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Arte en Marfiles IV: “El matador”, de Joan Miró

Mírale a los ojos. Aparentemente, son solo dos simples puntos negros trazados dentro de un redondel. Pero míralos, mírale. Son la inerte solemnidad, la luz que conoce a la sombra eterna de la muerte. 

Parezca que no, y salvados muchas incertidumbres por el título de la obra, es un torero el objeto de retrato del eterno Joan Miró. Viste un traje bordado con el mismo azabache que le dibuja la humanidad en el rostro, tan simple como presa en lo pictórico, con tanto que decir como que callar, enciclopédicamente muda. Ese azabache se le derrama de los alamares, que han muerto en el traje para brotar y esparcirse por el gran ruedo del Cielo, dibujando árboles, de los que nace vida, probablemente aves. La seda de su vestido es grana, que llueve de su ojo izquierdo, a la par que su forma de oler le cubre de Esperanza en un capote de paseo del color al que Gallito rezaba. Le visten también oro y lapislázuli. Y un sol naciente mira sus espaldas. 

Vio Miró en el matador un ente tan amplio y complejo, que encajó perfectamente en los azabaches que, en este caso, y trenzando paletas miles, se le derramaban de pincel, grafito y lo que se le antojase.

“El matador”, de Joan Miró (1969)

Me gusta pensar que, creencias aparte, no hay ser humano sobre la Tierra al que la divinidad reinante se le pueda manifestar en mayor medida que al torero en la pugna de su arte frente a las guadañas. Es una teología desgarradamente arrebatada, del vivir o morir, un arte al amparo directo del Todo, que en Todo está y que Todo baña, que diría Javier Ibarra, dígase Kase.O. La renovación del espíritu tras las lágrimas internas e intangibles que el miedo hace llover. Ambos oro y azul fueron usados tradicionalmente por los pintores e imagineros religiosos para vestir y rodear a las figuras más importantes para el credo popular. Significan divinidad y reino, poder y gloriosidad. Y todos albergamos una parte de ese Todo en el espíritu. Esos colores no hacen sino explotar en el adentro de quien consigue llegar a sentirse vivo frente a la inmensidad del toro.

 El torero, en esta lámina, calla. Dicen que el silencio habla más que la palabra muchas veces, y tal es el silencio del matador, que hasta a Miró se le olvida pincelarle en el rostro la boca, ni aunque fuera cerrada. El silencio es el verbo del que viste de luces, es el fruto del transcurrir de la máxima expresión de su arte. Este también conoce la muerte, y camina en tales idas y venidas al interior de la tumba del rugido de la piedra, que, más que morires y resurrecciones parecen estas ser pestañeos.

La verdad es el Fin último de la Fiesta, refiriéndose a esta como es y no como algunos quieren que sea para propio rédito. Decía aquella bendita copla de Antonio Martínez Ares que con cada mentira nace una estrella. Y una, muy delgadita, roída por la presencia de quien se dispone a lucharle en el mundo que le pertenece, mira asustada como se esparcen por su Cielo los azabaches del torero, que por mucho que calla, tiene al Sol naciéndole a su arte.

El torero se enfrenta al sentido del Universo, en su rito metafórico y metafísico, intentando levitar con plomo en sus talones. Mientras, los poderosos siguen llenando cohetes hacia la Luna, que está vacía y nos mira llena de pena desde su castillo en las alturas. Volviendo el ojo humano su vista hacia el torero, parece hasta inmortal desde el balcón de su locura, que es tuerta en un mundo de ciegos.

Pero ay de la sangre, la que palpita y mana. Es intrínseca al respirar de quien porta la seda y los alamares sobre su piel, ya brote de su cuerpo o del de la muerte hecha criatura, en la danza en la que ambos luchan por hacerse binomio y transformarse en la vida, terrenal, pero eterna. Su dolor hace la vida, la da y la quita, es la querencia de nuestro existir. Ella pinta las rayas de picar, sortijas para el ruedo, y pretenden, salvo en el caos, medir y limitar los andares de quien las pisa. Por unas cosas o por otras, al final, siempre se vuelve a la sombra. A la ceniza, la que somos y en la que nos convertiremos, sin importar credo, raza o bolsillo. Pueden pasar los años, la vida, las banderas y los mandatos. Pero el arte queda. Ya sea el de Cúchares o el de Apolo: ese nunca muere.

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