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De torero, a fraile dominico

Los toreros, por norma general y ya sea por verdadera devoción o por simple tradición, han prestado mucha importancia a la religiosidad a lo largo de la historia. Son pocos los matadores que no van acompañados de los famosos altares portátiles, o que se acercan a la capilla de la Plaza en la que van a torear para pedir que todo vaya bien antes de comenzar el festejo. También los hay benefactores de determinadas imágenes religiosas o los que han ocupado un cargo de responsabilidad en una hermandad o congregación. Pero hay un caso en la memoria taurina que destaca por encima de todos y es el de Juan García, conocido en los carteles como “Mondeño”, que colgó el traje de luces para vestir el hábito dominico.

 

Juan García Mondeño en su época como matador de toros (fotografía Marí, Kutxateka)

 

DE VOCACIÓN TAURINA…

Nacido en la localidad gaditana de Puerto Real, el joven Juan García se crio en el seno de una familia humilde y, a través de su padre (que trabaja en una finca propiedad de la familia Terry), se aficiona al mundo taurino, surgiendo la llama de querer dedicarse a los toros para salir de la precaria situación en la que vivía con su familia. A pesar de esto, sus inicios fueron tardíos y no fue hasta que un banderillero de la tierra, Carnicerito de la Isla, le animó a salir de sobresaliente con un rejoneador, no se decidió del todo.

Tras las primeras pruebas camperas, y tras un fugaz paso por el escalafón inferior, debuta con picadores en El Puerto de Santa María el 24 de junio de 1956, teniendo notables éxitos en la siguiente temporada, destacando la consecución de la Puerta del Príncipe de Sevilla, coronando así una exitosa trayectoria en el escalafón menor que tuvo que salvar las secuelas de una compleja lesión a raíz de una cogida en la plaza de Zafra en 1957 (le afectó al nervio ciático y le obligó a torear con una aparatosa prótesis ortopédica).

El año siguiente y, con buen cartel, toma la alternativa en Sevilla, de la mano del diestro rondeño Antonio Ordóñez y con el sevillano Manolo Vázquez de testigo. Desde entonces, cosechó numerosos triunfos en plazas de importancia, liderando junto a otros toreros de la talla de Camino, Puerta o Viti el inicio de la década de los sesenta.

Entre sus cualidades, los críticos destacaban el desmedido valor ante los toros y la quietud en los lances, aspecto este que lo haría famoso. También su misticismo, quizás como premonición de su posterior vocación, y el pase de su invención, la “mondeñina”.

Pero en el año 1964, en el momento cumbre de su carrera, y tras repartir todo su patrimonio entre sus familiares y confiar en su amigo y padrino de alternativa, Antonio Ordóñez, la continuidad de un festival benéfico que venía organizando, confirma a los medios que se corta la coleta y abandona los ruedos. Lo más sorprendente fue el motivo: la llamada de Dios.

 

Portada de la revista “La Actualidad Española” con la exclusiva de la nueva vida de Mondeño (vía Todocolección)

 

… A VOCACIÓN RELIGIOSA

<<De pequeño, me soñaba más misionero que matador de toros>>, llegó a decir tiempo después en una entrevista el torero gaditano y es que, como ya hemos dicho, en 1964 el famoso matador de toros decide incorporarse a la vida monástica a través de la Orden de Predicadores, los Dominicos.

El diestro, pasó por una casa dominica de León y después ingresó en un convento de la localidad burgalesa de Caleruega. Quiso dejar atrás toda la fama, pero su toma de hábitos fue un auténtico acontecimiento para la época, ya que el día señalado de la ceremonia, retransmitida por el NO-DO y congregando a una multitud curiosa que provocó que se cambiara incluso el lugar de la ceremonia por falta de asientos (de la Iglesia de Santo Domingo a el patio principal), acabó difuminando ese momento íntimo por un desmesurado jolgorio.

 

Muestras de gratitud al recién ordenado, que dejaría el estoque por el rosario (Fotografía Marí, Kutxateka)

 

El torero, que llegó a la ceremonia vestido de corto, contó con la compañía de sus padres, dos sobrinas, el que había sido su apoderado, Alberto Álvarez Belmonte, y su mozo de estoques, José Nieto. En la celebración posterior, el ya torero retirado, se mostró radiante y muy simpático con los periodistas congregados, realizando declaraciones y diciendo que rezaría por todos ellos y por todos los compañeros de profesión.

El torero-fraile se convirtió en una atracción en el monasterio, tanto para la prensa como para los fieles, destacando la famosa anécdota de un fiel que fue desde Canarias para que lo confesara. También sus compañeros fueron a verlo e incluso el Cordobés, llegó a decir en una entrevista que lo que había hecho el gaditano sí que era tener valor y no lo que él hacía. Pero toda esta atención mediática fue perjudicial para el novicio y a los pocos meses, volvió a cambiar las tornas: volvería a vestir el traje de luces.

 

El torero, llega vestido de corto al día más importante de su nueva vida: la toma de hábitos (Fotografía Marí, Kutxateka)

 

LA VUELTA A LOS RUEDOS Y SU TRANQUILA VIDA POSTERIOR

Su reaparición se fijó en Marbella, el 3 de abril de 1966, alternando con Paco Camino y Manuel Benítez ‘El Cordobés’. Tras este festejo, se sucedieron un par de años con buen cartel y sonados triunfos y también alguna que otra cogida de gravedad. Tras este nuevo periplo por los ruedos y ya en el año 1969, Mondeño vuelve a decir adiós y ya de forma definitiva, pues no volverá a vestir el traje de luces.

En entrevistas posteriores, el diestro aseguró que su paso por la vida monástica fue la época más feliz de su vida y que seguramente, de no haber sido por todo el foco mediático, hubiera continuado. Su vida, inspiró la película “El Paseíllo” e incluso él fue protagonista de otro largometraje, “La Becerrada”.

Vivió un tiempo a caballo entre España y México, lugar en el que lo conocían como “el novicio rebelde”, para terminar residiendo en París, lugar en el que cultivó su otra gran afición: la conservación y colección de coches clásicos.

Fray Mondeño (Diario de Burgos)
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