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El tamaño no importa

Bien sabe el Señor del Gran Poder que hay cosas que sólo se ven una vez en la vida. Y hoy nos pasó. Marco Pérez, señoras y señores.

Es muy complicado poner palabras a la altura de hechos únicos e irrepetibles, que se desvanecen de las manos y la lengua pero permanecen en la memoria sin límite de tiempo. Intentaré acercarme.

 

La tarde venía empezando con pie algo torcido, y un tanto consiguió levantarla de oreja Manzanares frente a uno de Daniel Ruiz que se movió. Tras un paréntesis cuesta abajo, sonó la campana de la mano de Pablo Aguado, que sopló lances de muleta y capote en los que acariciaba la acción, embarcando en cintura y muñecas a un buen novillo de Talavante (quien sólo tuvo fortuna hoy como ganadero), al que incluso pinchando, cortó las dos orejas. No tuvo suerte Diego Bastos en su debut, le salió uno de Núñez de Tarifa que no quiso aunque quisiera su muleta, pero su ahínco y la estocada le propiciaron la oreja.

 

Puestos en situación, avancemos en el tiempo. Me encuentro en la Puerta del Príncipe, y está llena de almas que se frotan los ojos ante lo sucedido. Sí, con apenas 15 años. Sí, con tan sólo un novillo. Han pasado 51 años hasta que hoy, Marco Pérez ha cortado un rabo en la Maestranza. 

 

Me costará, como les dije, contarles con precisión lo que vi, pues no me creo suficientemente consciente de lo ocurrido. En los años que llevo como aficionado a los toros, no he visto jamás nada igual, semejante compendio de pureza y raza cogidas de la mano, todo en un cuerpo tan pequeño. Ha parado, templado y mandado, y si según Belmonte el toreo es eso, este niño lo tiene metido en la cabeza desde que nació. Qué digo niño. Es más adulto en el desempeño de sus labores que quien les escribe. Es un ser venido de otro planeta.

 

Suavidad, oficio, serenidad, carisma, “las bolitas del cielo”… me callo ya que les canso. Si es lo que les decía, la palabra se queda corta. Hasta que no lo vivan como lo hicimos nosotros hoy, no me van a creer enteramente. Porque ni yo me termino de creer lo que he visto.

 

Habrá quien argumente que el trofeo ha sido excesivo. Bueno. Partimos de un festejo excepcional, dígase un festival, en el que per se no albergamos igual exigencia que en una corrida de toros o cualquier otro festejo convencional. Ahora bien. Para mí que si la ley le permitiese vestirse de luces y acartelarse con cuatreños en farolillos en esta misma Plaza, el rabo se lo hubieran pedido igual.

 

En sus manos como en las de otros está un tesoro: el de la Tauromaquia más pura. Figuras como la suya desprenden y contagian la afición como nada más, y el toro necesita de ello para sobrevivir. Había que premiar la faena. Pero hoy se ha premiado por igual lo ocurrido, y lo que si Dios quiere, pudiera estar por acontecer. Porque Marco, si quiere, puede ser figura del toreo.

 

Siempre tendrán las bocas argumentos para renegar de lo sucedido, y en algunos casos hasta tendrán su parte de razón. Pero les puedo asegurar una cosa: a mí el mundo del toro me estaba quitando la afición a puñales. Y hoy Marco Pérez me ha dado oxígeno para al menos una década más. No creo que sea el único, y con ello les responderé. Volvemos a ser entrañables, auténticos, aquellos que echábamos de menos ser. Y toca luchar para llegar a término. Tenemos un prodigio y a la máxima figura sobrepasando las 100 tardes. Ahora sólo toca que vuelvan los toros a TVE, que retomemos pasiones y que enganchemos al mundo. Visibilidad en la verdad.

 

Parece mentira, pero se ha acabado la temporada en Sevilla. Broche de oro a un año único, el de la vuelta, el 2022. Habrá que trabajar en muchas cosas, pero el disfrute que nos han dado tantas tardes el Coso del Baratillo es innegable. Se vuelve a dormir para ser guardiana del Guadalquivir la Maestranza. 

 

Hoy, nada más podemos que dar las gracias. Y a mí sólo me sale en verso. Tengan buenas noches.

 

No importa el tamaño del broche

Si es oro en lo que está labrado,

Bendita ha sido esta noche,

Las almas han resucitado. 

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