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José Garrido marca la diferencia

Imagen: ARJONA-TOROMEDIA

José Garrido marcó la diferencia frente a la brava corrida de Santiago Domecq. Y lo hizo porque a la actitud que tampoco les faltó a sus compañeros, le añadió un toreo de nivel superior. Con más gusto, con más poso y con más sabor. Garrido se mira menos al espejo y torea con más entrega. O sea, mejor que antes.

Es cierto que los toreros necesitan tiempo para encontrar el toreo que de verdad están buscando, si bien el talento es algo natural, que se tiene o no se tiene. A José Garrido, que a veces confundía el buen gusto con el amaneramiento, le faltaba dominio de los avíos, un control más preciso de las embestidas, pero en los últimos tiempos corría el run run de que su tauromaquia había alcanzado una notable madurez.

Tras la tarde de hoy en Sevilla es obvio que no era una leyenda urbana. Más que bonito, ahora Garrido torea bien. Muy bien, como siempre, con el capote, tanto en lances a la verónica, como en chicuelinas y medias. No perdonó en su turno con los toros de Alfonso Cadaval, que se llevó el lote, y también dejó patente su soltura y buen aire en el recibo al cuarto toro de la tarde, que fue bueno pero que aún mejor pareció en sus manos. Toreó Garrido con ajuste y asentamiento, muy entregado siempre y muy seguro de todo lo que hacía, con mando en redondo, firme y con aguante por el pitón más complejo, que era el izquierdo, sensacional en los pases de pecho, torerísimo en los adornos… Faena de regusto, llenando el escenario pero sin parafernalias absurdas, y con la madurez que da el tiempo y las orejas que se le ven al lobo. Media estocada en su sitio mató al toro, y Garrido cortó una oreja indiscutible, de torero a tener en cuenta. Con su primer toro, un mal bicho, se peleó con denuedo y habilidad y no tragó con la espada. Yo creo que una faena de aliño e incluso su correspondiente pitada hubiese sido más consecuente, la verdad.

Fue ése un sobrero que se quedó tobillero y áspero, y también con mala uva se mostró el segundo de la tarde, pero el resto de la corrida fue interesantísima. Galdós fue el menos afortunado con el lote, porque aunque el quinto se dejó torear, punteó la muleta con nervio y no terminó de entregarse. El peruano tiene oficio y anduvo dispuesto con el toro, yo diría que incluso haciendo cosas de bastante mérito, si bien la gente no entró en la faena. Se había ido, por cierto, a recibirlo a portagayola, esa suerte tan arriesgada y de tan escasa recompensa.

Sí hubo premio para Alfonso Cadaval,  al que apoyaron sin reservas en su faena al mejor toro de la tarde. Feo de hechuras y bizco de pitones, fue sin embargo un animal con alegría, fijeza y recorrido. Alfonso se quedó quieto y giró sobre sus talones con la muleta puesta por delante, y así ligó series muy jaleadas, muy limpias y también más rápidas de la cuenta. En realidad, lo que le faltó a Cadaval en ese toro fue básicamente eso, reducir la velocidad de la embestida, lo que hubiera transformado su buena faena en magnífica.

Basada en la mano derecha porque por el otro lado lo vio menos claro, en cualquier caso mantuvo el interés del público, que observó en él a un joven de poca experiencia pero de mucha honradez. Se volcó en la estocada y el toro cayó pronto, de manera que no había lugar a dudas: su faena fue de oreja, si bien no puede compararse con la de Garrido, que mereció también con justicia idéntico premio. ¿Cómo solucionamos, entonces, esta aparente incongruencia? Como dice Curro Romero: prohibiendo estas mutilaciones auriculares…

Al sexto se le atisbaron buenas embestidas, si bien no iba y venía con la facilidad del otro. Es decir, había que traerlo y llevarlo. Y en este punto fue cuando se vio más patente el punto débil de Alfonso, que es su falta de soltura, lo cual le impide a veces desarrollar la tauromaquia que pretende. Con mucha voluntad en todo momento, esta vez la cosa no pasó a mayores.

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