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Cuadri: gente seria

Fotografías: SARA NAVARRO

En la Huelva profunda hay una familia de ganaderos que no vive de la ostentación sino del trabajo; que manda en su casa y no se mete en la ajena; que ha moldeado durante casi setenta años un toro imponente y poderoso. Un toro limpio. Son los Cuadri: gente seria.

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Las dos fincas de la casa suman 2.300 hectáreas aproximadamente. Viajando desde Trigueros a Gibraleón, en el margen derecho de la carretera, un arco blanco anuncia el territorio del toro bravo en la campiña de Huelva. ‘Cortijo Juan Vides’ es hoy día una finca de 1.200 hectáreas dedicada casi en sus ¾ partes a la agricultura, pero en su zona más angosta y en dirección noroeste, el terreno se vuelve salvaje. Anunciada por paredes de piedra, las tierras de labor ceden el paso a la dehesa, un total de 400 hectáreas ideales para el manejo de las reses, y en las que se suceden las encinas y los acebuches, compitiendo con retamas, palmas y otras variedades de monte bajo. Esta zona se llama ‘Comeuñas’, y en ella, imponentes, se esconden los toros de Hijos de Celestino Cuadri.

A 6 kilómetros de ‘Cortijo Juan Vides’ está ‘Cabecilla Pelá’, de 1.100 hectáreas, que es donde pastan las vacas de vientre. Su nombre nace de la propia orografía del terreno, muy llano salvo en la zona donde se construyó el cortijo, un cabezo elevado y sin vegetación desde el que se domina todo el territorio, con 400 hectáreas de dehesa y el resto tierra agrícola. El corcho se recoge cada nueve años en este lugar secreto donde, además, se erige blanca y rústica la placita de tientas.

CAMINANDO ENTRE EL PELIGRO

El toro en el campo no es ninguna broma. El conocimiento de sus querencias, hábitos y rarezas permite prever sus reacciones, y en este detalle puede ir la vida de los que andan con ellos a diario. Pero en particular el manejo de los cuadris exige una atención extrema, como sucede con todas las ganaderías con fuerte carga de sangre Santa Coloma. Nada, absolutamente nada, puede quedar sometido al azar.

Me he acercado muchas veces a estos campos de Trigueros, y aquí, en su territorio, un cerco de silencio se crea en torno a la contemplación de este animal imponente. Su presencia es estremecedora, con una seriedad que nos enmudece, recordándonos que venderá cara su muerte. Los vaqueros no les pierden la cara. Todo es despacio y a caballo, sin interponerse en su camino, pues de lo contrario no dudarán en embestir, incluso sin previo aviso.

No fue un Domecq el primero en correr los toros buscando un mejor rendimiento en la plaza, sino Celestino Cuadri Vides a mediados de los años 60. La experiencia pudo acabar en tragedia: los toros huyeron sin control en diferentes direcciones, y uno de ellos se le embrocó a Antoñillo Matamoros, un caballista del pueblo que trabajaba para la casa. El muro que dividía los cercados salvó su vida, pero no la de su caballo, presa fácil de aquel cuatreño que lo corneó sin piedad contra la pared de piedra mientras el jinete salía despedido hacia el cercado contiguo, fuera del alcance de sus astas.

Celestino masculló lo sucedido durante mucho tiempo y jamás volvió a intentarlo, desconfiando de sus propios animales. Fue su hijo Fernando, sabedor de aquel percance, quien decidió repetir la experiencia más de un lustro después, si bien tomó sus precauciones. Para ello optó por un proceso gradual que se iniciaba con el hermanamiento de los animales. Al amparo de un gran árbol, los vaqueros agrupaban lentamente la corrida y así los toros se iban acostumbrando a estar juntos durante muchos minutos, así durante varios días.

Una vez hermanados comienza el movimiento, los primeros días al paso y posteriormente ya al trote, con los caballos detrás y en uno de los laterales, pues al otro, las paredes del cercado ejercen de muro de contención. Dos o tres hombres se bastan para conducir a los toros por ese corredero imaginario, pero solo les habla el mayoral, que en Andalucía se llama “conocedor”. Su voz, una vez desembarcados los toros en los corrales de la plaza, será el único elemento que les resulte familiar, el único vínculo con su vida en la dehesa. Y les dará calma.

AGRICULTURA Y GANADERÍA, UN TODO INDISOLUBLE

La mayor parte de la agricultura está enfocada a los cereales (trigo, avena y cebada) y a la veza, una leguminosa de alto valor proteico. Luis y Fernandillo, sobrinos de Fernando Cuadri y actuales responsables de la explotación, han introducido además otros productos como los garbanzos, los chícharos y los altramuces. El rendimiento agrícola ha crecido sensiblemente con la reorganización que han llevado a cabo, y el asunto no es baladí. “Un año malo de toros –reconoce Fernando Cuadri– se equilibra con el campo si la cosecha es buena y se hacen bien las cosas».

Como dos relojes de alta gama, el campo y el toro se sincronizan con una exactitud matemática en estas 2.200 hectáreas repartidas entre tierras de Gibraleón y Trigueros. ‘En ‘Cortijo Juan Vides’ y ‘Cabecilla Pelá’, 1.200 cabezas de ganado criadas de forma natural y extensiva hacen un recorrido cíclico por barbechos, rastrojos y dehesa que habrá de cerrarse con la muerte del toro en la plaza:

«Mis sobrinos se han hecho cargo ahora del tema ganadero, pero ya llevan varios años al frente de todo lo relacionado con la agricultura. Han mejorado el rendimiento una barbaridad. De no haber intervenido ellos, posiblemente la ganadería de Cuadri hoy no existiría”.

Lo dice Fernando Cuadri con la sencillez con la que va por la vida, sin alardear jamás de nada. Esta obra la empezó su padre, la mantuvo él con sus hermanos (sobre todo su hermano Luis) durante años, y ahora sabe que es la hora de relevo.

LA NUEVA GENERACIÓN

Hubo tentadero por la tarde, fuerte y serio, en el que Alberto Lamelas y Damián Castaño se midieron con seis eralas de pelo brillante y buidos pitones. Aquí no se cortan las puntas en la tienta, y hace 30 años, ni aquí ni en ningún sitio. Previa a la prueba de hembras, comimos en un bar de Trigueros y hablamos de toros y toreros pero no con Fernando Cuadri, sino con los dos sobrinos que han tomado el mando con la venia de toda la familia. Uno es Luisillo, hijo de Luis, que era un genio y como tal genio vivió y murió en medio del enigma. Veía al toro como nadie y tenía una sensibilidad especial. «Le gustaba el toro con casta pero a la vez sus toreros eran Curro y Paula», dice su hijo del mismo nombre: «¿Qué cómo es posible eso? Pues muy fácil: porque a él lo que le gustaba era la pureza». El otro consorte en el campo es Fernandillo, hijo de Juan, que toreaba con arte en los tentaderos y murió hace pocos años.

Los dos hacen de todo pero Fernandillo anda más pendiente de los toros en la zona de ‘Comeuñas’, mientras que Luis dedica más tiempo a las madres en ‘Cabecilla Pelá’. Arrancaron en 2019 y en 2020 comenzó lo del Covid. «Fue como aprender a nadar en medio de un naufragio», resume Luis, pero no se pusieron nerviosos pese a algunos rumores que apuntaban a la venta de la ganadería. «Aquí tenemos capacidad para aguantar el Covid 19, el 20 y el 21», me dijo en aquellos momentos Fernandillo. En esta casa no hay lujos, pero la estabilidad que da el rendimiento agrícola y la formalidad y organización en el trabajo es absoluta. «Llegó el Covid -explica Fernando- y no matamos ni una vaca». Y continúa Luis: «Nos quisieron comprar la ganadería, la finca… ¡Todo! Si llegamos a vender, hubiéramos sido los ganaderos más breves de la historia. ¡Ja, ja, ja!».

Junto a ellos, un tercer componente nada anecdótico es el hermano de Luis, Antonio Abad, pero como profesor universitario e investigador trabaja en la Universidad de lunes a viernes y se suma al equipo los fines de semana. Como le sucedía a su padre, tiene una intuición especial para ver el toro, para desentrañar las claves de su comportamiento. «Yo en cambio -reconoce Luis- no tengo esa facilidad. Mi primera misión en la  ganadería fue estudiar todos los libros de la ganadería y examinar las notas de los tentaderos, todas las madres, todas las familias… Las he desmenuzado una por una. Curiosamente, la mayoría no están redactadas por mi tío Fernando, sino por mi padre primero y luego por mi hermano Antonio Abad».

Porque, aunque los jóvenes han tomado el mando ahora, el caso es que ya antes participaban en la dirección de la vacada, si bien eran los mayores los que tenían la última palabra. Ahora les toca a ellos, y en primera línea del frente empiezan a comprender decisiones de su tío Fernando que, desde la retaguardia, no terminaban de entenderse.

FIGURAS, FUNDAS Y AUTOESTIMA

Lo bueno de la familia Cuadri es que tiene muy clara cuál es su filosofía ganadera, y te la explica tal y como es. Al periodista, pero también al veedor de la figura de turno si hace falta. Les pregunto por Morante, que ha matado ya de todo menos una de Cuadri. «Estaríamos encantados -dice Fernandillo, que además yo sé que es morantista- pero si va a venir el veedor a querer cambiar toros o a lo que sea, mejor que se ahorre el viaje. Eso vale para Morante y para cualquier otra figura del toreo». Les pasa igual que con las fundas. Una vez se corrió la voz (aunque todo quedó en un rumor) de que Florito iba a poner como condición indispensable para lidiar en Madrid, que los ganaderos les pusieran fundas a sus toros, y en la casa se dio por hecho que nunca más podrían volver a lidiar en Las Ventas. «Y hablamos de la primera plaza del mundo, no de cualquiera», recalca Fernandillo.

«Nosotros -comenta Luis- somos de la opinión de que cada uno en su casa puede hacer lo que quiera, pero que en la nuestra nadie decide por nosotros. Yo me levanto una mañana y veo a mis toros con fundas y la autoestima se me cae por los suelos. Aquí se está por afición, porque el que crea que en esto se puede ganar mucho dinero es que no está muy bien de la cabeza. Y si yo me pliego a hacer cosas que no entran dentro de mi filosofía como ganadero, entonces perdería totalmente la ilusión».

«¿En esta casa se sigue con la bendita costumbre de no afeitar los toros?», pregunta un veedor cada vez que llega a un embarque. Y todos ríen sin necesidad de más respuesta. «Yo entiendo -reconoce Fernandillo- que nuestros toros imponen mucho respeto por su seriedad y por su carácter, pero a nadie se le obliga a ser torero. Si uno es torero, ha de serlo con todas las consecuencias. Nosotros no tocamos un pitón, pero si hay un toro astigordo tampoco le sacamos punta para poder lidiarlo en una plaza. Si no sirve, se echa para las calles y no hay más que hablar».

CAMBIOS DE CRITERIO

En estas cosas de las fundas, el afeitado y los cambalaches de toros, los Cuadri no tienen un pase, pero en algo se tiene que notar el cambio de manos en favor de esta nueva generación. Y en efecto, los cambios de criterio han llegado en la selección y conformación de los lotes. Lo explica así Luis Cuadri:

«La ganadería estaba pasando un bache y decidimos cambiar los sementales y aumentar su número. Antes había cuatro y ahora hay siete, pero en los mismos lotes. Nosotros no tentamos los machos, los echamos a las vacas por reata y hechuras. Tenemos un semental contrastado pero lo demás está todo a prueba. Echamos un eral a las vacas y en mitad de la cubrición lo cambiamos por otro. Luego lo reservamos hasta ver sus productos, a los dos años con las hijas en el tentadero, y luego a los hijos en novilladas. Si nos convencen los productos tanto en hembras como en machos, ese toro se queda como semental».

Es un proceso lento de prueba y error que requiere paciencia. Por ejemplo, en 2022 están viendo ya los primeras eralas fruto de sus primeras decisiones. O sea, de las primeras vacas aprobadas por ellos y de los primeros sementales elegidos. De momento están muy contentos, pero hasta dentro de dos años no habrá conclusiones más fiables. «Aquí -aclara Fernandillo- hasta que no sale el toro de cuatro años no puedes saber de verdad si has acertado». 

La amplitud de sementales además frena el riesgo de consanguinidad en una ganadería que, genéticamente, esta más alejada que ninguna con respecto a todas las demás de la cabaña brava. «Esto -explica Luis- es por una cuestión de aislamiento. El de Cuadri es un toro que lleva criándose durante 70 años en el mismo lugar, sin que se haya producido ningún tipo de refrescamiento». Porque los Cuadri ni venden ni compran nada. «¿Cómo refrescas en una ganadería mezcla de Urcola, Gamero Cívico, Ibarra y Pérez de la Concha, y además con unos criterios muy definidos que posiblemente no tengan nada que ver con los de otros ganaderos?», se pregunta Luis Cuadri.

Quizá tenga razón, y seguramente el encanto y el valor del toro de Cuadri es ser como es, sin injerencias externas de ningún tipo, con sus virtudes y también con sus carencias, que en cualquier caso se intentan corregir con la selección. «Nos gustaría que fuera más espectacular en varas y que humillara más, aunque de todos modos el que es bravo humilla mucho», dice Luis; y en el proceso de selección se busca mejorar esas carencias, pero a la vez se dan por buenas particularidades que entienden como parte de la identidad del toro de la casa. «Nuestro toro es mirón, pero si el torero se pone en el sitio, le pone la muleta y el toro responde, entonces no lo contemplamos como un defecto, sino como parte de su personalidad». Y otra es el trapío. «¿Qué es el trapío?», pregunto. «El trapío -describe Luis- es la seriedad, la capacidad que tiene un toro de imponer respeto sólo con mirarlo». 

Este año se lidiará una novillada en Guadarrama y cuatro corridas de toros: Osuna, Mont de Marsan, Cortegana y Cenicientos. Y como siempre, varios toros irán para las calles, pues los festejos populares están en auge y el toro de Cuadri es muy cotizado por su presencia y temperamento. «En las calles se paga de media el doble que en la plaza», desvela Luis Cuadri. Es hora de irse. Echamos la última mirada a esta joya genética en tierras de Huelva. Dicen que su hondura viene de Gamero Cívico y Urcola; que la badana es de Ibarra; que la conformación de pitones recogida apunta a lo de Pérez Concha… Pero quizá nada sea exactamente así. El toro de los cercados de ‘Comeuñas’ es el resultado de una selección acometida durante siete décadas por una misma familia de agricultores y ganaderos. Por unos apasionados del toro de lidia al que han dedicado su vida durante tres generaciones, y por el que exigen el mismo respeto que ellos le profesan.

 

 

 

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