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La nostalgia de la Barcelona Taurina

Caminando por las modernistas calles de Barcelona encuentras los resquicios de lo que un día fue una de las ciudades bastión de la Tauromaquia. Aunque algunos han intentado borrar el legado, sus raíces son mucho más profundas y persisten con el paso de los años.

Las corridas de toros forman parte de la historia, la cultura y la vida de la Ciudad Condal. En la capital de Cataluña convivieron a principios del siglo XX tres plazas de toros: El Torín, Las Arenas y La Monumental. La primera, se asentó en la Barceloneta sobre 1834. Su existencia se prolongó hasta las primeras décadas de la centuria pasada en medio del auge de Las Arenas y la inauguración de La Monumental. El Torín dejó de dar toros en 1923 para ser demolida en 1944.

En la actualidad, Barcelona se divide entre la soledad y el silencio que habita en La Monumental que contrasta con el color y la vida que rodea a Las Arenas, aunque ninguna de ellas albergue espectáculos taurinos.

2011 fue un año clave que marcó un antes y después en la Tauromaquia de Barcelona. El 25 de septiembre se celebraba la última corrida de toros en La Monumental. José Tomás, el ídolo de masas, y Serafín Marín, el torero que tenía el cetro del toreo catalán, salían en hombros entre gritos de libertad. A sus espaldas, se ponía el colofón a una larga trayectoria taurina. En el verano del año anterior, el Parlamento de Cataluña por medio de una votación popular, había prohibido las corridas de toros.

La soledad de La Monumental

Entre la confluencia de la Gran Vía y la calle de La Marina sobresale la belleza neomudéjar y bizantina de La Monumental. La Puerta Grande llama la atención en su espectacular arquitectura. La misma por la que cruzaron desde Joselito e Ignacio Sánchez Mejías, pasando por Paco Camino y Joaquín Bernardó hasta llegar a El Juli y José Tomás, ahora se encuentra con el cerrojo echado. Sus taquillas están vacías. Ya no hay colas esperando entrar para vivir una gran tarde de toros. Hay solo un silencio que se enturbia con el sonido de los coches.

En su interior, aún se mantiene viva la llama de la historia taurina de la ciudad. El museo continúa abierto, pero el cartel que lo anuncia está lleno de pintadas y han escrito con tinta negra la palabra «asesino».

En sus paredes ya no están colgados los carteles impresos con los nombres de las máximas figuras o de los toreros que se abren paso. Ahora están pegados otros, con colores desgastados que publicitan conciertos. Aunque su divinidad es inquebrantable, duele verla en este estado.

La «alegría» de Las Arenas

Aquel mismo año en el que La Monumental cerraba, Las Arenas abría sus puertas de nuevo. Esta vez, algo diferente. Ya no existe el ruedo. Queda su circunferencia coronada con un suelo interactivo donde los niños se divierten. El destello de los trajes de luces se ha tornado en focos de colores y en los rótulos de las marcas más conocidas. No se escuchan pasodobles. Solo el típico hilo musical de los centros comerciales que te invitan a consumir. Desde lo que antes eran sus andanadas ahora hay un mirador con vistas a la Plaza de España.

No cabe duda que es un gran atractivo para los centenares de personas que cada día pasan por Las Arenas. Algunas de ellas pasearán por sus paseíllos rememorando viejos tiempos. Aquellos en los que de pequeños vieron triunfar a sus ídolos y, tal vez, les cuenten esas historias a sus hijos o nietos porque así se ha transmitido siempre la pasión por la Tauromaquia.

Hay lugar para la esperanza

No consiguieron «abolir la Tauromaquia», como era el lema de los políticos antitaurinos. Barcelona no ha vuelto a dar toros en 11 años, a pesar de que la prohibición fue declarada el 20 de octubre de 2016 como inconstitucional por el Tribunal Constitucional. Dato fundamental para pensar que cuando la valentía tome a la libertad por bandera, La Monumental reabrirá para albergar la que entonces será llamada «la Corrida del Siglo XXI».

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