Dehesa de Guadarrama, el paraíso del toro bravo en Madrid

Reportaje de la ganadería de Felipe Garrigues que se encuentra a escasos kilómetros del centro de Madrid

Quién conoce a Felipe Garrigues sabe que no se parece a ninguna otra persona en este mundo. Polifacético, culto, ingenioso. Único en su especie. Es difícil predecir por dónde va a salir. Su actitud ante la vida es la de estar por encima del bien y del mal. Detrás de esa fachada, unas veces arrogante, otras veces tierna… hay un soñador. Un hombre que piensa en el toreo durante todas las horas del día. Que ha invertido su tiempo y su patrimonio en una dehesa a las puertas de Madrid en búsqueda de la satisfacción de devolverle al toro las vivencias que le ha dado. Que ha vivido muchas vidas dentro de su vida y que el toro ha sido el eje de todo: jurista, periodista, escritor, torero y ganadero.

 

Dehesa de Guadarrama es la finca más cercana a la Puerta del Sol. Un trayecto que no llega a la media hora en el corazón de Madrid. Un oasis de paz a un puñado de kilómetros del estrés de la ciudad. Un trozo de Salamanca en entre urbanizaciones y carreteras, entre Boadilla del Monte y Brunete. 100 hectáreas donde pastan 60 vacas de dos procedencias: Domecq (vía Daniel Ruiz) y Atanasio Fernández (línea Sepúlveda). Con el mismo número de madres cuenta en la finca de Escurial (Cáceres), repartido en dos lotes también por su diferencia de encaste. Siempre lo ha llevado por separado.

Parte de sus vivencias como personaje del mundo del toro están recogidas en los tres libros que ha publicado: Abriendo el Compás (Alianza, 1995) Sonajero. Pensares y pesares de un toro bravo (Espasa, 1998) y ¿Suspiros de otra España? La fiesta ante el siglo XXII (Alianza, 2007). De los tres se aprende mucho y bueno. Te llevan a replantearte los tópicos asimilados, las creencias enraizadas, los supuestos inamovibles.

Maite Sánchez, directora de Toreteate, y un servidor nos reunimos con Felipe Garrigues una tarde de este apasionante otoño. Su Toyota va sorteando los inmensos hoyos que hacen los toros con sus cuernos y pezuñas. Empezó en la aventura de ser ganadero en 1985 para ‘matar el gusanillo’: “Me gustaba mucho torear, de hecho fui novillero. Me llamaba la atención la ganadería, tenía mucha amistad con varios ganaderos y me animé. Primero le compré a Íñigo Sepúlveda que tenía lo de Atanasio en un momento extraordinario. Tenía un punto de Contreras que he tratado de mantener a través de las familias”.

Se decidió por esa procedencia atraído por las virtudes que persigue en cada tentadero: “La clase, la transmisión, el fondo de casta. Exijo esas características a las becerras porque la ganadería te la hacen las vacas, aunque un semental te la puede mejorar o empeorar pero la base está en las madres”.

Años más tardes decidió incorporar a su vacada un lote de vacas de Domecq de Daniel Ruiz y de La Gloria (José Chafik). “Decidí prostituirme comprando Domecq que era lo que estaba de moda en ese momento. Es una pena que impere el monoencaste pero es cierto que tiene una virtud sobre las demás, la toreabilidad. Es un concepto que me horroriza pero es la realidad, a todos los animales se les da pases unos con más profundidad otros con menos pero pasan siempre. Aun así quiero romper una lanza por encastes que embisten mucho y que no se torean habitualmente como Santa Coloma, Atanasio o Núñez”.

Pese al trabajo de este tiempo, la ganadería no cuenta con mercado habitual para lidiar sus camadas. Sus ingresos provienen de otras fuentes: “De vez en cuando lidio alguna novillada o alguna corrida, pero los ingresos principales de esta ganadería vienen por el turismo rural (ganadería integrada en el programa la Ruta del Toro de la Comunidad de Madrid), de los eventos y de los aficionados prácticos que compran la bravura de becerras y de novillos. Lidiar siempre es satisfactorio pero no me gusta aguantar a taurinos, con el modelo de negocio actual estoy satisfecho”. Recientemente, el 10 de octubre, lidió una corrida de rejones en Fuenlabrada que dio gran juego.

 

Ha disfrutado durante su vida de diversas amistades que le han aportado una serie de vivencias y conocimientos que revierte cada día en su convivencia con el toro: “Viví una época irrepetible, dónde había una primera y segunda línea de toreros que no se ha vuelto a repetir. Tuve una gran amistad con Antonio Bienvenida, de quién guardo muchos recuerdos. Me enseñó mucho cuando yo quería ser torero. En esa época también traté mucho con los Sánchez Fabrés a raíz de que Antonio me llevara a Salamanca a tentar con él. También he sido muy amigo de Antonio Ordóñez a quién acompañé a Francia cuando quería reaparecer para operarse de la cadera y a Antoñete que, aunque no le gustaba tentar vacas, venía frecuentemente a La Pellejera a torear. No se acababan nunca nuestras conversaciones de toros. No han venido muchos toreros a tentar a esta casa pero han venido Ángel Teruel, Ortega Cano, Ángel Luis y Miguel Bienvenida, Julio Aparicio (hijo) y, recientemente los matadores Uceda Leal y López Chaves, entre otros”.

Un auténtico icono de esta finca ganadera fue el toro Potolo, un gran atractivo de la explotación ya que se dejaba tocar por propios y extraños. Una relación personal que Garrigues recuerda emocionado: “Se convirtió en un referente en la zona, todo empezó porque su madre lo rechazó de becerro en pleno invierno. Lo metimos en la casa de la finca antigua, le dimos cobijo cerca de la lumbre y le hicimos una cama con paja en las cuadras. Conseguimos sacarlo adelante a biberón. No se le olvidó jamás porque siempre fue agradecido, me dejaba torearlo con una rama de encina. Le gustaban los niños, les dejaba rascar la cara o los pitones e incluso a los más pequeños les subíamos en su lomo”. Murió hace unos años pero una escultura de bronce esculpida por Nacho Martín le recuerda en el jardín del cortijo.

Felipe Garrigues afronta el futuro con afición, con paciencia, entregado a la causa. “Mi relación con la ganadería es un matrimonio forzoso. Es mi vida, mi día a día. Me compensa porque en algunos momentos me hace muy feliz. Antes me sentía más torero, ahora me siento más ganadero. He toreado muchas de las vacas y novillos que ahora pastan aquí, eso me ha dado mucha experiencia. Sigo toreando y cuando sale una vaca brava con la que no puedo disfrutar sólo me echo la culpa a mí, no a la vaca que su deber es ser brava”.

Su trayectoria como periodista siempre ha estado ligada a la polémica y a la provocación. Sin pelos en la lengua, vehemente, agudo y sarcástico. Por dónde ha pasado, ha dejado huella: Diario 16, Cadena SER, Radio Intercontinental, Radio Nacional de España y Televisión Española. En Colombia también logró gran popularidad retransmitiendo las distintas ferias en los primeros años de los 2000 para Radio Súper, Radio Caracol y Todelar Radio.

Con su particular forma de ver la vida y de vivir el toro, Garrigues entrega toda su experiencia a la crianza del toro bravo, a fomentar la fiesta entre turistas y curiosos, a transmitir su pasión a quién esté dispuesto a reflexionar sobre la tauromaquia. Si no existiera, habría que inventarlo.

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