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En el nombre de la Rosa

El novillero francés triunfa con bravísimos novillos de Durand y Jalabert, a la par que se hacen notar también Miguel Aguilar y Manuel Perera

Sólo puedo prometer que ni el Ayuntamiento de Arles ni el Gobierno de Francia me han enviado casuales transferencias a una cuenta corriente para que haga semejantes afirmaciones, pero haber venido a Arles es algo de lo que no me arrepentiré nunca. Esta ciudad tiene algo, no fue por casualidad que un tal Vincent, entre otros, se plantase aquí en busca de sí mismo. Permítanme decirles que esa búsqueda es primordial en cada uno de nosotros, y que nunca está de más recordarla. Piénsenlo, no es necesario coger un avión para encontrarse a uno mismo, aunque a veces puede que ayude. Hay un lugar, un momento, una idea para cada quien. Como parte del Todo sólo podemos rendir tributo a la verdad, y vaya si esto es auténtico. Viva la música, el vino, Roma, Arles, y la madre que me parió. Al Toreo no hay que pedirle que viva, ya si eso nos lo pedirá él a nosotros.

Como suelen ser las cosas aquí, deberían de ser en todos lados al menos hablando de listón. El primer novillo de la tarde, de Hermanos Jalabert era fuerte y terciado, en los cánones serios de lo que viene a ser un utrero. Era negro chorreado en castaño, con buenas agujas. Frialdad despertaron sus inicios hasta que, con clasiquísimo capote lo meció Adam Samira, haciendo suavidad de la violencia, deslizando bajo la puerta su carta de presentación para quienes pudieran preguntar. En el tercio de varas se hizo presente la notable intermitencia de fuerzas que tenía el novillo, que cayó estrepitosamente en el picotazo que hizo primera entrada, para volver a flaquear tras el segundo puyazo en el quite por gaoneras que intentó ejecutar sin éxito Miguel Aguilar. Brindó Samira al público de Arles. Viendo lo que le ofrecía el de Jalabert, el espada centró sus labores en el querer, buscando darle muñeca y bamba, e intentando trazar semicircularmente, hasta bien pasada la cintura, y sobre ella. En lo que fue un encuentro progresivamente encandilante, el francés demostró buen concepto e ilusión en imprimirlo, ilusionando igualmente a quienes allí estábamos, diciendo “aquí hay torero”, a falta de un aún largo camino, duro y tedioso, pero que si da fruto, puede germinar notablemente. Su defecto fue la notable escasez de orden en la manufactura de la faena, así como la falta del oficio que sólo tienen quienes hacen mucha plaza al año. No obstante, gustó en sus puntos altos y dejó con ganas de más. Finiquitando, por luquecinas, el toro hizo por él sin llegar a prenderlo en su asta. Le propinó al novillo una media lagartijera que sirvió para echarlo, y el público le concedió una oreja, algo cariñosa.

El segundo novillo portaba el hierro de Durand. Negro, brocho pero muy astifino, era un tiro en el pecho. Si a Belmonte dolía verlo torear, a este novillo dolía verle embestir. Era la rebeldía de la tragedia, las almas de los romanos que algún día pisaron la misma arena para dejarse la vida en ella. Cicerón temblaría. Miguel Aguilar le sopló intensamente de capote, rebosado el toro, que se le comía la esclavina. Se le metió entre pitón y pitón la tela de vueltas amarillas como presa, y no paró de repetir hasta que se la llevó consigo a los suelos de Arles, con la sed de sangre y el hambre que tuvieren los gladiadores. Al caballo entró escopetado nada más lo vio aparecerse, la segunda de lejos galopándole vistosamente. En ambos encuentros empujó seguido y con fuerza, sin llamar excesivamente la atención, y el trato que recibió de los capotes al salir del mismo no fue el más adecuado, lo que pudo medrar sus cualidades. Banderillas desmontera verde y azabache
Brindó al público la muerte del burel. La faena prometía exigencia y voltaje, emoción y adrenalina. El novillo era bravo, bravo, bravo. Se comía la muleta, como si estaba a dos metros bajo tierra, allí iba. Dejó pasajes de altos vuelos (válgame el contraste), la raza desbordaba. Pero había que entenderla y fomentarla, no hacer faena sin consideración. A medio camino se quedó Aguilar. Hubo momentos explosivos, pero en otras ocasiones no supo darle espacio al animal que tenía delante, tanto en terrenos como en desgaste. Esto hizo que el novillo perdiese por momentos, clavando pitones en la arena o perdiendo las manos. Hubiera sido de jaleo gordo, y no se le llegó a donde se le esperaba. No se alargó especialmente, entendiendo bien los tiempos en ese sentido el mexicano. Le puso una estocada entera algo tendida, que precisó descabellar, acertando a la cuarta. Dio una vuelta al ruedo, y el toro fue ovacionado en el arrastre.

Bravucón y berreando salió el tercero de toriles, del hierro de Jalabert, uno de esos animales a los que les escucha respirar hasta el director de la banda. Le quiso recibir Manuel Perera por verónicas de rodillas, pero no era ni toro ni terrenos, por lo que hizo por él, sin consecuencias. El negro y astifino utrero transmitía miedo en todo lo que hacía, más por actitud y estampa que por una exagerada seriedad, pues estaba completamente en el tipo. En el caballo bufó como ninguno, aunque no se le picó lo suficiente, con uno flojo y un picotazo de segundo. Exigió en banderillas, pero se alzó sobre la dificultad como la lluvia sobre el mar Antonio Vázquez, que saludó posteriormente una fuerte ovación. La faena se auguraba emocionante, y en efecto, así fue. Le pasa de vez en cuando una cosa a Manuel Perera, y es que precisa del impacto del animal, del susto vulgarmente hablando, para ordenarse frente a él. Hoy fue uno de esos días, y por desgracia o por fortuna para él, llegó el revolcón, que pudo haber sido más de no ser por el quite que le hizo la ayuda que se cayó al albero. Dirían que es la Virgen y no podrían desmentirlo sin dudarlo. Una vez llegó el orden, supo verle la faena a la bestia, la cual estructuró adecuadamente, trazándole muletazos de gran calibre, eso sí, de uno en uno. Y con todo de frente. Tragó horrores, su muleta no atendía a atragantones. La épica y el miedo se alzaron, con un Jalabert fiero y encastado, peligroso como él sólo, bebiendo de ese peligro para navegar la tormenta. No remató suficientemente con la espada, que esta vez llegó en su debido momento, pinchando en numerosas ocasiones, hasta poner un bajonazo casi entero que le terminó por pasaportar finalmente. Saludó una ovación.

De rodillas ante el Toro, así se entregó de salida Adam Samira en su segunda bala, de Durand, muy astifino y más cerrado de pitones que su anterior hermano. Salió de toriles arrasando, llevándose la capa puesta. El recibo capotero una vez erguido fue atropellado, ya que Samira no conseguía reponerse suficientemente tras cada lance debido a la rapidez con la que se querían suceder por parte de su compañero de baile. El tercio de varas no fue lucido, debido al mal planteamiento de distancias primeramente, y la posterior deficiente colocación de la puya. Las banderillas fueron principalmente caóticas, cuatro palos y a seguir. Dicho y hecho esto, el nóvel galo comenzó a escribir a pies juntos, quieto como una vela. Bien podía parecer que iba a ser una faena de menos a más, pero la realidad fue que la constancia se hizo presente, en lo malo, por desgracia. Podía parecer una cuestión de caminos, de andarle poco a poco, pero de unas o de otras maneras, el toro tenía dos grandes embestidas al inicio de serie y, de buenas a primeras, buscaba exageradamente el cuerpo de su lidiador, sin querer hacer presa, pero imposibilitando ligazón. Las palmas que pudieron gotear fueron en series cortas pero intensas, en las que mejor entendió lo poco que su contrincante tenía. Se fue con un palillo roto. Puso fin a la brusca historia (no sin que antes le sonase un aviso), colocando una muy buena estocada que mató rápidamente. Se le concedió una oreja.

Dirían gacho y lo era, pero asimismo apuntaban hacia adelante las finísimas espadas del negro listón quinto, de Jalabert. Torero y pulcro estuvo Miguel Aguilar en el recibo de capa, rematando con una media y dejando entrever las constantes y largas embestidas del utrero, pero algo faltas de transmisión por las cadencias. En el caballo cumplió. Apretó especialmente en banderillas, haciendo hilo además, poniendo en apuros al personal. Llegó la muleta. Posiblemente fue el novillo menos exigente de cuantos salieron de toriles, pero no es poco igualmente. Se dejaba andar, o eso dejó ver Miguel Aguilar. El problema era la transmisión, su devenir por las arenas tenía cierta aura adormecida que hacía que no llegase el esfuerzo a los tendidos. Tocaba llevar a cabo la tarea de venirlo arriba sin embrusquecerlo, tirar la moneda al aire. Salió cruz. No hizo más que ir complicando más y más las labores toscamente. Aguilar lo intentó pero cuando vio que nada quedaba por hacer, no quiso excederse, poniendo fin a una labor mucho más exigente que recompensable. Puso media estocada, que fue suficiente, a lo que saludó una ovación.

Manuel Perera quiso cerrar por lo alto, y se plantó frente a toriles, a la altura de los medios, para recibirlo por gaoneras. El último de la tarde, negro, serio y amplio de vitola, de Durand, salió de un brinco y de un brinco se metió en el lance, poniendo el “¡ay!” en las gargantas. Desde allí tuvo que luego hacer por buscarlo, finalmente estructurando un recibo variado como poco. Aguantó y remató a pesar del ritmo pandemoníaco que portaba el animal. El fin de fiestas en el peto fue de libro, al menos el primer puyazo. De lejos y por derecho, en todo lo alto plantó la puya Gabin Réhabi. Excelso. El segundo puyazo no fue tan correcto al menos en colocación, pero no fue impedimento para que se fuera entre ovaciones ,la vuelta completa y la música que acompaña habitualmente al último picador de cada festejo en su salida del ruedo, como saludo al presidente. Algo suelto por momentos pero lo metió, aguantó y remató a pesar del ritmo pandemoníaco del novillo. Las banderillas fueron pragmáticas. Manuel Perera quiso empezar desde los medios y de rodillas muleta en mano, pero no era el toro ni mucho menos, y así se lo advirtió éste. Le atropellaba. Cambió radicalmente el planteamiento, como es obvio. Intentó comenzar a estructurar tragando y exigiendo, queriendo mandarle. El toro no respondía. Comenzó por rajarse por momentos, para terminar rajándose por completo momentos después. En ese punto partió a navegar a un mar sin agua, y, como es obvio, se llenó de arena. Insistió en exceso, y aburrió, por lo que las protestas afloraron notablemente. Siguió y siguió, intentando en vano circulares invertidos y pases imposibles que no se terciaban ni mucho menos. Se equivocó. Pitos ya muy sonoros hicieron que finalmente tomase aceros. Una estocada baja a previo aviso terminó por hacer muerte. Incomprensiblemente, Perera dio la vuelta al ruedo a pesar de que se le otorgaron únicamente palmas de despedida.

Al finalizar el festejo, se otorgaron los siguientes premios por parte del jurado:

Mejor Novillo: nº68 de Durand (2º de la tarde).
Mejor Novillero de la tarde: Miguel Aguilar.

Fue remarcablemente protestado, pues los tendidos veían a Adam Samira como triunfador de la tarde. Al menos sí acertaron con el toro, el Durand que se hizo inmenso. La tarde fue variada, fue plural, y sobre todo, brava. Tela. Cada novillero con lo suyo, cada ganadería con sus toros. Ambos hierros estuvieron sobradamente a la altura del desafío, y aunque el primero de Durand se hizo inmenso, los de Jalabert salieron igualmente bravos. Fue una novillada fiera, de las que sacian a cualquiera. Cada novillero tuvo su punto. Samira fue el triunfador numérico cortando dos orejas, sellando con un muy buen potencial y fondo clásico y puro, para trabajar. Aguilar tuvo el mejor lote de la tarde, al que le costó hacer justicia suficientemente debido a los altos niveles de exigencia, sin embargo, dejó buenos retazos de su concepto en profundidades y naturaleza. Perera dio una de cal y una de arena, dejando una buena labor con su primero, muy ordenada, y una labor insistente pero hueca en su segundo. Gran ambiente de entrada, en torno a media plaza. Esto ya ha empezado.

Sueñen con la libertad, que nunca se irá de ustedes sin tocar antes la puerta, con ustedes presentes en casa, desde luego. Al final y al principio no estamos aquí para siempre. No estamos para perder el tiempo. Verso:

Amar es libertad
El precio es la espina
La rosa no crece
Sin la tempestad.

RESEÑA

Viernes, 10 de septiembre de 2021. Plaza de Toros de las Arènes de Arles (Francia). Novillada con picadores en desafío ganadero. 3 Novillos 3, de Hermanos Jalabert y 3 Novillos 3, de D. Roland Durand para: Adam Samira, de rosa y oro, oreja y oreja tras aviso; Miguel Aguilar, de blanco y oro, vuelta al ruedo y ovación con saludos; Manuel Perera, de blanco y oro, ovación con saludos y vuelta al ruedo.
Incidencias: Tras picar al 6º toro de la tarde, Gabin Réhabi fue fuertemente ovacionado. Saludaron sendas ovaciones tras banderillear a sus respectivos toros Javier Perea en el segundo y Antonio Vázquez en el tercero.

 

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