jueves, noviembre 26, 2020

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    LOS PIQUEROS DE BAILÉN

    Corría el año de 1808, el pueblo español había comenzado la sublevación contra los franceses. En Andalucía, un grupo de 400 jinetes, engrosaban las filas del ejército español en las batallas de Mengíbar y Bailén, sin preparación militar ni sables de caballería, pero con algo en común: eran trabajadores de las dehesas bravas, ganaderos y vaqueros que dominaban el arte de la garrocha y que hacían de picadores primitivos en las corridas de toros. Eran los piqueros o garrochistas de Bailén.

    Las tropas invasoras de Napoleón campaban a sus anchas por el territorio peninsular, con el beneplácito de las clases dominantes encabezadas por Manuel Godoy; el emperador francés había destronado a la familia real española y sentado en un salón del Palacio Real a su hermano José Bonaparte. Pero esta nueva situación política no gustaba nada a los españoles y la revuelta popular contra “Pepe Botella” (cómo gustaba a los españoles llamar a su nuevo rey impuesto) y Napoleón no tardó en llegar. En Mayo, concretamente el día dos del año 1808, el pueblo español se enfrentó a las tropas napoleónicas por la libertad y el retorno de Fernando VII como legítimo rey. Aunque los sublevados acabaron siendo derrotados, España despertó, comenzaba la Guerra de la Independencia.

    En muchas ciudades y aldeas, los españoles se unían a los restos del ejército profesional o formaban pequeños grupos de hombres que enfrentaba al gabacho con la famosa forma de combate denominada guerrilla, que diezmaba la retaguardia del ejército napoleónico.

    La Junta de Gobierno de Sevilla, también conocida como Junta Suprema de España e Indias, crea en poco tiempo el llamado popularmente Ejército de Andalucía, al mando de Francisco Javier Castaños para enfrentarse a su adversario francés al mando de Dupont.

    En este ejército se emplearon las tropas regulares que permanecían aún en el campo de Gibraltar, alrededor de 16 regimientos de infantería y 3 de caballería. Pero la mayor fuente de efectivos fue el reclutamiento voluntario, con poca experiencia militar.

    Los famosos garrochistas o lanceros.

    Entre estos voluntarios se encontraban jinetes expertos que normalmente luchaban con otro tipo de enemigos, los toros y vacas bravas, eran los garrochistas o piqueros, ganaderos y vaqueros andaluces, de procedencia utrerana y jerezana, que para mover el ganado, usaban una larga vara de 3 metros. Debido a su habilidad, se crearon varias unidades de lanceros que se incorporaron a la 3º División del General Manuel de la Peña.

    En palabras de Manuel Gómez Imán: “entre el Regimiento de Cuenca y los Dragones de Pavía un escuadrón de cuatrocientos ginetes, con largas picas enhiestas que asemejábase o recordaba al célebre cuadro de las lanzas”.

    Y es que, por aquel entonces se conocía a los «garrochistas» por su gran habilidad a lomos de sus caballos y por su capacidad para lancear a todo tipo de bestias. Todos los jinetes aportaron sus propias garrochas y sus caballos, enjaezados a la “andaluza” y de origen árabe, es decir, caballos propiamente funcionales para las tareas camperas.

    La vestimenta típica.

    Para hacernos una idea, la vestimenta era la típica que podemos ver hoy en los picadores de corridas goyescas, añadiendo un distintivo común para todos que era un pañuelo rojo así cómo unos botones con la efigie de Fernando VII.

    Según la descripción de Manuel Gómez Imaz la vestimenta completa sería: «El vestido de los jinetes era muy original, airoso y galán; el sombrero, de los llamados franciscanos, de anchas alas rodeado de cordón o cinta prendida de gruesa moña, la chupa de estesado con hombreras y caireles, chaleco medio abierto de cuello en pie, dejando ver el de la camisa con pañuelo de color anudado, faja, calzonas ajustadas hasta debajo de las rodillas, con ancha franja al lado y botones de muletilla en los que se veía el busto del rey con la leyenda «Viva Fernando VII»; botín abierto y bajo que dejaba ver entre éste y el ajuste del pantalón la medía azul o blanca, y el pañuelo de color rojo en la cabeza, atado en la nuca, cuyos picos caían por debajo del sombrero sobre la espalda, dejando ver la larga coleta envuelta en redecilla de estambre.”

    Cómo hemos citado anteriormente, las únicas armas de las que disponían eran sus propias garrochas, que por usarlas a diario, venían a constituir casi una prolongación de su propio brazo, y unos cuchillos monteros. Pronto les llegaría el momento de entrar en combate y demostrar su valía.

    Mengíbar, campo de pruebas para los piqueros.

    “Era el garrochista ágil, resistente y recio, como habituado a un constante y violento ejercicio, avezado a luchar con la naturaleza y las fieras, a vencer obstáculos, sufrir privaciones y esquivar las fieras acometidas del toro para enlazarlo, derribarlo o sujetar su empuje con la garrocha atenazada en manos de hierro”.

    Los piqueros de Bailén

     

    Así describía Imaz a estos hombres y pudieron demostrarlo en el primer encuentro con los franceses, que sería el 16 de julio en la Toma de Mengíbar; a las órdenes del Capitán Miguel Cherif (de ascendencia africana), realizaron una heroica pero temeraria carga decisiva en la toma de la plaza.

    Pero en esta arriesgada acción falleció su oficial que no les pudo acompañar en su gloriosa carga final en Bailen.

    Cuentan, que el uno de los oficiales de campo francés, al verlos con sus fieras y anchas patillas, le dijo al General Dupont: “serán de los Moros que tienen en Ceuta, son feroces”.

    Bailén, la batalla para la posteridad.

    Tres días después de la toma de Mengíbar, en la famosa Batalla de Bailén (de dónde adquieren estos piqueros su sobrenombre), vuelven a atacar heroicamente, en otra carga temeraria de caballería, sin ningún tipo de orden y al grito de «Jerez y España» se adentraron en las filas francesas causando un gran impacto y gran número de bajas, pero con un alto coste de muertes propias, ya que solo vuelven a las filas españolas una treintena de garrochistas.

    Estas cargas, tienen aún más importancia, si hablamos de sus contrincantes, puesto que estos gallardos andaluces cargaron contra la élite de la caballería napoleónica, los famosos Dragones y Coraceros de Privé, que después de cosechar importantes victorias por toda Europa, vieron como unos simples “campesinos” destrozaron toda su formación y como los pequeños y ágiles caballos andaluces dejaron en evidencia a la robusta y pesada caballería francesa.

    Recojo unos versos de don Juan Bautista Contilló y Conti de su obra “Glorias de España” que sintetiza la gloriosa acción de estos caballeros:

    “El arma de esta clase precedía después se subseguía
    el cuerpo acreditado de lanceros, en el que los famosos coraceros sus celebradas glorias estrellaron, pues quantos atacarlos intentaron, otros tanto la prolongada lanza jugada con destreza, con pujanza por el ágil lancero xerezano
    la muerte con la punta al cuello mete por entre la coraza y capacete,
    y su certera mano
    en el suelo derriba desangrados del peso de las armas abrumados”

    Su papel en la batalla les llevo a la gloria, aunque ahora casi nadie se acuerde de ellos, la fama de su habilidad a caballo se propago por toda Andalucía y España. Su ejemplo fue seguido por otros ganaderos a lo largo de la guerra haciendo la vida imposible a los

    franceses, como se deduce de las medidas que adoptó la autoridad napoleónica contra los ganaderos y demás trabajadores del campo bravo en los meses posteriores.

    Para concluir, nada mejor que recoger unas palabras del parte de batalla dado por el Mariscal de Campo don Teodoro Reding con fecha 22 de julio al General en Jefe Castaños refiriéndose a los lanceros: “La Compañía de Lanzeros de Xerez se ha portado con valor, siendo digna de recomendación como sus Oficiales, señaladamente su denodado Comandante que, por desgracia, ha sido gravemente herido”.

    Sirva este pequeño artículo para rescatar del olvido a estos españoles que entregaron su vida por un ideal y demostraron con honor toda su gallardía.

    BIBLIOGRAFÍA

    Gómez Imaz, Manuel. Los Garrochistas en Bailén, Imprenta de Francisco P. Díaz, Sevilla, 1908 (edición facsímil).

    Varios autores. Tres siglos de caballería española, ediciones Enebro.

     Pedro Casado Martín (@elpasedelafirma)

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