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Gente con cojones

Hace falta valor. A morir se viene a Madrid, caigan de donde caigan los puñales. Firmeza de la terna frente a una corrida mucho más exigente que agradecida. Oreja a Valadez y otra negada a Escribano, que dio la vuelta al ruedo. Retumba aún jaleíto en los tendidos.

No estamos en Japón, pero gente con cojones. Domingo de viento en Las Ventas, de caritas coloradas en los tendidos tras el espectáculo ayer, sufrido por un Paco Ureña que estuvo en el lugar equivocado en el momento equivocado. Suponiendo que haya alguno de la calaña almohadillera que se encuentre hoy presente en la piedra, dudo que recuerde algo de lo acontecido, y si vuelve imagino que será por forzarse a rescatar una mínima idea de qué narices ocurrió ayer. O a beberse otra Steinburg. En fin. Menos mal que no es Madrid.

Cuando de frente no se tiene suficiente, por el mismo frente hay que morir, atacando, arrebatado de casta propia imprimida sobre la ausente. Vergüenza torera le llaman, al desahogo de los toreros frente al contratiempo por la vía de la raza, que algunas veces resulta por hacer brillar la circunstancia aun sin ser del todo propicia. Los toreros se encontraron hoy con una corrida de Torrealta (con dos remiendos de Matilla que no logro entender) que no daba un duro, más exigente que agradecida. Para colmo, la ventolera desmelenada no hizo más que complicar los haceres en mayor medida.

La faena de la tarde estuvo en la franela de Escribano. Trabajado como pocos, puso las cartas sobre la mesa teniendo delante a un Torrealta que por movimiento transmitía, pero al cual había que tragarle ríos de sangre a lo callado, esquivando la sombra puñaladas al aire. Cojones. Lo metió pronto en vereda y por la vía del poder le esculpió una obra de las que sirven como ejemplo a lo que es una oreja en Madrid. Sufridas las manos y las piernas, con la vida en el canto de una moneda se tiró el de Gerena a matarlo. No fue óptima la colocación, pero el toro rodó pronto. La mayoría pidió premio. Pero no se concedió. A petición del público tuvo Escribano que dar la vuelta al ruedo, y de nuevo aflora el doble rasero en los palcos, que a veces dan y otras no, atendiendo a veces al público, otras no tanto.

Leo Valadez por su parte demostró intenciones, en su debut en España como matador de toros, nada menos que confirmando alternativa en pleno San Isidro. Quiere ser torero, y derrochó hambre su comparecencia. El mexicano tampoco se dejó los cojones en el hotel, y estuvo firme como una estaca, adecuadamente capaz para el nulo rodaje como matador en Europa. Su juventud y circunstancia, además de su estar, mantuvo al público consigo a lo largo de la tarde, y el percance en una serie a su segundo aceleró el run run en los tendidos, que tras presenciar una buena estocada por pasaporte pidió algo generosamente la oreja como premio a su tarde. Esta vez sí la concedió el presidente. Para mí, una no quitaba la otra, pero no lo vio así el palco.

A El Fandi le cayó en suerte el peor lote. Su primero fue un manso de libro, que se encerró en toriles sin tapujos en medio del remolino de aire sobre los papelillos y la pañosa del granadino. ¿Lo digo de nuevo? Cojones. Hace falta mucho valor para meterse ahí a arrancarle torbellinos a la bestia, que cuando salía de sus aposentos, lo hacía arreando. Los «buenos aficionados», pitando, lo cual sigo intentando descifrar. Se le vio el plumero a más de uno. Si se va por nombre y apellidos, estamos jodidos. Su segundo tuvo genio y movimiento, pero escasas opciones ofrecía, quedándose los tendidos con la superficie a disgusto.

Carteles como este deberían de ser imprescindibles en todos los seriales. Hoy, aunque el encierro no fue suficientemente propicio, se dio espectáculo en todos y cada uno de los tercios de banderillas de la tarde, manteniendo los ojos en el ruedo durante la misma. Se compartió y se salió ganando gracias a los garapullos. Eso del espectáculo no es cosa sólo de los pueblos. El espectáculo es una de nuestras bazas, y no podemos dejar nunca de darle su sitio.

Gente con cojones, de otra forma, ocupó ciertos sectores del graderío venteño. Aun siendo incomparable a lo que se vivió ayer en la encerrona, hubo jaleíto del cansino, sustentado más en la predisposición que en otra cosa. Un escepticismo que dependiendo de la predisposición saca o no punta, criticando todo salvo lo propio.

Por desgracia, esto está siendo así. Rara vez se pita colocación en este San Isidro. Se pitan nombres y apellidos, y eso es ruina. Sin comprender ni existir motivos exactos, se tiene entre ceja y ceja a una lista negra de toreros, a los que no se les deja ni respirar cuando acuden a Madrid, sin importar cómo estén. Tiene cojones. Esos, mejor dejarlos en casa. Que si alguien los tiene gordos, es el de los marfiles. Y después, los que se ponen delante. Cuídense. Cuiden las plazas. Juzguen los hechos y no a las personas, que eso sólo puede hacerlo quien ustedes crean que está arriba. E intenten ser algo más felices. Que el derrotismo mata más que otra cosa. Paz.

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