Carta abierta a Álvaro Núñez del Cuvillo

Foto: Arjona

Estimado Álvaro: detrás de estos seis toros que has lidiado hoy en Córdoba hay una historia de pasión por el toreo; de amor por ese animal misterioso que es el toro bravo. En busca de sus secretos cogiste a tu mujer y a tus niños y te fuiste a Portugal, e iniciaste, con ellos, una aventura en solitario.

Detrás de estos seis toros hay unos pequeños que tuvieron que aprender otro idioma y una mujer que arregló cercados contigo. Que echó de comer al ganado con el relente de la mañana, que junto a ti aguantó lluvias y fríos, fangos, vientos y calores. Detrás de estos seis toros está la añoranza de los campos del Sur, mitigada por la brisa del Alentejo.

Hoy puedes ya decir que ha merecido la pena más allá de cómo ha embestido cada uno de tus toros, porque detrás de cada uno de ellos hay muchos sueños que ahora se hacen realidad en forma de alegrías y sofocones, de sonrisas, nervios y disgustos. Cada toro es una parte de ti, de tu obra personal, de esa locura que empezó con aquel niño que veía tentar a los toreros en «El Grullo», y que ahora, pasado casi medio siglo, se sigue emocionando de la misma manera con un muletazo con temple, con una embestida profunda.

Profunda como las de ese 25 «Campanito» que abrió plaza, de una entrega y una clase excepcionales. Fue una maravilla verlo embestir mientras Lagartijo, un joven de la tierra, lo toreaba con largura, ligazón y quietud en una faena completa que terminó en arrimón tremendo y dos orejas que le supieron a gloria, el día de su alternativa. A más no podía ir la tarde, porque ese toro que abrió plaza fue insuperable.

Luego humilló pero le faltó poder y emoción al segundo, como prólogo tranquilo a lo perpetrado por Roca Rey en el sardo que le echaste en su primer turno. La verdad, mira a ver si se ha saltado el cercado uno de María do Carmo Palha y te ha cubierto una vaca, porque con ese pelo y esas ideas parecía un toro antiguo, de esos que mataba el Guerra tras pasarlo de pitón a pitón. Muchos años después, este figurón del toreo que es Roca Rey, sin asustarle su fuerza, su peligro y su mansedumbre, se lo ha pasado por los muslos en una faena tremenda y angustiosa, sólo posible en un torero admirable, el torero más capaz, con más valor, con más ambición y con más raza de todo el escalafón. Le arrancó una oreja y, aún más difícil, no acabó en la enfermería.

También sardo, pero ya de un semental tuyo, fue el cuarto toro, que le costó trabajo entregarse pero que cuando lo hizo, cuando Talavante lo domeñó, lo sometió y lo crujió por abajo, saco la profundidad en las embestidas de los toros bravos de verdad. Fue de un mérito capital lo que llegó a lograr Talavante, esas dos series, una con cada mano, tan por abajo, tan en redondo, tan puro y tan intenso, dentro de una pugna bellísima frente a aquel enemigo encampanado que vendió cara su muerte. Lástima que con la espada emborronara lo alcanzado, pero después de mucho tiempo sin saber de él, este Talavante me empezó a recordar al gran Talavante, un torero excepcional y además amigo tuyo.

La corrida con la que has debutado no sé si te habrá dejado contento, pero desde el tendido su interés ha sido incuestionable, entre otras cosas por su variedad. No hubo dos toros parecidos, y por ejemplo el quinto no se calentó hasta después del tercio de varas. Y eso sí: cuando lo hizo fue un máquina de embestir. Primero con más recorrido y después un poco a regañadientes, el caso es que Roca Rey lo exprimió en una faena tremenda de ambición, agallas, quietud y riesgo. Hasta que no le cortó las orejas, este hombre ahora mismo imparable no se rindió.

Voy aliñando ya, tocayo. El sexto tuvo fuerza y trajo loca a la cuadrilla de Lagartijo, al que desde luego nadie le pudo negar la garra y la voluntad. Salió a hombros junto a Roca Rey y tu irás ya camino de la frontera, que mañana hay tarea en el campo. Te deseo salud, que lo demás es cosa tuya. Y enhorabuena Álvaro. A ti. A tu mujer. A tus hijos.

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