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El arte, bajo sospecha

Entre los comportamientos más curiosos del taurinismo se halla el especial interés en promover la retirada -vía desahucio- de toreros que, cuando se puede, torean bastante mejor que el global del escalafón. Esta tara tiene incluso ciertos tintes masoquistas, tras padecer durante décadas un circuito de ferias en el que los toreros de arte tenían una presencia anecdótica en favor de una ingente congregación de pegapases. «¡Morante, aprende!», era la frase más habitual por esas plazas de Dios.

Pero Morante, el genio más excepcional que ha dado la Fiesta en mucho tiempo, se mantuvo en el circuito porque era demasiado grande para ser arrasado por los adalides de  las «faenas completas», eufemismo utilizado no pocas veces para, en realidad, designar a las faenas en serie, tan orejeras como incapacitadas para dejar huella. Mucho más, cuando el toro que hay enfrente no es ninguno de los seis de Miura que va a matar Manuel Escribano en Sevilla, por poner un ejemplo que entienda cualquiera.

Es decir, la combinación entre toros con clase y toreros de recursos puede generar muchos triunfos numéricos, pero a la postre, semejante desajuste desemboca en una intrascendencia absoluta. Sale uno de la plaza y se pone a hablar del Betis. En éstas, Curro Romero advirtió que otra manera de torear era posible, y no lo hizo con palabras sino señalando a Diego Urdiales. Después llegaron Pablo Aguado y finalmente Juan Ortega. Uno, con veinte pases en Sevilla se puso en categoría. Al otro, le bastó con pegarlos en Linares. Los entendidos, por supuesto, se mesaban los cabellos ante tamaño dislate, sin advertir que el fanatismo no surgía por una cuestión estética, que también, sino por torear muy despacio. Y el temple -ya lo dijo Pepe Luis- es el toreo puesto en pie.

Pero como así no se puede -¡ni se debe!- torear todos los días, hemos de asistir cada cierto tiempo al obituario profesional de estos toreros dedicados, más que a sumar orejas como churros, a dejar algo para el recuerdo. Fíjense que el año pasado allá por el mes de septiembre quisieron enterrar a Pablo Aguado, un invento de Sevilla. Y ahora, resucitado éste con su bellísima obra en Castellón, corresponde el turno a Juan Ortega, un invento de Madrid.

Como hay toreros que no pueden torear peor de lo que saben, el arte siempre estará bajo sospecha. Luego eso sí, como reaparezcan dos o tres «grandes profesionales» de los que yo me sé, os quejaréis…

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