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Histórica faena de Arturo Gilio en la Plaza Mexico

Es el novillero esperado por años en México, cortó dos orejas porque el juez de plaza le negó el rabo

Era una noche apacible, tibia, sensata, pero luego el frío provenía desde lo alto del gran coso por el sensible, muy sensible fallecimiento de Don Alberto Bailleres, empresario de la Plaza México, hombre de negocios y grandes empresas y ser humano de gran calidad. Un minuto de aplausos después del paseíllo fue solo recordarle porque la grandeza que él construyó es enorme.

Se lidió un encierro de la ganadería Núñez del Olmo, de magnifica presencia y resultando cuatro novillos buenos y dos de ellos homenajeados con arrastre lento. La entrada en los tendidos fue de aproximadamente 4,000 aficionados.

Se presentaba en la gran capital el novillero de la Laguna Arturo Gilio. Lanceó artísticamente por verónicas a su primero, sobre todo en una por el lado derecho que fue de sensibilidad pura al desmayar los brazos y dejándose ir en el trance. El novillo clavó los cuernos en la arena y dio una vuelta de campana que afortunadamente no malogró su buen desempeño en la muleta.  Y con ella Gilio se da a torear con temple y extensión a un bravo y emotivo burel, girando el novillero sobre su eje, sin reponer terreno, expresándose con arte y calidad en los derechazos.  Así se explayó en tandas sensacionales que llenaban de ánimo al tendido. Terminó con ajustadísimas bernardinas y un pinchazo le impidió cortar la oreja a pesar de la petición del público, pero dio una muy merecida vuelta al ruedo mientras que el novillo era premiado con el arrastre lento.

Y con el sexto de la noche vino la faena grande. Recibió al novillo, poderosamente bien presentado, con gaoneras y un remate pinturero soltando una punta del capote. Quitó por chicuelinas con gracia y armonía. Y tan solo era el prólogo de una faena histórica.  Con la muleta inició de rodillas trazando muletazos largos y hasta cambiados por la espalda. Erguido ya, se desempeñó con clase y calidad en excelsos derechazos de gran extensión y sentimiento, templando y mandando siempre  las embestidas del astado. Después toreó con donosura por naturales, con una personalidad distinta, única en su quehacer allá en el ruedo, soberbia. Otra vez se llevó la muleta a la mágica mano derecha para extender la belleza de su toreo inédito. La emoción le abrevaba en el cuerpo, su rostro se estremecía entre la alegría y el llanto, era el momento cumbre de semejante obra taurina, y en el tendido sobrevenía la locura del público en un éxtasis que le proclamaba el grito de ¡torero, torero! En medio de esa conmoción anímica toreó por dosantinas y luego desplantes de rodillas. Algunos pedían el indulto del novillo, pero acertadamente desde el callejón le indicaron que tenía que tirarse a matar y así lo hizo dejando un estoconazo que hizo rodar al astado sin puntilla. Apoteósica petición de orejas y rabo que el juez de plaza Enrique Braun no concede, tan solo dos orejas para semejante episodio histórico. Así dio la vuelta al ruedo en hombros de los aficionados y salió por la Puerta Grande la gran Plaza México.

Alejandro Adame fue el primer espada del cartel. En su primero no se acomodó con el capote. Su novillo era bravo pero no le tomó el temple aunque si la distancia lo que le permitió algunos, pocos, buenos muletazos. El novillo cambió y empezó a sosear, no quería nada por el lado izquierdo y el empeño del novillero se volvió infructuoso. Mató de ¾ de estocada y escuchó aplausos.

Con el cuarto estuvo variado con el capote, pero sin gran emotividad. Con la muleta inició de hinojos y ya de pie se enfrentó a un novillo que embestía tirando derrotes lo que descomponía la escena y las intenciones de Alejandro. Poco menos de media estocada para retirarse en silencio.

Julián Garibay poco realizó con el capote con el tercero de la noche, de no ser un recorte con pinturería. Realizó un quite por saltilleras que resultó atropellado pero le echó valor el novillero. Su faena de muleta la inició con un cambiado por la espalda en el centro del ruedo demostrando de que está hecho, pero la inexperiencia le hizo endilgar muchos muletazos sin tomarle el son a un novillo que tenía movilidad. Fue cogido aparatosamente pero sin consecuencias. Se levantó arrebatado para instrumentar manoletinas muy justas y emotivas. Con la espada señaló dos pinchazos y dos medias estocadas para escuchar un aviso.

Con su segundo fue cogido feamente al lancear a la verónica, con la buena fortuna de salir solo doliéndose del pie derecho. Con la muleta no se confió ante un novillo que derrotaba en la embestida y tenía corta trayectoria.  Así que terminó toreando por la cara y señalo tres pinchazos y dos descabellos para escuchar otro aviso.

José Luis Ornelas

Imagen | Infotauro

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