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¡Ay de mi Colombia!

¡Ay de mi Colombia!
El mundo se vuelve loco, y pena de que ese mundo seamos nosotros a cada día que sigue pasando. Catalogaban algunos medios como “histórica” la medida tomada con respecto a la ley de aborto en Colombia, que permitirá, legalmente, a sangre fría, el terminar con la vida de seres humanos de hasta la semana 24 de embarazo, esto son, 6 meses de gestación, más de la mitad de la misma. “Ojos que no ven…” almas que se mueren.
Semanas arriba y abajo separan a esta medida de prematuros nacidos poco antes y poco después de este número de semanas, prematuros que o aún respiran como cualquiera de nosotros, imperceptibles al ojo de cualquiera en su origen, o que vivieron y colearon hasta hacer retumbar los pilares de nuestra tierra. Darwin, Einstein, Pavlova, Voltaire, Churchill, Newton, y les puedo seguir contando. De haber sido concebidos en nuestro tiempo, a saber qué hubiera sido de sus vidas (si hubieran visto la luz). A saber qué hubiera sido de nosotros.
Irónico se presenta el saber que quienes defienden la medida en cuestión sean ya seres completamente formados, a los que jamás se les negó el derecho a vivir. Irónico se plantea el saber que los hijos de Iglesias y Montero vieron mundo tan sólo dos semanas después de las que se marcan como límite para el homicidio infantil de los santos inocentes de Colombia, uno de tantos países que defienden esta inhumana práctica a pecho descubierto. También irónico es que estos personajes se posicionen a favor de esta medida. Es el auge de un nuevo proletariado sin voz ni manos: el de los niños y las niñas que nunca caminarán este mundo, cada vez más loco.
Y hablan de hacer historia, como si esto fuera una medalla al honor. Recordemos que Hitler en su día hizo historia promoviendo el holocausto, asesinando a millones de inocentes. Hoy Auschwitz está en los vientres de corazón helado y en las mentes vacías de pensamientos propios.
Colombia se vuelve a teñir de sangre, sin más gramos que los que se irán a contenedores residuales, carne y hueso, sangre de su propia sangre. Mientras, Colombia, el mundo, se seguirá echando a la calle por atacar lo argumentado. Siempre será más fácil defender lo indefendible, a luchar contracorriente. Algo estaremos haciendo bien si son estas voces las que nos proclaman asesinos por matar un animal para el arte y el consumo. Librémonos del mal. Sigamos luchando.
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