40 años de la alternativa de El Yiyo, un torero para jamás olvidar

Con motivo de la efeméride, el Centro de Asuntos Taurinos de la Comunidad de Madrid ha organizado un homenaje al llorado torero y TORETEATE repasa los hitos de su trayectoria

José Cubero nació en Burdeos durante la primavera de 1964 en el seno de una familia humilde que había viajado a Francia en busca de trabajo. En el acto organizado por el Centro de Asuntos Taurinos de la Comunidad de Madrid, su hermano Juan explicó a los asistentes: “Mi hermano fue un predestinado. Nosotros entrenábamos con mi padre que quería que los tres fuéramos toreros, mi hermano nos observaba cada fin de semana. Cuando Miguel y yo empezamos a tener edad de andar con chicas mi padre dijo que era el momento de volver a España. Entonces mi hermano empezó a torear y ya vino todo rodado. Fue meteórico. Nos acompañaba al campo para salir como aficionado y terminaba tentando el las vacas porque a los ganaderos les encantaba”. Un superdotado que muy pronto saboreó las mieles del triunfo en la costa valenciana: “Fuimos Miguel y yo a matar un festival y mi padre nos dijo que se vistiera José de corto y que hiciera el paseíllo con nosotros para que se fuera acostumbrando. En el primer novillo se tiró de espontáneo y se hizo con toda la plaza. La gente quería que el matara al eral y nunca antes había matado ni un becerro. Lo toreó de maravilla y lo mató cortándole el rabo. Nos contrataron entonces para torear los cuatro domingos siguientes en Gandía, nos quedamos allí en un hotel en la playa donde entrenábamos y disfrutábamos de aquel sitio. Triunfó los cuatro domingos y cuando llegamos a Madrid me pidió el dinero y las flores que traía –la emoción le obliga a hacer una pausa en el relato– se lo di y lo primero que hizo al llegar a mi casa fue dárselo a mi madre”.

 

Después llegarían los años de la primera escuela de la Casa de Campo, la terna con Julián Maestro y con Lucio Sandín bautizada como Los Príncipes del Toreo. En el acto mencionado, Maxi Pérez hizo referencia a aquella época: “Ya entonces destacó por su raza, por su valor para resolver con los novillos más complicados”. Torearon en España y en Francia con un gran cartel, especialmente en la época sin picadores.

 

Se desmarcó de sus compañero cuando debutó con picadores. En 1980 debutó en Madrid con 15 años: “Tuvimos que falsificarle el carnet y para mí esa faena de su presentación en Las Ventas fue la mejor de toda su carrera en Madrid”. Destacó en Sevilla, en Barcelona, se hizo con el Zapato de Oro de Arnedo y arrasó por todas las plazas dónde toreó. Con la afición de Madrid se materializó una vinculación especial hasta abrir la Puerta Grande como novillero.

 

Este año se han cumplido 40 años de la alternativa de Yiyo que fue en Burgos de manos de dos de sus toreros predilectos: Ángel Teruel y José María Manzanares los toros de la ceremonia pertenecieron a la ganadería de Joaquín Buendía. Yiyo los mandó disecar para colocarlos en la casa que le había prometido a su madre con el dinero de su primer año de alternativa. Manzanares le dijo tras la emotiva tarde: “José, parece que llevas 250 corridas de toros en el cuerpo. Enhorabuena”.

 

Curro Vázquez recordó las grandes virtudes que se le veían: “Lo conocí siendo un niño, venía a la finca El Olivar donde entrenábamos una serie de toreros y banderilleros. Con una prudencia impresionante cada día iba junto a sus hermanos a entrenar al frontón de al lado, a veces les decíamos que se vinieran con nosotros pero de forma respetuosa no querían venir. Poco a poco fue viniendo y le conocimos muy bien. Era muy completo, tenía clase, tenía figura, tenía valor. Todo lo que hizo lo hizo muy puro por eso lo consiguió todo tan pronto. Recuerdo que toreamos juntos un Domingo de Resurrección en Madrid y fue cuando encadenó una serie de sustituciones que le colocaron en la cumbre del toreo”. Maxi Pérez, colaborador de Movistar Plus, contextualizó esa gran escalada de Yiyo: “Representaba el aire fresco en el aficionado de Madrid de los años 80 que tenía como ídolos a Antoñete, Curro Vázquez, Ortega Cano o Julio Robles. La tauromaquia de Yiyo es absolutamente vigente, sus faenas de entonces serían de orejas en la actualidad. Fue clásico pero tuvo un gran compendio de virtudes como la raza, la técnica, el gusto, el sentimiento, la profundidad…”.

 

César Rincón, con quién sólo se llevaba un año, rememoró sus vivencias con Yiyo: “Recuerdo haber toreado con él en Manizales y después celebrarlo en fiestas en común. Lo pasábamos muy bien, compartimos en esa época tentaderos y el cariño de amigos en común. Después cuando viajé a España fue un apoyo fundamental para mí, fue muy generoso conmigo y recuerdo con especial emoción un viaje que hicimos juntos a Pamplona. Él iba a torear y le conté que nunca había estado entonces viajamos juntos y fue impresionante. Me abrió las puertas de su casa cuando yo no era nadie acá, eso jamás lo voy a olvidar”.

 

Las Ventas fue su plaza. Hizo el paseíllo en 21 ocasiones, cortando 9 orejas y abriendo dos veces la puerta grande. Cinco actuaciones fueron novilladas mientras que 16 de ellas fueron corridas de toros entre 1982 y 1985. En el 83 puso en jaque al toreo cortando seis orejas en seis tardes obteniendo la ansiada puerta grande. Ese espíritu de apuesta constante formaba parte de la personalidad del Yiyo y con esos principios conquistó a la afición más exigente.

 

Alfonso Santiago, autor del libro ‘Por siempre Yiyo’ (Círculo Rojo, 2021), contó una curiosidad con respecto a la trágica cita de Colmenar Viejo: “Entonces no había móviles, Yiyo había toreado la tarde anterior en Calahorra. Localizaron a su apoderado de madrugada para ofrecerle la sustitución de Curro Romero en Colmenar. Llegaron a un acuerdo y fueron. Más tarde de la contratación le ofrecieron torear en San Sebastián de los Reyes para otra sustitución pero ya había acordado ir a Colmenar y la cogió Curro Vázquez. El toro ‘Burlero’ de Marcos Núñez estaba reseñado para Albacete, pero se lidió en Colmenar”.

 

Aquel toro, encastado y fiero, no fue fácil pero se encontró a un torero en plenitud, cuajado, que supo limar sus asperezas y potenciar sus virtudes. La faena, pese a la perspectiva del tiempo, resulta tan precisa como bella. Preñada de gusto, temple, compás y verdad. Yiyo en estado puro. Juan Cubero expresó el último recuerdo que guarda de su hermano: “Toreábamos ese día con Palomar y con Antoñete, que había estado sensacional con un toro. Le pregunté ¿ahora qué hacemos? Y me contestó con una seguridad asombrosa: esto lo arreglo yo”.

 

Cuando José se cuadró para entrar a matar por segunda vez todos los presentes sabían que no se le escapaba, fue recto hacia delante y después el derrote en el arreón final de Burlero con la estocada en lo alto, el barullo de los capotes y la mortal cornada en el acto. Una conmoción para el toreo y para España. El joven valor que ilusionaba a toda la afición le dio al toro el último aliento de su vida. “Así quedaba escrito en su costado, el resumen de un arte y de una vida”, como escribió Manuel Arce.

 

Antes de aquel trágico desenlace, Yiyo había toreado 233 corridas de toros en las cinco temporadas que le había dado tiempo a irrumpir en la tauromaquia. Su concepto y su facilidad le llevaron a ser considerado un superdotado para el toreo. Su cercanía, su humanidad, su humildad y su generosidad le llevaron a triunfar dentro y fuera de los ruedos. Por encima de las estadísticas es considerado una figura del toreo del siglo XX.

 

El maestro Curro Vázquez, gran amigo de Antoñete, relató cómo vivió aquella triste noche: “Me fui al Hotel Foxá a estar con Antoñete que se había vestido allí para torear en Colmenar, yo había toreado en San Sebastián de los Reyes. Le dije que no fuera a Almería pero me dijo que el toreo es así y se fue”. Allí le dieron una cornada al maestro madrileño.

 

El escrito Alfonso Santiago ahondó en la personalidad torera de Yiyo y destacó sus condiciones que ilusionaron tanto a los toreros de aquella época y a todos los aficionados. Le preguntó a Juan, como torero, cuáles eran sus virtudes: “Mi hermano tenía muchas cualidades, era muy natural. Arrollaba en todo lo que hacía. Era un líder, un elegido, un ser distinto. Mi hermano salió de una escuela cuando no había ningún tipo de subvención, debutó en Madrid con 15 años, la mejor faena la realizó en una novillada con un carnet falsificado en el debut de novillero en Madrid. Le gustaba mucho torear de salón, cuando llegaba a casa se tiraba cinco o seis horas viendo videos de todas las épocas. Conocía las virtudes y las debilidades. Era capaz de coger cada cosa de las figuras que admiraba. La naturalidad de Curro Vázquez, la profundidad de César Rincón o de Ordóñez, la elegancia de Manzanares….”.

 

Un torero que jamás será olvidado mientras sus compañeros y los aficionados recuerden su precocidad, su facilidad, su clase, su valor y su inmensa torería. Por siempre Yiyo.

 

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