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El Juli, jubilación a los 65

Imagen: MAURICE BERHO

Sin despeinarse, El Juli se llevó la tarde de calle frente a Manzanares y Aguado; y lo hizo con treinta años de alternativa y la cartera llena de billetes. El repaso dice mucho en favor de Julián, y no tanto de sus compañeros. En este plan, El Juli puede ir pensando en la jubilación… pero a los 65 años.

Todo se puso de cara con la salida del primero de la tarde, un carretón sin ruedas de Justo Hernández que cantó su excelencia desde la primea arrancada. Es innecesario constatar que el maestro no se lo dejó escapar. La faena, absolutamente a placer, tuvo una primera serie templadísima en redondo, otra excelsa por naturales acompañando los muletazos con la cintura y muy derecho, y otra tanda en redondo que inició con trincherilla y culminó con circular resuelto en cambio de mano. Dos tandas más suaves, de gran trazo, y un toreo ayudado final de regusto rubricaron una faena sin tensiones, muy natural el cuerpo, y  en la que no hubo resquicio para el peligro, tal era la maestría del torero y la bondad del toro. Le dieron las dos orejas tras estocada entera a Julián López El Juli, y dando la vuelta al ruedo, la posibilidad de que no abriera la Puerta del Príncipe, sencillamente, no existía.

Por supuesto, la abrió. El cuarto fue otro buen toro y Julián lo metió rápido en la muleta. Y también al público, ciertamente de una generosidad franciscana. Un inicio rodilla en tierra con pase del desdén y obligado de pecho abrieron su obra, que fue más técnica, menos inspirada, con muchos muletazos en línea recta y un par de ellos muy derecho. Al revés hubiera sido la leche, pero como la gente estaba entregada, ni el pinchazo previo a la estocada caída evitó la petición. Y el presidente, que es muy buena persona, no dudó en cumplir el reglamento.

Volvió a hacerlo en el quinto de la tarde, si bien someterse a la norma dejó esta vez la plaza a la altura de la de la bella localidad alicantina de Guardamar del Segura (de toros no, pero convendrán conmigo que de geografía están aprendiendo). Manzanares está absolutamente engarrotado. Tanto, que yo le recomendaría se diese un paseo por la exposición de Pepe Luis Vázquez en el Ayuntamiento de Sevilla: sólo un vistazo a las fotos, le vendrá bien. Si discreta fue su faena al segundo de la tarde, apenas maquillada por muletazos sueltos aceptables, inaudito fue lo del quinto, un toro extraordinario que se le fue de rositas entre trallazos y desajustes, y con el que se dio un hecho difícilmente entendible: torear ligero a un toro que embestía despacio. La deriva de esta afición resolvió el asunto con una oreja para el torero, en vez de con una sonora pitada.

De la excelente corrida de Garcigrande -esa ganadería que Morante osó comparar con la de Juan Pedro Domecq -el lote más chungo le tocó a Pablo Aguado, lo cual no debe ocultar que la lidia a su primer oponente no ayudó a mejorar las cosas. Se hizo perdonar en el sexto con cuatro lances de capa que nos reconciliaron con el cante bueno, casi olvidado en esta feria generosa en números y escasita en arte. Luego, después de un tremendo tercio de banderillas de Iván García, el toro embistio suavón y mansito, yéndose pero no del todo, y Pablo dibujó el toreo a cuentagotas antes de que se llevaran a Julián López Escobar, padre de familia por partida triple, camino de la Puerta del Príncipe. No le veo yo cobrando la vejez.

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