemos no lo es. Lo sabemos en los toros que se matan en un triste accidente y en los toros que triunfan en el ruedo. Y sabemos aún más. Sabemos que no es una cuestión de triunfo o éxito… sino de lucha, siempre de lucha, de ponerse en pie. Que los toros no mueran asfixiados en un cajón, sin luz ni aire. Que mueran en el centro del redondel, que su vida haya tenido un fin, un sentido, que hayan cumplido con su destino. Que los toros no mueran en un accidente banal, que demuestren el valor de su vida en la acometividad y el poderío. Un animal tan majestuoso no puede morir como un esclavo. El rey de la dehesa no merece morir arrodillado. Y es que- quién puede no entenderlo- solo se puede morir viviendo. Por eso la pena del que muere sin saber quién es, sin gritarlo al mundo, sin dejar su huella. Y por eso el rito del toro en la plaza al que le explota el corazón de entrega y de sentido. Por eso muere el toro en la plaza: porque ha vivido. Y por eso vamos nosotros, los que lo sabemos, a oficiar el culto en la plaza, cada uno de nosotros sacerdotes que otorgamos y recibimos la comunión en nuestro sentir conjunto. Mi hermana quiere que lo explique: se puede vivir adocenado y se puede vivir con orgullo. Y solo se muere como se vive.
«Sabueso», «Carasucia» e «Inspector» tienen nombre propio porque murieron en el ruedo. Poderosos y entregados, quizá han salvado del olvido a sus hermanos. Así nos salva cada tarde a nosotros el toro fiero, el uro primigenio, la fuerza negra que quiere mi hermana que explique, y que quizá solo se entiende cuando se sabe dejar la razón en suspenso.
Bravos, bravos toros. Algún día lo entenderá el niño. O quizá no. Y no importa».
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