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Arte en Marfiles VI: “El torero alucinógeno”, de Salvador Dalí

Si de algo se puede escribir y escribir sin que a uno se le gaste la tinta, es de toros. Sin embargo, un gran poder, como decía el tío Ben, conlleva una gran responsabilidad, y por mucho que se pueda escribir y escribir, decir algo con esas letras no se hace tan sencillo como pudiera parecer. La letra es la muleta de quien escribe, en la tinta va derramada la sangre de quien tiene algo que decir. En la letra pasa como con el toro: cualquiera con valor y técnica puede pegar pases. Pero torear como tal está al alcance de muy pocos. Esos pocos, subidos sobre los hombros de un legado milenario, tienen en sus manos el peso de la historia, así como el de su propia muerte.

La cuestión se halla en el decir algo que no se haya dicho, encontrar mensajes ocultos a los ojos de quien lee o agita un pañuelo. La vanguardia es el fin último de la Fiesta, es, su razón de ser, pues no se siente sino en lo nuevo y efímero, ya lo cree la madurez o la juventud. En esta tesitura se vio Salvador Dalí con el pincel en la mano, su muleta, en el hallar la novedad demoledora a la par que natural, forzando tan solo imaginaciones que, de momento, sólo existieron en su enigmática mente.

En su andar hacia las Puertas del Cielo se encontró numerosas veces con ambos el de los rizos y el de las luces, encontrándose en ellos como personajes de su mística y alargada epopeya, llena de la luz que su paleta manaba. En este caso, lo vean o no de primeras, se encuentra el torero retratado por medio de una magistral ilusión óptica creada por las sombras de las Venus de Milo que se recrean en los medios de un ruedo de gradas vacías. Al espada, le viste el Universo, del que el Toro se muestra como guardián vestido del dorado que le presta el Sol del rostro del Creador. Aboga por él su corbatín verde Esperanza, como alegoría viva del clavo ardiendo al que el torero se agarra cada tarde frente a la puerta de toriles. El toro, a la vera del corazón del torero, cubierto por la grana, sueña con vidas nuevas tras sentir el tacto de Caronte, que lo hace brotar en colores por el mismo lugar por el que le entró la muerte, allá por donde ahora se le escapa el alma. De su boca rebosan ríos de nuevos existires, de los que nacen las Venus. El toro es la musa suprema, cuya pelea, ritual y sacrificio hace posible el arte eterno del matador.

No todo son flores. Allá donde hay prados, por cada pétalo también hay bichos que nacen de los claveles, las espinas de las rosas. Moscas habitan el ruedo, naciendo del toro, creando la sombra (la que pueden). Puede que Dalí, a adentros de quien hace el arte, quisiera recordar que el desagrado también tiene su hueco en la Fiesta, ya que es él quien contrapone a las luces del toreo con sus sombras. Muertes, dolor, miedo, fatiga, asco. Gracias a Dios, son moscas. Y son efímeras, su zumbido calla cuando el arte habla.

Digo yo que tantos y tontos tomarían por loco, chiflado a Dalí. No les culpo, no debe de ser fácil reconocer a un genio antes de muerto. A toro pasado cualquiera ama, pero ¿quién trae las flores mientras se vive?

Es nuestra Fiesta la miel que no vive para el asno, pero que por todos se deja comer. Sin embargo, quede una cosa clara: hay quien ni come, ni deja comer. Son paladares muertos, ojos que no ven, los que desde dentro de la vigente Eternidad de nuestra Fiesta, que es la de todos, los que quieren hacer de esto un palmeíto rápido a una voz desgañitada, que ni quiebra ni entona. Duele ver como tantos genios se fueron sin voz en los ruedos o los despachos, sin gente en los tendidos. Luego todos queremos llevar sus ataúdes. Honremos al vivo como al muerto. A todo aquel que vive por esto, y muere por esto. A quien ama al toro y a toda su gente verdadera, sin medias tintas o medias vueltas. Va por todos aquellos que murieron bravamente sin ser escuchados. Vivís.

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