Lamelas, López Chaves y Pedraza de Yeltes: ¡Si Delacroix levantase cabeza!

Alberto Lamelas sale a hombros tras cortar dos orejas junto con el mayoral de Pedraza de Yeltes, en una tarde en la que también triunfó Domingo López Chaves, que perdió los trofeos con la espada, ante un grandísimo encierro del hierro charro

Pan y toros. La nieve cubre la piedra, a pesar del verano. Charanga y pañuelo, peñas y albero. Caras descubiertas, ¡qué envidia!, pero de la sana. Más que una efigie femenina a pecho descubierto y bandera en mano, para mí es ésta la Libertad guiando al pueblo, aunque no sea el mío. Delacroix hubiera disfrutado en tardes como esta, hubiera elevado su Romanticismo a esferas superiormente excelsas, pues ¿qué hay más romántico que la Fiesta en su estado más puro? Vida eterna a los románticos, sobra que lo diga. Mont de Marsan. Pedraza de Yeltes. López Chaves, Lamelas y Gómez del Pilar. Que la Libertad nos guíe.

 

El morlaco que inauguró toriles en el festejo era de pinta colorada, grande, badanudo, alto y de finos pitones. Distraída fue su salida, por lo que salió a buscarlo López Chaves con el capote, bregando primero, dejando lances sueltos. 

Pronto fue al caballo el toro, pero frío en las capas al salir de los dos buenos puyazos que tomó. Quitó por chicuelinas Alberto Lamelas. En banderillas no humillaba ni permitía el sesgo más allá del sobaquillo, tampoco fue fácil su brega en ningún momento, por lo que pasó con cuatro palos. Entorerado, salió Domingo López Chaves, de nuevo, a encontrarse con él, muy pegadito a tablas, en muñeca suave pero poderosa. Las apenas medias embestidas del animal, que se desvanecían en su distraído andar hacia querencias deslucían la buena labor del torero salmantino, ensalzada por su actitud templada e insaciable ante un burel que poco decía y menos tenía. A justa medida, finiquitó su primera pieza con una habilidosa estocada un punto atravesada pero eficacísima que dobló rápidamente al  manso bovino, pitado en el arrastre. Se silenció al diestro. 

 

Arrodillado, lejana la puerta, se postró Alberto Lamelas para rendir pleitesía al dios Toro en el recibo capotero. Le aguantó la mirada sin peros al segundo de la tarde, castaño oscuro, alto de cara y de cuartos traseros, serio y astifino. Suelto salió tras la portagayola, y tras él se fue el espada, encontrándolo finalmente en un breve ramillete de lances ante la frialdad de su embestir. Pronto llegó al peto en ambos puyazos, incluso con la lejanía por frontera. No escatimó ni lo más mínimo en riñones al emplearse en las varas, lo que llegó a los tendidos. Antonio Prieto, castoreño en sienes, fue fuertemente ovacionado. Quitó Gómez del Pilar por ceñidas chicuelinas, derrochando firmeza, y no esperó Lamelas ni un segundo para replicar a su competente, quitando él por gaoneras, jugándose los muslos sin miramientos. Complicado resultó para los subalternos en palos, al no hallarle apenas sesgo, con entradas de una en una. Brindó Alberto Lamelas al público francés. En los mismos medios comenzó la danza, venido arriba el toro y trazando largo el torero. Encelado, el toro se comía la franela, casi mordiéndola por abajo. De primeras, por ímpetu, al jienense le era complicado templar y no dejarse atropellar por el embestir del franciscano. No obstante, terminó por encontrarse con él en las posteriores series, suavizando asperezas y aprovechando las dulzuras que de cuando en cuando se derramaban de entre la bravura del cornúpeta, que duró hasta el final. Selló su obra Lamelas con una buena estocada, ante la que el toro murió como fue: bravo. En el paseo con Caronte algo se demoró en pisar tierra, por lo que sonó un aviso. Oreja y vuelta al ruedo al toro, de nombre “Burrecato”.

 

Colorado de pelo, entacado y fino de cuerna era el tercero de la tarde. Salió disparado, chocando bruscamente con las tablas, lo que mermó su acometer en el capote de Gómez del Pilar, aun repitiendo en él. Se empleó notablemente en el tercio de varas, con un primer puyazo justo y necesario, peleado por el burel, y un segundo al que arrancó tras colocarlo su lidiador con una zapopina. Tuvo que tomar un tercer puyazo el toro, solicitado por el público y posteriormente exigido por el presidente. Bravísima fue la acudida del toro al peto, alegre y enrazada, desde tierras lejanas. Ovacionó el público al varilarguero, Juan Manuel Sangüesa. Las banderillas afloraron luces de manos de Rafael González Amigo, que saludó montera en mano. Brindó la faena Gómez del Pilar a los tendidos. De rodillas lo recibió con la muleta, ante la lluvia de raza del animal, que repetía y daba lo que se le pedía, una oda al picante. Costaba darle salida, y tanta muleta quería que se llevó un palillo por delante. Tenía leña y había que darle fuego, candente, arderle sin turbarse. Eso mismo buscaba el matador madrileño, que poderosamente hizo propia la raza del colorado cuando esta se elevaba, y que no se dejaba sorprender ante los espontáneos arreones. Irregular fue el toro en su totalidad, pues de un momento para otro, se apagó de repente. Llegó la espada, que Noé Gómez del Pilar enterró al volapié, quedando esta caída y perpendicular. La muerte requirió descabello, eficaz tras varios intentos. Silencio. 

 

Largo, hondo, alto, mas corto y grueso de cuerna que sus hermanos dentro de su seriedad, y de capa colorada, era el cuarto que salió por toriles. Obligó a la pura brega en su encuentro con el capote, a lo que López Chaves lo sacó de rayas hacia afuera para pararlo. Bronco y rebrincado fue el primer choque entre toro y peto, puyazo rectificado por difícil colocación a la primera. Acudió el morlaco al caballo más de lejos en el segundo encuentro, pero fue más de lo mismo. A base de pragmatismo se forjó el tercio de banderillas, sin luces que valiesen. Con un pie en el estribo y la muleta armada en la derecha partió a navegar el charro, pintando los suelos y los tendidos en el comienzo de faena. En lo que ligaba la segunda serie, en la que el animal repitió venido un poco a menos, se le quedó por debajo entre lances, enganchándole glúteo y cintura afortunadamente sin ir más allá del varetazo, y apalizando al diestro una vez en el suelo. Se repuso el salmantino, embravecido, dispuesto a morir matando con la torería como arma y sínom. Hizo de la rabia maneras, música, navegando ahora tempestades, erigiéndose en la duda. Delacroix en la muleta, su rojo en la sangre. No se dejó nada adentro. Brilló en su dolor, que se hizo gloria. Hizo acto de presencia el acero, pero encontró hueso una, luego dos veces. Terminó por enterrarla a la tercera, algo caída, pero útil. El dolor del torero se hizo del público al revolverse la luz tras marrar la espada. Pero la gloria se hizo aliento, y el aliento aplauso, y rugió Mont de Marsan para rendirle honores a un torero, a Domingo López Chaves, al que exigieron una merecida vuelta al ruedo con aires de triunfo grande. 

 

Pantagruélicas hechuras se avistaron nada más llegar a las arenas el también colorado quinto, que si ya de por sí era amplio en badana, tenía pitones para cuatro regimientos. Y para colmo, Lamelas se fue con él a portagayola de nuevo, y lanceándolo con garboso encaje después, enardeciendo al personal. Un gran primer puyazo tomó, empleándose y creciéndose. Para el segundo encuentro, la bestia fue colocada en la otra punta del ruedo para que acudiese al caballo. ¿Adivinen? Acudió. Alegría, como si los tendidos le estuviesen haciendo el pasillito al burel que peleaba el castigo que le estaba por venir. Espectacular fue el puyazo, volviendo a nacer el Romanticismo, como si hubiera naufragado en el ruedo la Balsa de la Medusa de Géricault. Que viva la Fiesta, digo. Ovación cerrada a David Prados, protagonista junto al toro del espectacular tercio. En banderillas, la plata brilló como el oro, destacando notabilísimamente José Antonio Prestel, que saludó una calurosa ovación. Brindó Alberto Lamelas a las peñas de la ciudad, presentes en los tendidos en cada tarde de la Madeleine. Lo que el toro prometía se comenzó a evaporar según apareció la muleta, pues más que embestir arrollaba en numerosas ocasiones, y las pocas embestidas que  caían de entre sus pitones solían ser desordenadas, algunas de ellas quedándose en los tobillos. Llegó a coger al diestro jienense por el glúteo también, sin consecuencias mayores que el pisoteo ya en el suelo. No quiso dejarse ganar, y no le perdió la fe al toro. Cerró su tarde con ceñidas manoletinas que llegaron remarcablemente al público. Falló en primera instancia con la espada para acertar finalmente a la segunda, a lo que el público le otorgó una oreja. Asimismo, también se le otorgó la vuelta al ruedo al toro, plenamente por el tercio de varas que dio, ya que no se le vio en la muleta. Su nombre era “Sombrilla”. 

 

El último de la tarde era negro, serio y charro en hechura, astifino. Se gustó a la verónica Gómez del Pilar en el recibo. En el caballo fue pronto en el acudir, pero peleó lo justo en sus bajos. Se aprovechó su prontitud para imponerle un tercer puyazo. Mal tercio de banderillas de los hombres de Gómez del Pilar, nefasta la colocación que tomaron los pocos palos que quedaron clavados en los dos primeros sesgos, salvándose sólo el tercero. La faena de muleta partió con mano baja y templada, buscando la manera de meter al toro en vereda sin perderle la exigencia que éste reclamaba. La suavidad hecha al mando. A pesar de estar la piedra fría en el comienzo de la faena, tocando las teclas necesarias, echó a volar la palma y con razón, pues no era nada fácil lo que las manos contaban al animal así como al tendido, lo que este último supo ver, lo que propició la aclamación. A la altura de las circunstancias. Estuvo muy serio e importante con él, a la faena sin música. Cuando el toro tiró hacia tablas, el madrileño se dobló con él y selló labores. Allí mismo lo fue a matar, donde le puso una estocada atravesada que no surtió efecto, por lo que precisó descabello para hacer muerte. 

 

Grandísima tarde dieron los toros de Pedraza de Yeltes, excepcionalmente presentados, grandes como acostumbra el hierro, con dos grandísimos toros como lo fueron segundo y quinto, ambos premiados con la vuelta al ruedo, y otros dos que dejaron opciones, como fueron cuarto y sexto. Alberto Lamelas se llevó la tarde cortando una oreja a cada uno de sus toros, saliendo a hombros del coso francés. Domingo López Chaves estuvo en torero toda la tarde, dispuesto con su primero, que nada tenía, e inmenso con su segundo, con el que perdió los premios por la espada. Gómez del Pilar se mostró firme en su conjunto de la tarde, con gran capacidad pero sin llegar a tocar pelo. El público, de diez, dejando un grandísimo ambiente y, sobre todo, dando ejemplo una vez más. Y para que apunten aquí empresarios y políticos: se pueden dar toros a plaza llena. Si no, que pregunten por ahí arriba. 

 

Muere Sardanápalo según los últimos arreboles se dejan ver en los cielos de la Francia española, de la España francesa. El toreo es muy bonito para asignarle bandera, para ponerle frontera. Al fin y al cabo, esto es de todo quien ama. Y eso es muy grande. Que no se nos olvide. Verso.

 

Si Medusa naufragare 

En arenas Magdalenas,

Libertades nacerían,

Sardanápalo muriera. 

 

 

RESEÑA MONT-DE-MARSAN

 

Domingo, 25 de julio de 2021. Plaza de Toros de Mont-de-Marsan (Francia). 6 Toros 6, de Pedraza de Yeltes, Domingo López Chaves, ovación y vuelta al ruedo; Alberto Lamelas, oreja y oreja y Gómez del Pilar, silencio y silencio.

Incidencias: Tras picar a segundo, tercero, y quinto toro de la tarde, Antonio Prieto, Juan Manuel Sangüesa, y David Prado respectivamente, fueron ovacionados. Rafael González Amigo y José Antonio Prestel fueron ovacionados tras su labor en banderillas en tercer y quinto toro, respectivamente. El segundo toro de la tarde, “Burrecato”, herrado con el número 4, nacido en septiembre de 2016, fue premiado con la vuelta al ruedo. También se le dio la vuelta al ruedo a “Sombrilla”, quinto toro de la tarde, herrado con el número 19, nacido en septiembre de 2015.

 

 

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